Cartas Dispersas

Sunday, October 17, 2004

CARTAS DISPERSAS

Cartas dispersas
(Segundo paquete)


José Guillermo Anjel R.



















1. A ORWELL.

Querido, George. Hace unos días se celebró el día de la Libertad de Prensa, acto que pasó bastante desapercibido por aquello, imagino, de que hay celebraciones que son incómodas para muchos. Y más en este siglo que comienza, donde los fundamentalismos, sean políticos, científicos, administrativos o religiosos, crecen y se desbordan creando toda una serie de Indicios pánicos, como indica Cristina Peri Rossi en uno de sus cuentos, curiosamente o intencionalmente ilustrado con El grito, aquel cuadro de Munch. Ese cuadro, donde se ve medio cuerpo y una cara (prácticamente descompuestos) que grita al vacío, me inclina a pensar en lo que representa la libertad de prensa: algo que, desde el miedo, chilla un silencio.

En el prólogo a su libro Rebelión en la granja, se dice que usted, George, definió la libertad de prensa como aquel acto donde alguien dice lo que la gente no quiere oír. O sea, hay libertad de prensa cuando se denuncia todo aquello que se esconde y de lo que somos cómplices o al menos espectadores silenciosos. Y ejerce la libertad de prensa aquel que tiene la valentía de enfrentar el miedo colectivo rompiéndolo para que haya una conciencia (concepto) claro de lo que pasa y no, como sucede, una conciencia desviada o sublimada en o hacia otros acontecimientos o enmarcada en un acto que se repite ya no como un hecho sino como mera propaganda.

Benjamín Franklin, que a más de científico, estadista y político, fue impresor, definía la libertad de impresión como aquel derecho a ser el otro, ese que cuestiona y con sus cuestionamientos entra en el debate que crea la real sociedad desde la diferencia (lo incluyente, lo nuevo que llega) y no desde la similitud de opiniones (alineación y exclusión del otro). Es que un colectivo que piensa igual, o que es obligado a hacerlo, elabora verdades absolutas que frenan el conocimiento (que sólo es posible avanzando en la verdad o quebrándola) y generan todo tipo de intolerancias.

En su libro 1984, George, un gran cerebro (el Big Brother) vigila el pensamiento colectivo y, con esta vigilancia severa y continua, crea una sola dirección y castiga a todo aquel que se desvía. Hay, diríamos, un amaestramiento social que obliga a actuar bajo determinados estímulos (que es lo bueno y que es lo malo) y premia al sometido que cumple. En términos de Richard Rorty, hay una fina crueldad que se ejerce sobre el individuo (que tiene miedo o que cree haber escapado del miedo) llevándolo a dudar permanentemente del otro (que podría ser su vigilante), lo que rompe cualquier principio de solidaridad.
























2. A RABELAIS.

Sabio y divertido François, he releído parte de su Gargantúa y Pantagruel y algunas esperanzas han vuelto a renacer o, al menos, a tomar otro color. Quizás se deba a la acción del pantagruelyón, arbusto que acredita buena savia y corteza para que, al ser usado, los acontecimientos sean vistos desde su parte positiva y así dejen algo bueno para quienes lo tocan, besan o se cobijan bajo su sombra. Porque, amigo François, hay que apostarle a todo aquello que nos haga reír y engordar y no a las anorexias de pensamiento y de carnes, que el hombre es de acuerdo a la dieta que se dé en libros y en la mesa. En otros términos, dependemos de la digestión. Y de los preámbulos a ésta, que en los platos que vemos y en los que comemos es donde dibujamos nuestro mundo, como dice Octavio Paz en un artículo nombrado Mesa y Harmonía (entendiendo por Harmonía –con h-, las partes que se desprenden de una cosa para darle otro significado o el que realmente escondía).

Hay un todo (pan en griego), que siempre es bueno al inicio. Y se convierte en malo, cuando se usa indebidamente. Como pasó con Pandora (a la que usted encierra en una botella de la que bebe su personaje), que antes que dadora o regadora de males, lo fue de bienes. Claro que la codicia, la envidia y la ignorancia; las malas mañas, la torpeza y el deseo de vidas distintas (en otras partes) a esta que nos tocó, le hicieron desbordar atropellos y dolores para quejas y malestar estomacal. En términos de Baruj Spinoza, creamos el mal y consideramos como bien lo contrario a esa criatura. O sea, nos salimos de la realidad para comenzar a dar pasos en falso.

“Reír es natural al hombre”, dice usted, mon ami, así como es natural que el estómago reclame bebida y comida para que los sentidos se activen y la vida no sea tan nefasta. ¿Qué se le puede ocurrir a alguno con hambre o que hace dieta? Sólo cosas horribles. ¿Y al que se niega la realidad y hace cursos de positivismo o de esos para andar con los ojos tapados? Ídem. Al que come mal y al que piensa negándose lo que pasa, lo ronda la brutalidad. Es que le falta un sano ejercicio de la digestión, como sostiene sir Gaster, hombre de panza y cerebro funcionando mediante la masticación y la bebida abundantes, y la buena risa.

Dicen que usted, François Rabelais, era un desmesurado. Pero no es cierto: usted era médico y no torturador, observador y seguro de buen paladar, aunque se asegura que era flaco. Es posible que se aplicara las recetas de Maimónides para evitar las hemorroides, desarreglo venoso arterial que, cuando penetra en los pensamientos, conduce a odios inmensos. Debe ser por aquello que sostenía Sartre y Omar Jayam: la plenitud de libertad (o su carencia) sólo es posible en el baño, donde realmente se sabe qué pasa en uno.




















3. A CHOMSKY.

Querido y respetado, Noam, siempre que usted habla se alborota el avispero. Claro que las avispas que lo atacan tienen cada vez más flojo el “chiche”, porque cuando una verdad es evidente (como las que usted maneja) ya no hay forma de esconderla ni de repintarla o darle otra vuelta para ver si cambia de cara. Ya, lo más que pueden decir de usted, Noam, es que es un viejito loco, lo que quiere decir (con este eufemismo) que sigue por encima del cociente normal de inteligencia. Y, además, que su olfato no se ha perdido a pesar de tanta contaminación. En síntesis, querido amigo, usted mantiene vigente aquello de que, cuando se recurre al santoral político norteamericano, los milagros recibidos se producen al revés. Y claro, los “benefactores” aplauden, seguro porque no entienden qué pasó o ya están lo suficientemente amaestrados para que lo hagan. Se pierde fácil la dignidad en estas tierras, eso ya se sabe. Debe ser por el exceso de calor y la mala mezcla nutricional.

Hace unos cuatro años, en la revista Hoy por Hoy, usted escribía que en Colombia nos estábamos llenando de tecnología muy moderna, pero que nosotros no éramos modernos para usarla. En términos cartesianos, nuestra figuración estaba muy por debajo de la dimensión que queríamos lograr. Y esto de querer ser modernos sin tener la mentalidad para ello, legitimaba nuestra condición de tercer mundo. Soñamos y, como consecuencia del sueño desmesurado, creamos nuestras propias pesadillas, así como pasa en los relatos de Alfred Kubin.

Esta pretensión de modernismo sin modernidad, decía usted, debía ser controlada para admitir nuestra realidad técnica y mental y no excluirnos de ella creyendo que el juguete es el que hace la fiesta y no al revés. Ahora, esto que usted decía con relación a Colombia, me parece, se está dando también en las grandes potencias, que están muy desarrolladas tecnológicamente pero, mentalmente (modernidad), siguen descendiendo hasta llegar a pensar, muy parecido o igual, al tercer mundo. Ya se ven tiranuelos y enviados de Dios manejando o coqueteándole al poder. Si esta apreciación es cierta, nos esperan tiempos muy duros porque, se imagina usted, ¿qué podría pasar sí alguien, con una máquina repleta de chips y circuitos electrónicos manejados por satélite, le da por usar las emociones en lugar de la razón? ¿Tienen suficiente criterio los poderosos para usar el modernismo que tienen? ¿No es acaso en los países desarrollados donde la razón se está desmoronando? Como en el libro de Bruno Bettelheim, no hay padres perfectos y sí niños muy necios.

Noam Chomsky, el fracaso de la razón comienza cuando un robot produce sus propias máquinas. Cuando todo está programado para dar respuestas y se crea un corto circuito si aparece cualquier pregunta.



















4. A WITTGENSTEIN.

Apreciado Ludwig, hoy en día vivimos lo político, esto que en términos de la filosofía concierne al manejo de la ciudad y al comportamiento de los ciudadanos con relación a lo que ocurre en su calle, barrio o zona cívica donde, de acuerdo con Aristóteles, debería estar el espacio más seguro porque allí no sólo garantiza la convivencia sino la reproducción de los valores morales (las costumbres tenidas como buenas) fundamentados en la tolerancia y en la necesidad de crecer juntos. Y esto político, la cosa pública de los romanos, nos convoca a pensar en el otro, en ese que ocupa un sitio en la sociedad (ya como patricio o plebeyo, ya como local o inmigrante) y en la estructura de intercambios económicos necesarios para que cada uno viva con dignidad. Lo político, entonces, sólo es posible en la convivencia y en los deberes que genera ese convivir con el otro. Deberes que prefiguran el futuro porque lo que está por venir es la construcción de lo que hacemos hoy. En otras palabras, lo político se configura en el nosotros y no en el individuo; en lo social y no en lo particular.

Decía usted, Ludwig, que el mundo no está compuesto por cosas sino por hechos. Y que esos hechos producen el último léxico, aquel que nos permite entender el mundo que tenemos y en el que necesariamente vivimos, porque el mundo no es una idea sino un evento que provoca el hombre cuando entra en contacto con él. Este último léxico (las nuevas palabras, lo modernos, los valores que aparecen) nos dice qué hacer con las cosas y cuál es la calidad de los hechos nacidos de esa relación hombre-cosa. Si llevamos esta reflexión al campo de lo político, la política, entonces, no es una teoría sino un acontecimiento, un uso debido de los espacios (físicos y mentales) y de los hechos que se reproducen en esos espacios. Pero en este hecho, no aparece el yo sino el nosotros. Y mi deber no es individual sino colectivo. Así, el hecho político es producido por un conglomerado y no por un sujeto. Y esta es la esencia de la democracia, la participación. Como dice Ernst Tugenhadt, planteando una nueva ética, el hombre moderno ya no dice qué tengo ni qué debo ni qué quiero hacer (ese fue el fracaso del individualismo) sino qué tenemos, debemos o queremos hacer. Es decir, asume lo político (la acción común y cívica) como única opción de vida posible. Vida que no se da en soledad o en la virtualidad sino en lo social.

La política es el hecho que un colectivo provoca y con el que se compromete, para de esta manera lograr un mejor uso de lo que hay para el bien común o, como sostiene Spinoza, para el mayor bien: vivir en sociedad y bajo unas normas ciudadanas que permitan logros en los que todos tengan participación activa.

Ludwig Wittgenstein, hay un último léxico y en él una palabra clave: tolerancia.


















5. A MAQUIAVELO.

Recordado Nicolás, poco han cambiado los tiempos desde su Florencia renacentista hasta la forma de gobernar de hoy. Y si bien es cierto que la filosofía política y el ejercicio de los gobernantes ha redimensionado y, en algunos casos, reestructurado la función del Estado, en esencia los gobiernos y los gobernados siguen siendo iguales (o en el caso de avances, similares) a lo largo de la historia. Y al decir iguales o similares, a pesar de las revoluciones y las utopías, de los pactos de buena voluntad y de la creación de organismos supranacionales, es asegurar que nada ha cambiado en la condición humana (recuerdo el libro de Malraux) con relación a lo político; es como si el hombre que se somete al hombre que lo gobierna mantuviera la misma premisa: necesito un orden para poner a funcionar mi desorden.

Nicolás, usted fue famoso por su Príncipe (que no se refiere a un hijo de rey sino un tirano, entendiendo por tirano aquel que, llamado por el pueblo, asume el poder porque la legitimidad no fue capaz de ejercerlo), obra donde plantea la metáfora aquella del zorro y el león, es decir, de la inteligencia y la fuerza, de la rapidez y el rugido, de la presencia y la sorpresa. No es el príncipe un hombre malo (como pretendió demostrar Federico de Prusia y el malintencionado de Voltaire), sino la resultante de los malos gobiernos. En su Historia de Florencia, usted, Nicolás, antes que la historia de una ciudad lo que cuenta es una relación de enfrentamientos y de intereses que antes que crear ciudad la destruyen y, para evitar esta destrucción de la creación política (la ciudad) es necesario dividir esas fuerzas dañinas y acabar con las particularidades (los desórdenes y el egoísmo) que afectan ese todo que es el gobierno y su relación con los gobernados.

Pero hay una obra suya más importante y es La mandrágora, la planta esa que nace de la simiente del ahorcado, o sea que crece como resultado de aquello que se destruye y que, al ser producto de lo terrible, mantiene vivas muchas de las características de eso que fue condenado. Por eso Stalin se convirtió en un zar y Napoleón en un emperador. Para mí, Nicolás de Maquiavelo, que lo hay que leer bien es La mandrágora que, como es obra de teatro plantea mejor lo que la teoría no alcanza a cumplir. Además permite menos especulaciones. Y si no cambiamos, al menos si nos vamos a ver mejor.


























6. A CORTÉS

Don Hernán, volvemos a las épocas de las alianzas (adhesiones, en términos políticos), informes al imperio y quema de naves para que nadie se pueda devolver. Supongo, aunque una suposición continuada se pueda volver costumbre, que así se funciona en estas tierras de calores exagerados y lluvias intensas, y tan propicias a pasiones ídem. Con razón todo gobierno queda chiquito en este territorio que se encoge o expande de acuerdo al clima político y económico.

Cuando usted conquistó México (otros dirán que lo invadió o que lo hizo en mala compañía), evento que fue posible por la ayuda de doña Marina (las malas lenguas la nombraron la Malinche –mala pronunciación de malitzin, mi señora en nauátl- para que este nombre conservara siempre un aire de burla y cotilleo), su asombro por ese nuevo país, llamado por usted La nueva España, lo maravilló al punto que se deshizo en metáforas y comparaciones al narrar, para Carlos V, las tierras que había conquistado. Y claro, a los del imperio se les regó la baba, que tantas cosas como las que contaba de Tenochitlán y alrededores hacían ver el Paraíso. Esas Cartas de relación (más emocionadas que las de Colón), creo yo, le dieron nacimiento al realismo mágico. Y si a esto le sumamos los escritos de López de Gomara, su cronista oficial, lo que el imperio recibió fue una película más grande que cualquier superproducción de Hollywood. Claro, don Hernán, que no faltó un Bernal Díaz del Castillo, soldado al que le tocó en carne y sangre seguirlo por esos parajes, que escribiera La verdadera historia de la conquista de México, donde usted queda mal parado. Como ve, don Hernán, la clase no se pierde. Debe ser, imagino, por la mezcla de comidas y de pensamientos. O por los mosquitos picadores, bichos de cría fácil y abundante.

En Medellín de Extremadura, pueblo que está constituido por una calle larga, un pequeño parque y algo que llaman un castillo (hay allí también un cura eterno que rescribe, como cumpliendo una penitencia, la historia de la villa), hay una estatua suya que, dicen, cambia de postura cuando el río Guadiana se crece. No sé si esto se aplica también a sus informes (a Las cartas de relación). Habría que leerlos cuando aparezca esa creciente, que si bien no carga con ahogados como las crecidas de nuestros ríos, si trae arena y, de vez en cuando, un escapulario arrojado al río por algún hereje, uno de esos que quieren el milagro entero.

Don Hernán Cortés, cuando lo leo a usted, es como si el tiempo no cambiara. Siempre hay Malinches, cronistas a favor y detractores. Y un Guadiana que en verano da playa y atrae a los turistas, y en invierno se crece dañando lo que hizo. Y aquí, con esto del fenómeno del Niño (en el que el Himat no acierta), no sé como será la cosa. Recemos, pero sin pedir, a ver si pasa algo bueno.


















7. A MONTAIGNE.

Apreciado y debatido, Miguel (otros preferirán su nombre francés, Michel), se discuten hoy en todos los foros internacionales las soluciones a los problemas grandes que aquejan a los gobiernos y los bancos (la guerra, la inmigración, la deuda etc.). Y en esos debates, que unen a unos y dividen a otros, todo se centra en los efectos (en los que llegan, en las cosas que explotan, en la plata que se debe) y no en las causas que generaron los problemas. Así, volvemos al famoso sofá persa que un hombre vendió porque su mujer había pecado en él. Es increíble que después de cuarenta siglos de historia escrita, donde tantos han pensado para que nosotros tuviéramos mejores opciones de entendimiento, todavía nos peguntemos qué pasa y no, por qué pasa. Como en la máquina del tiempo, de H.G. Wells, nos devolvemos, y no para tomar impulso sino para quedarnos atrás. La palabra que usa el diccionario español para esta acción es recular, aunque no está bien definida. Recular tiene otros alcances, si bien groseros, más precisos para leer la situación. Queda a su discreción, don Miguel (nombre el suyo muy propicio para lo que pasa, porque Miguel fue el arcángel que luchó con el gran demonio y, dice la tradición, lo venció o al menos lo dejó sin conocimiento. Se habla de una esmeralda perdida).

Don Miguel de Montaña (como alguno tradujo su nombre), usted tiene tres elementos muy importantes para la lectura de esto que llamamos lo moderno: 1. Tenía un gato con el que jugaba o al que usted le servía de juguete. 2. Fue alcalde en tiempos de la peste. 3. Se preguntó qué sabía de lo que estaba pasando. De esta suma, gato, peste y pregunta, salieron sus ensayos o intentos de entendimiento de las cosas y las relaciones que ellas generan cuando se juntan o tienen como intermediario al hombre. La palabra ensayo (acuñada por usted y que con el tiempo se ha convertido en un escrito sesudo que lee una situación), plantea que el hombre es ondulante y diverso, o sea cambiante (imprevisible) y distinto. Esta tesis, que la defiende el historiador Jacques Barzun en el libro Del amanecer a la decadencia, me hace pensar que la emoción, para usted, está por encima de la razón y que cualquier conciliábulo que realicemos se convierte más en un aquelarre (un montón de brujas cada una con su propia pócima de pelos de lobo y dientes de murciélago) que en una reunión de entendidos fríos y tolerantes, como se supone que debe ser. En los aquelarres, como en las discusiones de harem o de tantas juntas, la emotividad (lo que siento) está por encima de lo que sé y debería entender. Vista así la situación, don Miguel, de la búsqueda de soluciones a los problemas, nacería un problema mayor y la madeja, en lugar de convertirse en hilo, reforzaría el nudo. Somos buenos para hacer nudos en este mundo.

Don Miguel de Montaigne, me gusta lo del gato y la peste. Si no hay el uno, se da la otra. Pero ni aún así aprendemos.


















8. A CARRASQUILLA.

Apreciado don Tomás, cómo hemos perdido la identidad. Quizás de deba esto al miedo que tenemos ya de ser nosotros porque queremos parecernos a otros o porque nos envolatamos de camino buscando arcadias que en lugar de hacernos ser nos hacen perder. Ya se sabe, los nuevos urbanismos, las secretarías de tránsito, cultura y educación obedeciendo más a planeaciones políticas que ciudadanas, los semióticos descifrando el sentido de las direcciones, los profetas de la posmodernidad que lo complejizan todo olvidando lo más simple y fundamental etc. Tenemos muchos elementos para estar perdidos y, aún así, seguimos buscando reconocimiento, imagino que por el aguante en toda esta perdidumbre (como diría Manuel Mejía Vallejo).

La identidad la crean la historia, la cultura y el reconocimiento que nos hacemos de nosotros en calidad de seres solidarios. Tocando al otro para, como dice Hölderlin, saber que es de nuestra propia especie y, como tal, me permite interactuar con él y, a la vez, crear un espacio público que permita intercambiar emociones, sensaciones y lo que producimos. Si hay un sentido de lo público, lo que es de todos porque entre todos lo construimos, hay un inicio de identidad, o sea, de presencia de gente que tiene idénticos intereses y soluciones.

Alguien lo bautizó a usted, don Tomás, como un escritor costumbrista y esta palabreja (lo costumbrista) hizo que su obra se demeritara intelectualmente, como si hablar de las costumbres fuera un daño o algo que se debiera esconder. Y este año que hicieron sobre su obra, quizás porque lo costumbrista remite al nosotros y no a ese complejo extendido donde no queremos ser nosotros sino otros, ojalá europeos para que así la arcadia (Europa) se convierta en una especie de mitología a la que se ama y reza, terminó dañando un principio básico de identidad: Saber de dónde venimos y qué hacemos con nuestro entorno.

Creo, don Tomás, que se hace necesario volver a leer Grandeza y Ligia Cruz y esa trilogía maravillosa (su última obra) llamada Hace tiempos donde usted pinta el ser, la identidad, que hoy nos lleva a todo tipo de diagnósticos y teorizaciones donde, para acreditar más nuestra locura, buscamos encontrar en lo nuestro lo dicho en otras partes y bajo otras preguntas.

No sé si sea el exceso de sol o la falta de debate (me inclino más por esto último) lo que nos ha hecho ajenos a lo que somos, entendiendo por lo que somos no un carriel, un poncho y un sombrero, tampoco un caballo o una botella de aguardiente, sino un grupo humano ubicado en un lugar de la tierra y, como tal, en disposición de saber quién es para hacer del entorno un sitio digno para la vida.




















9. A ALARICO.

Terrorífico y para otros bendecido Alarico, señor de los Vándalos y causante de la caída de Roma, dicen que su gente saqueó la ciudad de los emperadores hasta que no quedó de ella ni un adoquín, ni un friso ni una columna. También se llevaron la ropa, los objetos de cocina y hasta las peinetas de las señoras. En El candelabro enterrado, novela de Stefan Zweig, se cuenta de este saqueo minucioso, que algunos como Indro Montanelli sostienen que duró de tres a seis días y otros que un mes entero. Sea cómo haya sido, sus vándalos (gente que se lo lleva todo, como dice la definición) acabaron con el imperio y de Roma no quedó más que un recuerdo, unas ideas paganas, algunos libros escondidos de Cicerón y un ejercicio asustado del cristianismo. Tanta fue la barbarie y tan cerca se sintió en vida el infierno.

Roma cayó fácil, Alarico. Y no porque usted fuera un mega-bárbaro (como titularían hoy cualquier película) sino porque sabía que los romanos, aburguesados, habían dejado el ejercicio de la milicia a otros que ganaban salario por cuidar los limes y ciudades y no por identidad con el imperio. El ciudadano romano, mientras fue soldado, cuidó de cada centímetro del imperio porque lo sentía suyo. Y mantuvo solventes las instituciones porque tenía el poder de derrumbarlas (a fin de cuentas era un soldado) si no estaban funcionando bien. Pero cuando ya no participó del ejército, cuando el ejercicio de lo militar se lo dejó a otros, las instituciones se corrompieron y el imperio cayó en manos de los bárbaros. Usted Alarico, se llevó los restos.

Como dice Spinoza en el Tratado político, una democracia es débil cuando los hombres que la componen están alejados de sus deberes básicos con la patria (la participación en la defensa, por ejemplo). Y esta debilidad permite someter con el miedo (la industria más grande de este siglo, como dice Eduardo Galeano). Y si bien es cierto que usted, Alarico, nunca leyó a Spinoza, si intuyó que Roma caería porque, en los últimos tiempos, en lugar de deberes lo que tuvieron los romanos fueron impuestos, contratos de aparatos de seguridad y algunos libertinajes que, antes que llevar al placer y a los jardines de los falsos Epicuros, condujeron a la caída.































10. A MAUROIS.

Respetado don André. Usted fue un hombre de buen gusto, de ahí la elegancia que se nota en su escritura y en el tratamiento de los temas que aborda. Leer su Historia de Francia o la biografía que hace de Marcel Proust o sus Memoires, sin hablar de sus novelas, conducen a un espacio libre de vulgaridad y posmodernismo, en el supuesto de que esta palabra opere para justificar a los parvenu que se han ido tomando los espacios sociales e intelectuales haciendo gala del más asombroso desquicie social y falta de educación, que educarse no es saber hacer cosas sino entender por qué se hacen y cuál es el papel de civilidad que debe tener la persona que supuestamente se educó y, con base en lo aprendido, ya es un ser civilizado.

Esto de la civilidad y educación (cosa que no se tapa con ropa o cargos) exige cumplir con dos normas básicas: 1. Ser modelo moral, o sea, ser sujeto de costumbres en las que es bueno vivir porque en ellas la vida no produce sustos ni envidias. Y 2. Tener delicadeza, lo que implica conocer una etiqueta mínima para poder convivir con los demás sin causar oprobios de ninguna clase. Entendiendo por oprobio aquello que demerita la condición humana porque lleva al hombre a conducirse como un cavernícola: hablar mal y duro, bostezar sin cubrirse la boca (igual que los cocodrilos), hacerse notar con el ruido del celular etc., que el inventario oprobioso es, no ya un ingreso a La historia de la estupidez humana (libro de Paul Tavori) sino un sumario de permanente exhibición en el museo del mal gusto.

André Maurois, la elegancia en el actuar y el pensar, es un logro de la civilización. Pero, como sucede con la razón, también hoy es un elemento que ya se está desmoronando. Y como se vuelve a los estados más primitivos, reaparece la violencia y el fanatismo, la falta de dignidad y, lo que es peor, la sensibilidad. Creo entonces, que si vamos a educar para la paz, lo primero que hay que hacer es enseñar a ser dignos. De lo contrario, lo que se diga y haga será tan feo y sucio como lo que hoy sucede en cuestiones de etiqueta. ¡Oh, mon Dieu!
























11. A ADAN.

Recordado Adán (en hebreo, Adam, de adamá, tierra roja), salir del Paraíso le dio a usted la oportunidad maravillosa de nombrar y definir el mundo a medida que lo iba descubriendo, de ponerle nombre a las cosas y ubicarlas en un tiempo y un espacio. Y esta tarea, la de nombrar y definir, le proporcionó el elemento que hace que un hombre se diferencie de un animal: la conciencia, siendo ésta aquel concepto que tenemos de algo sin que nos genere dudas (ni miedo), o sea, la opción de llegar a la certeza. Y si bien la conciencia crece a medida que tenemos más conocimiento, cada época tiene una conciencia, el ser conscientes (tener conceptos de lo que somos hoy y de lo que hay alrededor de nosotros) nos permite un sentido de la vida o al menos una dirección que seguir para no perdernos.

En el mito babilónico que narra la creación del mundo, los cielos estaban sin nombrar y en la tierra nada estaba nombrado. En Bereshit (Génesis) se habla del universo como de un compuesto de tohu y el bohu (caos y vacío) que D’s ordena para que cobre forma y usted, Adán, lo entienda, no a través de clasificaciones y opuestos sino a partir de nominaciones. Luego vendrían las jerarquías, los usos, lógica, la poesía. Por esto, estamos ahora en el año 5.763, como corrobora la cuenta rabínica de los años del mundo; cuenta que se hace a partir no del big-bang sino de usted del saber quién soy, de dónde vengo), Adán, del momento en que tiene conciencia y al tenerla el universo cobra sentido y valor.

Adán, su tarea simple, la de hacer un inventario lógico de lo visto y sentido antes de entrar a especular, se ha ido perdiendo en la complejidad, cuando ya no es el nombre de la cosa y su lógica práctica lo que interesa sino su conexión con lo que no se entiende bien y que es caos y es vacío. Y como ya no tenemos nombres sino estructuras que se cruzan, volvemos al miedo de hacer. Y lo que es peor, al miedo de entender lo elemental, porque ya no hay conciencia sino dependencia.























12. A KAFKA.

Apreciado Franz, los tiempos del absurdo y el miedo, del stress y los trabajos en vano ya no hacen parte de la literatura sino de la cotidianidad. Aquellas obras suyas (El castillo, La condena, El proceso, La metamorfosis) que se analizaron como textos de ficción desbordada y producto de una mentalidad laberíntica donde se conjugaban los temores de la condición humana y la magia de vivir en Praga, ahora no son meras ficciones sino el prontuario de un siglo que se caracteriza por dos cosas: el exceso de espera y la confusión de lo que somos y hacemos. En otros términos: el mundo se ha detenido y nosotros creemos que se mueve. O se mueve y consideramos que está quieto. Todo depende del burócrata de turno, del guardián de la justicia, delas tribulaciones de un padre de familia, de las cosas invisibles que atormenten a alguno que vive solo o que se ha escondido para no responder. O que se ha convertido en una letra K.

En su libro La metamorfosis, el caso de Gregorio Samsa es sintomático. Este personaje, después de muchas presiones y trabajos en vano, ha despertado convertido en un extraño insecto. Toda la información que tenía, los horarios cumplidos y la presión por alcanzar metas por fuera de la realidad, se han confabulado para convertirlo en una cosa que no se sabe qué es, pero que tiene conciencia de su monstruosidad (del desorden) y de la incompetencia en que está sumido. Por eso (al menos el primer día), se niega a salir esperando a que cambié la situación. Pero la situación no cambia porque el cambio hace parte de lo que ha sucedido. Y si bien al principio Samsa-insecto asusta, al final se convierte en parte de lo cotidiano. Hasta aquí su diagnóstico, querido Franz.

El stress, como la crisis, se da cuando hay un desborde. Cuando se rompen los límites para los que estamos preparados y, al romperse, todo entra en caos y confusión. Y es cotidianidad, porque la vida tiene que seguir y los planes deben cumplirse tal como fueron diseñados, qué importa que aparezca un monstruo por allí y otro por allá. Entonces, querido Franz Kafka, hay un absurdo y ese absurdo, es legal.
































13. A SANCHO.

Recordado y tantas veces emulado, Sancho. Emulado (o copiado o igualado) por aquello de que la realidad hay que sentirla cada tanto, sobre todo cuando las cosas que percibimos (las que sentimos y pareciera que entendemos) dejan de ser lo que son para ser convertidas en invenciones por alguno que está loco o sumamente asustado. Y como ese que inventa quiere que su invención sea real, entonces busca a otros que crean lo que él cree para que así lo inventado se convierta en realidad. Sabemos, Sancho, que la realidad se construye entre dos o más que admiten lo mismo o al menos que lleguen a un acuerdo sobre eso que está ahí (como decía Ortega). Claro que hoy pasa algo peor: la realidad no se discute sino que se impone por la tele.

Amigo Sancho, hubo muchas contingencias entre usted y don Quijote, porque las más de las veces estuvo en desacuerdo con su vecino manchego. Y esto, antes que un mal, resultó algo bueno, porque dos que son iguales no se aportan nada. Como sostiene Hannah Arendt, sólo en la diversidad y el desacuerdo hay un principio de conciencia, porque sólo ante el otro yo sé qué me gusta o qué me disgusta, qué soy o qué no soy. Y a partir de esto que me diferencia, llego a la necesidad de elaborar un acuerdo con el otro, donde nos damos un espacio para la discusión acerca de lo que nos opone. Y es en esa discusión donde nos topamos con lo que nos iguala.

Usted fue un hombre de discusiones, Sancho. Basta leer las que tuvo con Teresa, su mujer, y después con don Alonso Quijano. Las primeras, sobre cosas terrenas (la canasta familiar y otros deberes matrimoniales), las segundas sobre el comportamiento berkeliano de su vecino don Quijote. Y de discutir esto llegó a la conclusión de que uno no puede existir sin el otro, de que si no hay opuesto el mundo carece de sentido (como sostenía también Jacobo Bohême). Y no sé si la panza haya tenido que ver en esto. Se sabe, por Freud, que el ejercicio de las tripas tiene mucho que ver en el entendimiento del mundo. En fin, Sancho, mis respetos: usted siempre se opuso a ser un clon.























14. A MACLUHAN

Leído y estudiado Marshall, teórico de la gran comunicación y de esa aldea global donde, como suponía Karl Jaspers, nos encontraríamos todos. Y donde hoy no nos encontramos porque, debido al exceso de intereses y de miopía, de temor a pensar y a revisar lo hecho, en lugar de discutir y crear conocimiento, de entrar en contacto con el otro y lograr de esa tolerancia una información para crecer lo que tenemos, mejor nos dedicamos a hacer estatutos y a cerrar fronteras, a señalar al otro y a quejarnos del espacio que nos toca. Increíble que esto suceda en plena cúspide de la civilización (al menos de la tecnológica). Pero pasa y bueno, todo podría achacarse a la pos modernidad, que es el chivo emisario de lo que pasa. O mejor de los que nos pasa, porque ya no convocamos.

Marshall, usted, con sus tesis, provocaba hacia una comunicación más integral y más humana. Y de esta comunicación, que tendría como meta crear un ciudadano universal, unido a través de los medios de comunicación, obtendríamos un humanismo propicio al entendimiento, al ejercicio de la responsabilidad con la vida y al acceso a unos espacios mayores de discusión centrados no en separarnos sino en unirnos. Pero sólo se ha obtenido un resultado: que se ha dado lo global y, a la par, continúa la aldea que frena, desune y hace estatutos para seguir siendo más aldea.

Marshall MacLuhan, no hay comunicación si estamos lejos del pensamiento complejo y del sistema que integra al mundo. De la unión entre varios para producir un elemento más completo, de análisis más amplio, es que nace la comunicación. Pero si en lugar de propuestas hay sólo estatutos, si carecemos de discusión y sólo producimos quejas, lo que queremos comunicar se convierte en un comino sobre el que todos pasan. Y del que todos se burlan porque apenas si contiene una esencia para comidas que ya no existen. O que existen, pero necesitan de otro condimento para que no hagan daño. Marshall, le repito, lo global existe. Pero también la aldea.























15. A PROUST.

Apreciado y educado Marcel. También leído y degustado, porque sus libros no sólo son para saber una historia sino para sentir lo que esa historia dice. Como una taza de té que se toma con ambas manos, sintiendo el calor y el paisaje, así hay que leerlo a usted. Por esto, pensando en lo que es delicado y fino, suave y propicio a la caricia, reivindico el derecho a la sensibilidad y al asombro. En otras palabras, el derecho a tener sentimientos y a ejercer la sentimentalidad, no en términos de aburrimiento, como tantos poetas de bar, sino de vivencia frente a los demás y lo que nos rodea.

El Romanticismo fue la respuesta sentimental al mundo de la razón. Y si bien la Ilusración (desde Descartes a Kant) nos hizo propicios a la inteligencia fría y analítica, los románticos le dieron a esa racionalidad el encanto de la poesía de un Byron, de un Flaubert, de un Kavafis, de un Pessoa, porque sin una educación sentimental es imposible que la razón tenga sabiduría. La racionalidad, con sus máquinas y sus balances precisos, con sus formulaciones invariables y resultados esperados, hace del hombre un robot que obedece sin cuestionarse. La sentimentalidad, el sentir lo que sucede con la razón, lleva a hacerse preguntas. Y en la pregunta, a obtener respuestas para vivir y darle sentido a la vida. Pero la sentimentalidad, en nuestros días, se ha perdido Marcel.

Hölderlin, el gran romántico alemán, reclamó la necesidad de sentir al otro (mirarlo, tocarlo, reír y llorar con él) para convertirlo en un ser de nuestra propia especie. Pero ese reclamo, que Ernesto Sábato reivindica como una forma de Resistencia a la falta de sentimientos, llega a oídos sordos. Pocos son los que se emocionan, los que se solidarizan, los que sueñan. Hoy, Marcel, asistimos a una masa fría que vive entre cálculos y sigue programaciones, que ve al otro desde la producción y el consumo y que confunde un llanto emocionado con una risa, como una forma de actuación o como parte de un chiste. Marcel Proust, perdido el sentimiento, perdido el sentido de vivir.























16. A DRÁCULA.

Estimado y desacreditado conde (sobre todo cuando lo convierten en Vlad Tepes, el empalador), creí, hasta el momento, que usted era de los pocos que se ganaban la vida actuando desde la oscuridad. Pero no es así. Ahora son muchos sus seguidores, pero no en calidad de vampiros románticos y fotofóbicos, capaces de todo por un enamoramiento (aún de cargar su ataúd, como en la versión cinematográfica de Murnau). No, no son vampiros enamorados de los que hablo sino de gente que convierte lo claro en oscuro confundiéndolo todo para, de esta manera, chupar razón y vivir de esa confusión que crean. Basta ver cuando sale un decreto o se discute un método, cuando hay una idea clara que se debate o al momento de hacer una pregunta.

La oscuridad, amigo Drácula, la que se teje en la palabrería retórica de los nuevos léxicos, abundantes en el decir y muy secos en el hacer, cubre ahora el mundo de lo razonable. Así, un huevo, en este mundo de la nueva noche foucault-lacaniana o derrida-bacheleriana (autores vampirizados por sus seguidores), no es un huevo sino un algo (lo que sobrepasa el sentido de la cosa y al sobrepasarla la desdibuja) en el espacio que se junta y se expande y, al mismo tiempo, es y no es. Vista así la situación, el huevo de todos los días, ese del desayuno y legitimidad de la gallina, es un monstruo. Y algo peor, una palabra sólo para especialistas. En esta nueva oscuridad, no sabemos qué nos comemos ni qué entendemos, a menos que evitemos preguntar qué es un huevo.

La oscuridad, vencida hoy por la energía eléctrica y, creíamos, por la enciclopedia, anida en los supuestos intelectos mayores, que en lugar de aclarar se dedican a confundir (o como decía Pedro Abelardo, a explicar lo que no entienden). Y a vivir de esa confusión. Entonces, amigo Drácula, la noche romántica, la que Coppola convierte en cine, ya no es la suya (la del amor y las ansias) sino una estructura complejizada donde usted no es el que es sino que ha sido convertido en una referencia, en un sujeto de análisis, en una palabra confusa etc. Drácula, a usted lo ha matado el vampiro mayor.
































17. A MAGRIS.

Claudio, he leído con pasión y detenimiento su libro Danubio y he quedado realmente asombrado con su concepción de la historia, la comprensión del paisaje y la educación sentimental necesarias para darle valor al mundo en que vivimos. Y no porque su discurso asuma tintes académico o de gran investigador sino porque usted, como gran ensayista que es, ha recurrido al único ejercicio posible para recrear el mundo: la literatura. Como dice Jorge Luis Borges, una ciudad comienza a existir cuando hay poesía que la nombre, cuando hay un relato que la hace posible a la memoria y a la fantasía, a la curiosidad y al asombro. Una ciudad, un territorio, no puede ser entendida de otra manera. O si, cuando se la quiere desvirtuar, entendiendo por desvirtualidad la negación que hacemos del lugar donde vivimos.

Danubio, ese gran río que comienza en la selva negra alemana y concluye su recorrido creando un delta en el mar negro, da razón de la Mitteleuropa: esa Europa central que produjo hombres como Franz Kafka, Elías Cannetti, Thomas Bernhardt, Joseph Roth etcétera, que describieron la fuerza de la memoria-cultura y la fabulación, del sentir y la digresión, de la vida y el infierno, estableciendo muy bien el sentido de la condición humana. Y esta es la grandeza de su libro, Claudio, que está escrito para hombres que no temen a la memoria, que no la esquivan.

Danubio, Claudio Magris, debería ser lectura obligada para los que habitamos estas tierras, siempre tan desmemoriados y esquivos al análisis de lo que pasa. Siempre tan mentirosos y repetitivos, tan dados a las mono-logias y al pensamiento único y servil. Si leyéramos Danubio y lo estudiáramos, aceptaríamos al fin que un continente sin memoria no puede ser más que un territorio atrasado y que esto real-maravilloso que nos pasa no es tan real ni tan maravilloso sino una mala invención de la desmemoria, de la oscuridad, de la falta de referencias y de historia clara. Y de la negación enfermiza de lo que somos. Claudio Magris, gracias por Danubio. Es un examen de conciencia.























18. A CANETTI.

Leído y estudiado, Elías, estamos perdiendo el humor, esa virtud tan humana de reírse de las dificultades. Y al no reírnos, como dice Freud en El chiste y el inconsciente, asumimos un peligroso estado de autodestrucción porque, a falta de risa, no hay catarsis sino un deseo creciente de destruir. Y cuando nos autodestruimos, negándonos el mínimo derecho a la burla, el concepto de realidad se pierde y sólo queda el miedo como referencia a nuestros actos. Vivimos entonces en tiempos de destrucción y de negación de lo que pasa. Y, como perros apaleados, buscamos intensamente el olvido.

Leyendo su libro Cincuenta caracteres, donde usted Elías ejerce la burla y el cinismo sobre los distintos tipos humanos, he recordado a Moliere, a los enfermos imaginarios, a los hipócritas y a esa basta multitud de seres que, haciendo el ridículo, le dan colorido a la sociedad, a la historia y a la necesidad de reflexionar partiendo del error. Reírse del otro o de sí mismo, es un punto de apoyo para comenzar a entender lo que sucede. Pero ya no hay risa. Esos Cincuenta caracteres de los que usted habla, que son risibles y como tal conforman una crítica severa a la sociedad, en lugar de elementos críticos se están convirtiendo en modelos a copiar (en lo que Antonio Ussía llama la legitimidad de lo cutre). O en algo peor, en enrollados, como los define Tom Wolfe en ese libro maravilloso sobre El periodismo canalla.

Elías Canetti, ¿Qué sucede cuando el humor se pierde y quedamos atrapados en los límites cada vez más estrechos (y peligrosos) de la razón enferma? ¿Qué acontece cuando nos aislamos del ser frágil y proclive al error que somos y asumimos el nefasto modelo del PyG (pérdidas y ganancias) grabado, como un susto, en una hoja electrónica? Somos risibles, es cierto, pero ya no hay quien se ría de nosotros. Y en esta soledad de risas, en esta carencia de chistes inteligentes, regresamos al estado lamentable del vencido, de ese que no protesta (la risa es un discenso) porque, como dice Klaus Heindrich, ya está invadido por el proceso de autodestrucción.





















19. A KERTÉSZ.

Apenas hasta hoy, leído Imre. En dos noches y una tarde, he leído su novela Sin Destino y son muchas las cosas que han quedado dando vueltas en mi cabeza, no porque haya encontrado algo extraño en lo que escribe sino por la certidumbre de que eso que usted dice no es otra cosa que la evidencia del mundo en estado de degradación en que vivimos y al que tratamos de maquillar con lo light y las discusiones que evaden lo que pasa: que avanzamos hacia atrás. He quedado muy asustado después de leerlo, Imre. Y el susto me llega porque ahora si veo que la razón (lo que nos llevaría a ser mejores) es un fracaso. Todo los hemos dejado en manos del sistema y de la máquina. Y de un temor enorme a tomar decisiones.

Usted, Imre, como traductor de filósofos y escritor de temas de conciencia (sus historias son más para la reflexión que para el divertimento) toca dos elementos que definirían nuestro siglo: 1. La inseguridad que propician las instituciones, que en lugar de tranquilidad terminan generando caos. Tantos Estados totalitarios, por ejemplo. 2. La calidad de la víctima, que en lugar de enfrentar al victimario le proporciona todos los medios para que éste siga ejerciendo su tarea, legitimando de esta manera el horror. Dice usted, Imre, que a la víctima le gusta ser más víctima, es decir, que admite la desesperanza (que ya sólo tiene la nada) y ya no espera sino un no-tiempo y un no-espacio, una inmovilidad permanente. Es terrible.

Nuestros días, según su novela y dos artículos que le he leído, están marcados por un deseo inmenso de ser esclavos (que sean otros los que nos ordenen y definan, los que nos piensen y sitúen). La libertad la dejamos en manos del destino, en lo que pase, en el azar. Y en la medida en que más personas sean trituradas por ese destino, más normal vemos la situación, más aceptamos esa igualdad y, en esta presunta normalidad, aceptamos el miedo y la degradación como parte de la vida. O como la vida misma. Imre Kertész, usted habla desde la crueldad. Pero al menos habla.























20. A POPPER.

Leído y estudiado Karl, si asumimos la verdad absoluta existente como objeto de conocimiento, realmente no entraremos en nada nuevo ni produciremos novedad alguna. Lo que es ya es y no admite nada más, diría Spinoza. O si produciremos algo y son esclavos de esa verdad que se asume como única y completa. Y esta parece ser la constante de la posmodernidad: mucha gente fanática de una verdad que en lugar de incluir excluye y niega la posibilidad de un conocimiento nuevo o, al menos, de una forma distinta de asumir lo que construyó esa verdad que se tiene como certidumbre.

Nos estamos negando a ver nuevas posibilidades, Karl, a pensar que en esto que sabemos (o que damos por cierto) hay posibilidades diferentes; que quizás eso que hemos construido tiene mucho de error y, por lo tanto, de desvío de la realidad. Como dice usted en En busca de un mundo mejor, seguimos preguntándonos sobre el contenido y no sobre el contenedor, que en última instancia es el que legitima el contenido. Por ejemplo, la pregunta no es qué es la democracia sino qué debe contener un espacio democrático para que esa democracia se entienda y sienta bien. La realidad, compuesta de posibilidades que, analizadas, nos muestran la factibilidad de errar y por exclusión del error dota de un comienzo de certeza, no se construye con absolutismos sino con discusiones que se ajusten a cada tiempo y espacio. Todo cambia.

La posmodernidad, desde su teoría, es paradigmática, es decir, funciona con espacios cerrados a otras certidumbres. Como en El príncipe desvelado de Alberto Cousté, un tiempo entra en el otro aferrado a sus definiciones más radicales, impidiendo ver lo que acontece ahora. Así, no hay discusión sino imposición o enfrentamiento. Y si bien algunos quieren encontrar novedades, la mayoría quiere imponer lo que sabe y admite como verdad absoluta, quizás porque así evade el miedo que siente a la frustración de saber que defiende errores. Entonces, Karl Popper, no hablaríamos hoy de conocimiento sino de desconocimiento. Y de oscuridad.























21. A TARZAN.

Querido, hombre mono. O criado por los monos y por eso gran conocedor de la selva, los bejucos y los pantanos, las tierras brumosas y los reinos escondidos. En otras palabras y recurriendo a la metáfora, transeúnte de los códigos civiles y penales de tantos países del tercer mundo donde nunca se podan los árboles de la ley sino que se los deja crecer lujuriosos y promiscuos conformando vorágines espesas donde abundan toda clase de sorpresas y sobresaltos. Es que donde menos se espera, hay ciénagas y arenas movedizas, animales hambrientos y humedades que crían la más variada fauna de seres que, como concluía el padre Joseph Acosta, nunca estuvieron en el arca de Noé y por eso, necesariamente, debían ser catalogados en la especie de los demonios.

Mendes France, el famoso pensador y político francés, decía que cada tanto debía podarse el árbol de la ley para que éste se mantuviera lozano y claro, es decir, que el árbol de los derechos y los deberes, tendría estar siempre visible y analizable para que de esta manera supiéramos cómo usar la savia y sabiduría de esta estructura de derecho que, como el Etz Jaim de la Kabalá, representa el árbol de la vida y la mejor manera de vivirla. Ya un modelo de ese árbol del conocimiento, del que se desprendían leyes claras, tuvo su prototipo en el Paraíso. Pero, como sabe usted Tarzán, hombre mono, en las selvas húmedas los árboles son difíciles de podar porque, en estos espacios, con dos gotas de agua crece cualquier cosa. Y no solamente crece sino que se enreda y cría otras plantas que hacer perder el Norte y a la par cubren lo hay que ver para no perderse de camino. Así, en esta ecología desordenada, todo es posible.

Tarzán, amigo mío, qué bueno sería conocer sus tácticas para ir de árbol en árbol pegado de un bejuco, no saltando como loco sino sabiendo dónde ir. Y gritando cada tanto para espantar peligros o al menos ejercer la soberanía que corresponde a quien avanza. Grito que amplía el pecho y perfecciona el olfato. Claro que en la selva urbana y de códigos, esto no debe ser fácil. Sobre todo cuando el que huele se intoxica.























22. A LE FANU.

Estimado Sheridan, el mundo se ha vuelto gótico y no porque muchos gobernantes parezcan Batman sino debido al culto inmenso y contradictorio a la muerte que se está rindiendo por todas partes. Muerte en la moda, en la televisión (que la legitimó como un acto cotidiano violento), en los vídeo-juegos, en las palabras de a diario, etc. Todo parece indicar que estuviéramos en la mitad del siglo XIX, cuando las lámparas de gas lechoso, los poetas bebedores de ajenjo y fumadores de opio, los fantasmas enamorados y los monstruos de laboratorio poblaban las grandes ciudades. Por esos días, era imposible leer a Praga sin el Golem y la calle de los alquimistas; a Paris sin sus cementerios y alcantarillas pobladas de ratas y comuneros; a Londres sin su bruma y esos destripadores ansiosos de primeras planas y de mujeres pecadoras; a Madrid sin sus maestros de esgrima carlistas y los encapuchados del Santo oficio. Un siglo duro ese, de vendettas y muertos emparedados, de condes durmientes en ataúdes y de cortesanas tuberculosas. Ese ambiente propició la semilla del romanticismo, dicen algunos.

Pero no es sobre el romanticismo que le escribo, Sheridan Le Fanu, sino que mi interés se cifra en el vampirismo. A fin de cuentas, su novela corta, Carmilla (la hermosa vampira), fue la base para que Bran Stocker escribiera Drácula, símbolo del eros y tanatos de nuestra época. El elegante y cadavérico conde, de mordisco afilado y comportamiento ético irreprochable (al menos con sus invitados), abrió el siglo XX y escapó de él antes de que concluyera, asustado con las nuevas formas de muerte propiciadas por la razón de los regímenes totalitarios y de los laboratorios genéticos. Como a Carmilla, a Drácula le falló el corazón. Y no por la estaca que le pusieron en el centro sino debido al sentido que perdió el vivir y el morir. Ya no vivimos ni morimos, simplemente nos anotan y al cabo de un tiempo nos borran. Pasa como en Todos los nombres de José Saramago. Somos una ficha, un dato.

El vampiro literario (que es la metáfora del poder) se caracteriza por alimentarse de otro semejante en materia y forma, succionándole su esencia. Y ejecuta este acto morboso porque está muerto y necesita un trozo de vida, un día más. Así, amigo Sheridan, vemos succiones (mordiscos) permanentes a las instituciones del Estado, a los salarios, a la calidad de los productos, al que hacer de los trabajadores, a la moral y a las posibilidades de futuro. Y este vampirismo, como dice la teoría, crea otros vampiros y al final ya son vampiros contra vampiros, tratando de chuparse los tres centímetros de sangre podrida que les quedan. Van por los restos.

Amigo Le Fanu, corrupción y vampirismo están ligados. Y así la muerte crece, pero con tintes de espectáculo.




















23. A DERRIDA.

Estimado Jacques, como la democracia implica la presencia del otro, ya que el hecho democrático es colectivo y no individual, por estos días he reflexionado un poco sobre su teoría Sobre de la mentira en política. ¿Se miente en política? ¿Se debe mentir? A la primera pregunta, Hannah Arendt, en su texto Verdad y política, dice que si, que se miente, y que esta mentira, cuando manipula a las masas, lleva a toda clase de desmesuras y estragos porque anula lo democrático (el intercambio de verdades o al menos de intenciones de verdad) y legitima la intolerancia y, por efecto, la exclusión del otro. En este punto, la mentira en política destruye lo político, que es el debido gobierno de la ciudad, como dice Aristóteles.

Ahora, querido Jacques, ¿Se debe mentir en política? En términos kantianos, la mentira va contra la razón. A esto, usted responde: si, ¿pero como no mentir si se carece de una verdad completa? Porque decir la verdad exige decirlo todo, con lo positivo y lo negativo, con lo que ha pasado y podrá pasar. Y ya esto es imposible de lograr, porque no sabemos qué podrá pasar (no hay una certeza absoluta) sino que lo intuimos. Y la intuición es una verdad a medias, una mentira a medias.

La mentira, dice usted, tiene dos espacios: el que miente sabiendo que lo hace y por eso es consciente del engaño. Y el que miente porque carece de elementos de verdad (no los tiene todos, está en la incertidumbre) y por eso trata de decir lo que sabe tratando de entenderlo y de ajustarlo a lo que no riñe con el mayor bien. El primero es un mentiroso, el segundo es un político. Y ¿qué es un político? Aquel que no lo dice todo o evita decir sólo verdades, a fin de que haya convivencia entre la gente. Si dijéramos siempre la verdad, no habría convivencia social. Esto que parece una contradicción, políticamente es una certidumbre. Es lo que Wittgenstein llama mentiras éticas (de comportamiento) y que permite que dos no se ataquen. Por ejemplo, por qué decirle a una señora que su hijo recién nacido parece un sapo, o a un anciano que ya debe ir preparando su entierro. Si esto se dijera, habría un enfrentamiento. La convivencia se da, en buena medida, diciendo lo que la gente quiere oír y que no es siempre la verdad. La señora del niño feo quiere escuchar que tiene un niño lindo, el anciano que se lo ve muy sano etc.

Para un sicoanalista, un mentiroso sólo manifiesta sus deseos. En la mentira que dice está lo que querría hacer o ser. Ya en lo político, la mentira (la que no tiene todos los elementos de verdad) perfila los deseos de lo político. Entonces, para controlarlo y no permitir que lo dicho se desvirtúe, hay que obligar al hecho político a que se suceda. Claro, querido Jacques Derridá, que una cosa es mentir porque la verdad no está completa (que sería la mentira política) y otra mentir porque no sólo se esconde una verdad sino que además se es consciente del engaño. Esto ya es un crimen.


















24. A NADIE.

Querido Nadie, gente como usted es cada vez más abundante. Parece que su capacidad de multiplicarse supera lo previsto en la teoría de los clones o que se ajusta a la del desprestigiado Malthus, pensador que hoy vuelve a ser muy actual aunque nadie diga nada. Hablar de Malthus implica ver el mundo con índices de escasez cada vez más altos, donde a más nadies (en este caso incluyo nadies con nombres importantes), más posibilidades de llegar rápido al fin del mundo debido a la carestía y a la destrucción (por uso indebido) de los recursos naturales. Diría, entonces, que usted Nadie es un factor de colisión tremendo. O, en otras palabras, es un compulsivo por mantenerse vivo y multiplicándose, lo que implica comerse cada vez más rápido lo que queda de la tierra. Y en esto incluyo no sólo la comida sino el aire, el agua y el espacio mínimo vital.

Pero nadie, puede estar tranquilo. En términos políticos, usted y su crecimiento desmesurado es muy importante. Mientras lo vean en calidad de masa, será un factor económico y social interesante: usted Nadie, está en las proyecciones del mercado de las multinacionales, sean gubernamentales o privadas, que ven el mundo como un gran supermercado repleto de compradores compulsivos que pagan de contado o compran fiado. Importa poco la forma de pago, pues para recuperar la inversión está el FMI o la presencia de los grandes ejércitos armados o financieros, donde ya los nadies se reemplazan con robots (el ideal de un nadie para un tecnócrata) y máquinas identificadoras, para que el mundo se mueva con la razón tecnológica y no con el corazón.

La globalización, Nadie, sólo se entiende con su presencia, pues muchos nadies pueden llegar a pensar y a actuar de acuerdo con los dones del imperio, que ya es una especie de Big Brother que todo lo ordena y define con precisión para que ninguno se mueva de la fila. Así mismo, los nadies convertidos en masa, se transforman en un plato apetitoso para los políticos que buscan votos o que justifican la existencia de una democracia en términos de mayorías que deciden. Qué más da que después no puedan actuar, pues usted, Nadie, como su nombre lo dice, vota pero no está representado. Y de igual manera, se usa a los nadies para tener tema en las conferencias internacionales y en los consejos de seguridad, donde se lee a los nadies como factor de violencia y, por ello, sujetos de invasión o al menos de control, lo que lleva al crecimiento del producto interno bruto de los grandes “protectores”.

Amigo Nadie, usted ya no es lo que cantaba Piero. En este mundo de escasez, usted es la legitimación de las cifras, de los proyectos que no se cumplen y del mundo político que busca impuestos y masa para engordar sus propios intereses.




















25. A BUBER.

Querido Martín, se viven días de mentiras y desinformaciones. Y como se acercan tiempos de reflexión, creo que debemos centrarnos en una palabra hebrea: Hasbará, que traduce información y, en su propuesta filosófica, se amplía a in-formación o sea, estar dentro de lo que se forma. En este punto, estar dentro implica vivir la situación, sentirla y enfrentarla a lo histórico vivido. Pero qué sucede cuando esta Hasbará se malinterpreta o, lo que es peor, se secciona en partes para utilizar de ella lo que interesa a una posición política o a un odio milenario, como sucede con tantos columnistas y periodistas que “leen” el conflicto palestino-israelí desde la parte que les interesa y no desde el todo, que sería lo objetivo.

Esto de la parte y el todo, que Emmanuel Levinás leyó bajo el concepto Rostro, siendo el rostro lo que nos rodea y ve y nosotros quienes nos reflejamos en ese rostro y por eso a veces nos da miedo y lo negamos (lo mentimos), lo trabajó usted Martín en términos de Yo y Tu, determinando que el yo se afirma en el tu (en el otro) cuando asume la tolerancia (el conocimiento pleno del otro) o destruye el tu cuando el ejercicio es de intolerancia, o sea de imaginación acerca de lo que es el otro y lo que hace. En otros términos, cuando no se está dentro de la información sino fuera de ella, inventándola y, por eso, mintiéndola.

La mentira, como sostiene Jacques Derridá, es la negación de la verdad o de parte de la verdad (que es la mentira maliciosa) y por eso hace tanto daño. Es negarse a la Hasbará, a la información y, negada la información, asumir la creación conciente de la mentira para afectar un colectivo. En este punto, Martín, recuerdo el libro de Arturo Pérez-Reverte, titulado Territorio Comanche donde este periodista y escritor español cuenta como se confecciona una noticia en un lugar en guerra. Dice Pérez-Reverte que la noticia se construye con elementos horrendos (y si no los hay se crean), a fin de poderla vender bien, sin que importe cuánto contenido de mentira tenga y a quién afecte. No hay Hasbará sino Met (muerte), que es lo que niega ya toda posibilidad de ser.

Decía Jesús de Nazareth, que el peor de los pecados es el escándalo, o se la utilización de la mentira para dañar a vida de otro o romperle sus valores, creándole un estado de desesperación (de falta de esperanza). Esto me lleva a pensar Martín, que muchos de los que “interpretan” lo que pasa en el Medio Oriente, buscan con sus escritos sembrar la desesperanza a fin de que el conflicto se agudice y ellos tengan siempre de qué escribir y contra quién escribir, soltando todo el veneno contra el Rostro que los mira, que es la Hasbará completa que ellos no interpretan. Martín Buber, a veces me pregunto por qué usted no alcanzó a dar una respuesta completa en su libro ¿Qué es el hombre? O si la dio y no es más que aquel que se mira en el Rostro y lo escupe.


















26. A SARAMAGO.

Olvidadizo, José. No han sido afortunadas tus últimas declaraciones públicas, quizás por aquello de que el que mucho habla mucho yerra. Estás en todo, buen hombre, y eso, a tus años, debe cansar mucho, a más de afectar tu memoria reciente y, por tu vicio de desvirtuar la historia, la lejana. Imagino que a estas alturas de tu vida, realidad y fantasía se han mezclado peligrosamente, como ya proponías en uno de tus libros: Todos los nombres.

Desmemoriado José, esto de hacer de la historia un elemento con el que se puede jugar, es válido en literatura. A fin de cuentas, para la imaginación lo histórico es sólo un referente que permite fabulaciones sin límites. Ya, en sus folletines, lo hizo Alejandro Dumas padre, burlándose de la corte de Luis XIV y del pobre cardenal Richelieu que, a costa de Los tres mosqueteros, acabó como el malo de la película. Y pasa igual con Arturo Pérez-Reverte que, en su serie del capitán Alatriste, usa la historia como comodín, más para ambientar lo que le sucede a su personaje que para ilustrar lo que realmente pasó. Literariamente, la técnica es buena y funciona bien, porque esa historia marginal vieja ya no ofende a nadie, a no ser a algunos especialistas.

Cuando leí El memorial del convento, El cerco de Lisboa y El evangelio según Jesucristo, tres libros en los cuales usted, olvidadizo amigo, hace de la historia lo que quiere, contando algo distinto a lo que realmente sucedió, sonreí varias veces. Cómo se notaba que su interés era escandalizar y no más. O sí buscaba más, porque esos descréditos históricos le dieron buena prensa y, como resultado, excelentes ventas de sus libros. Es usted un viejo pícaro y con arrestos de malo, José (como dice el profesor Gildardo Lotero). Y lo verde lo ha sublimado en marketing.

Alguna vez dije que usted, José (¿sí se acuerda que ese es su nombre?), fue quien mejor leyó la historia personal del hombre del siglo XX. Y no me retracto. Como lector de individuos, usted es maravilloso. Basta leer El ensayo sobre la ceguera y La caverna. Pero como lector de colectivos, es un desastre. Quizás porque todavía maneja esquemas de la izquierda y la derecha viejas, donde lo importante era el descrédito del otro (a través de la calumnia) y no el análisis objetivo de la situación. En este sentido usted es un desafortunado, como las islas españolas aquellas, llamadas así por lo estériles y secas.

Desmemoriado (o mal intencionado) amigo, creo que confundir Auschwitz con la situación palestina se sale de la raya y le hace el juego al antisemitismo más atroz. ¿Lo hizo por llamar la atención o porque en su desmemoria ha mezclado su izquierdismo con nazismo?





















27. A WISEL.

Apreciado Elí, parodiando El manifiesto del partido comunista, negros nubarrones se ciernen sobre Europa. Pero no para los europeos sino para los judíos y los inmigrantes. En Francia, donde nació la teoría racista y el antisemitismo “científico”, por estos días se quemaron dos sinagogas, se han dañado varios cementerios hebreos y vuelven a pulular folletos perversos donde se señala y se pide excluir a todos aquellos que se consideran “nocivos” para la vieja cultura racionalista y romántica. Y poco se protesta por esto. Hay mayores prioridades, eso se dice.

Elí, usted fue el rimero que utilizó la palabra Holocausto, para significar con ella el genocidio más atroz de que da cuenta la historia. En ese Holocausto, se llevó a millones de judíos (y con ellos centenares de miles de gitanos y otros excluidos) a las cámaras de gas y a los laboratorios donde utilizaron seres vivos para hacer experimentos y, como resultado de estos ensayos, producir jabones (de cebo humano), sacos de invierno (de pelo), lámparas de piel, a más de otras atrocidades donde los conejillos de indias fueron hombre, mujeres y niños vivos a los que, sin usar ninguna anestesia, se les abría el vientre o se les quebraban los huesos o se los sentaba en bloques de hielo o se los ahogaba con gas ciklón B o con monóxido de carbono para ver cuánto duraban así. En ese Holocausto, la muerte se convirtió en una industria “normal” que incluyó desde la logística para el traslado de las víctimas hasta la utilización técnica y científica de cada una de las partes de sus cuerpos, a fin de lograr índices de calidad y rentabilidad en ese genocidio. Esta demostración de odio y criminalidad inverosímil, que se llamó la solución final, fue el inicio del fracaso de la razón.

Elí, usted, como Primo Levy (el escritor italiano que escribió esa novela maravillosa que se llama Cristo se detuvo en Éboli), como Simón Wisenthal (el cazador de criminales de guerra), León Poliakov y otros no descansó nunca de denunciar estas atrocidades, esta Shoá (genocidio inmenso y brutal). Pero todo parece indicar que esa Alma negra de Europa (como se nombra al antisemitismo), está tergiversando la historia para convertir el Holocausto en una simple Intifada y hacer percibir (ante la opinión) el derecho a la legítima defensa como un nazismo moderno. Y es claro que esta tergiversación le interesa a Europa porque el Holocausto no sólo lo propiciaron y pusieron en marcha los nazis alemanes sino todos los colaboracionistas directos de esta ideología brutal (ucranianos, rumanos, húngaros, colaboracionistas franceses, polacos etc.); y los indirectos, esos que sabían lo que pasaba pero no hicieron nada (Inglaterra entre ellos). Con una historia que se confunde y en la confusión minimiza el crimen, la vieja Europa se lava el pecado y hasta mira con dignidad. Elí Wisel, es terrible lo que sucede, es La noche el alba y el día, pero al revés. Ya no se lucha por la dignidad sino que se legitima la indignidad.



















28. AL RAMBAM.

Apreciado y respetado Moshé ben Maimón, no son claros los días que vivimos y más parece que flotamos en ese caos a donde nos precipitó el exceso de información y la mala gramática utilizada. Ya se habla sin memoria y dando por cierto cualquier acontecimiento, como si las cosas o los hechos se dieran de manera espontánea, sin causa y sin historia. Hay, como dice Jung, una neurosis por saber y actuar sin determinar si esto que sabemos o las acciones que generamos tienen sentido o no. En otros términos, se actúa por impulso, presumiendo lo que son los hechos y no entrando en ellos, en sus significados y referentes, que es lo que legitima la construcción que produjo el resultado. Querido Mamónides, como usted planteó en su Moré Nebujim (Guía de perplejos), estamos confusos y se hace necesario aclarar de nuevo los conceptos y las definiciones, volver a la correcta escritura y, sabiendo cómo se expresan la ideas, pensar en orden.

La perplejidad, este saber sin entender qué es lo que se sabe, nos coloca en un espacio confuso donde nos asombramos sin entender el asombro. Como le pasa a los animales que nos miran, que saben que estamos ahí y nos movemos, pero no entienden porque ocupamos ese espacio ni a que se debe nuestro movimiento. Están perplejos frente a nosotros, presumiéndonos con memoria corta, estimulándose con lo que hacemos, pero sin entender nada. Con razón, querido y leído amigo, el animal mira y en la mirada se le nota la tristeza. Es que le faltan datos y sus ideas y expresiones están inconclusas. En términos de Spinoza, está triste porque sólo tiene ideas inadecuadas. De aquí la confusión y el lagrimeo.

En la Mishné Torá (repetición de la Torá), usted RamBam (Rabi Moshé ben Maimón) aboga por volver a las bases que nos rigen. Así, regresando a los fundamentos, podremos regresar de nuevo al pensamiento lógico y estructural que hizo posible que el mundo que habitamos exista. Pero antes, hay que salir de la confusión, determinando el sentido de cada cosa y hecho, el alcance de cada palabra y la lógica del pensamiento. Debemos regresar al rigor. Para esta tarea se hace necesario sumar lo que hay y, lograda la suma, destilar lo que realmente sirve. En otras palabras, como cuenta Isaac Bashevis Singer en Escoria, hay que pulir y purificar, no agregar más cosas. La escoria es lo que sobra cuando un metal se ha fundido debidamente, dejando de lado impurezas y basuras.

Querido RamBam, todos los excesos llevan al caos. No es de extrañar que en su Tratado sobre las hemorroides, dedicado a Saladino, le recomiende a este califa un orden diario en el aseo, el vestuario y la comida. Y en las lecturas. Y si bien su Tratado no cura las hemorroides, si cura bien la mala manera de pensar.



















29. A NIETZSCHE.

Desesperado y dolorido Frederich, su Zarathustra aparece ahora por todos los lugares, pero ya sin voz y apenas evidenciando unos enormes ojos de loco o de ciego enloquecido, igual que un sufí después de una bomba atómica. Su criatura (símil del Zoroastro persa) es un testigo de lo que pasa y siente y, a la vez, de lo que no pasa y entonces, para más dolor, imagina. Y si bien Apolo lo asiste un rato, ordenándole el camino y las ideas, de inmediato llega Dionisos y destruye con sus juergas y demencias lo poco construido. Quizás ésta sea la razón-sin razón de la posmodernidad: ordenar elementos sobre una mesa para de inmediato tirar del mantel y que todo caiga y se desordene de nuevo. Un juego de bufones delirantes, como en los relatos de Alfred Kubin, el maravilloso ilustrador checo.

Su teoría de lo dionisiaco (el desorden) y lo apolíneo (el orden) como dos elementos permanentemente conectados e interdependientes, que actúan el uno sobre el otro en igualdad de fuerzas (creo que en física le dicen a esto entropía) está hoy manifiesta en las actitudes de los gobiernos y las economías, de las ciencias y las filosofías. Todo esto a lo que asistimos en calidad de testigos-oidores, como sostiene Elías Canetti en Cincuenta caracteres, está regido por la acción-reacción, pero no en los términos de Jacobo Bohéme cuando habla de los opuestos (donde lo uno no puede darse sin su opuesto; lo blanco no existe sin lo negro etc.), sino, más bien, bajo el modelo de las películas de Rocky. En estos filmes, a un golpe se responde con dos golpes (reafirmados por sonidos secos) y los primeros planos se enfocan sobre la sangre que salta y los dientes que vuelan. Y el orden desaparece para darle entrada a un desorden donde priman salvajadas, ignorancias y emociones.

Dionisos, ese dios borracho que sólo se interesa en el caos mientras levanta la copa y busca a quién seducir, que se burla y excrementa sin recato, es hoy el ídolo de estos tiempos. Ya usted, mostachudo Frederich, lo había previsto, pronosticando la muerte de Apolo y con él la del orden. La inercia de su siglo, que por efecto de aceleración creó el desmadre del nuestro, legitima a un Dionisos crecido que permite todos los desórdenes, siendo el desorden el lugar propicio para esconder errores y desviar sentidos; para asumir el materialismo más ruin y escupir sobre lo que antes fue pulimento de mármol. En otras palabras, para justificar el fracaso.

Amigo Nietzsche, hoy Apolo es la representación del olvido. Para qué el orden, diría usted, si la naturaleza misma (apolínea en sus principios) manifiesta ahora el más completo desorden. Entonces, que abran camino a Dionisos, el borrachín lúbrico que confunde, que vive los placeres cortos y, como está borracho, no se acuerda de lo que dice ni lo que hace. Y ahí va.



















30. A HITLER.

Adolf, su terrible semilla vuelve a crecer y a reproducirse en Occidente. Y es que a sus restos ideológicos, como en Jurasic Park, les cae encima esa lluvia envenenada de la propaganda haciendo renacer todo lo terrible de las épocas más perversas del siglo XX. Volvemos a los días de la exclusión y la intolerancia, a esos tiempos del señalamiento y del odio que, suponíamos, ya deberían estar superados en términos de razón y de política. Pero no es así y usted, en los infiernos, debe estar celebrando con los demonios este aggiornamento (puesta al día) de su pensamiento maldito.

Hoy, como en 1930, las condiciones son propicias para buscar chivos emisarios (aquel chivo bíblico al que se le echaban encima todos los pecados) y buscar en un solo elemento (sea un pueblo, un grupo de personas etc.) todas las razones de los males. En el 30, año de pobreza inmensa debido a la depresión económica, los descontentos sociales (los que tenían hambre y carecían de empleo, los políticamente engañados y por eso excluidos de las instituciones y el ejercicio del poder) conformaron masas inmensas y desesperadas, muy propicias para ser engañadas con propuestas mesiánicas y teorías que activaban el mecanismo narcisista de la superioridad racial o cultural, lo que implicaba diferencias hacia el otro en términos de figura y capacidad intelectual.

Goebbels, aquel genio escabroso de la propaganda nazi, entendió muy bien que a un desesperado se lo conduce por cualquier camino si se le propone alguien a quien señalar. El sistema es fácil: exceso de información, imágenes repetitivas, velocidad en plantear ideas que, aunque sean incoherentes, distorsionen la historia y la conviertan en un hoy sin pasado, lo que hace que lo informado sea muy difícil reflexionar porque la inmediatez (a Goebbels le encantaba la radio) supera toda capacidad de análisis y así hay percepciones (emociones) en lugar conocimiento profundo. Y en ese juego de entrar y salir por una boca que traga y escupe, reina el caos y la perversidad.

Hoy, un ultraderechismo como el de Le Pen, apoyado por la información acelerada y excluyente que los medios propician (sólo ven y reafirman la cara que les interesa, como en el caso de la información sobre Israel), se legitima en el señalamiento (en decir que hay un malo) y así no es el sistema el culpable sino ese otro que es conveniente señalar para que los reclamos se desvíen y así el señalado asuma las culpas de quien lo señala. Es una estrategia demoníaca, como las que diseñó su oficina de propaganda, Adolf Hitler.

Hoy campea el antisemitismo de nuevo, luego vendrán otros tópicos como el antisudamericanismo, el antiafricanismo y al final, la fiesta de la muerte en nombre de la razón. Debe estar que baila, asqueroso Hitler.



















31. A BERGSON.

Querido Henri, los tiempos que vivimos dan pie a todas las propensiones. Y, como no anota usted en ese libro maravilloso que es La risa, la realidad sufre cambios nacidos del corto producido por el contacto entre el yo y el afuera. O sea por la lectura que hacemos de lo que está ahí (la realidad) y la confrontación con lo que sabemos y entendemos en calidad de espectadores-intérpretes. Ya lo ha dicho Freud: somos un compuesto de pasado, de realidad presente y de deseos. Y como ni en el presente ni en el pasado se puede confiar, porque son más las fabulaciones que los aciertos, todo presente siempre es un desconcierto. Y un malestar que transformamos en risa o en angustia risible. No es de extrañar que en los momentos malos abunden los chistes que desacralizan lo que nos asusta. Con la risa liberamos carga negativa y, como dice un libro sobre el cerebro que leí hace un tiempo, si llegamos a la carcajada nos colocamos en el preámbulo de un derrame cerebral. Como ve, siempre hay un susto presente aun en el mejor momento.

Pero no es sobre La risa el asunto de esta carta sino sobre sus textos de Memoria y vida, donde usted, querido Henri, plantea que somos la memoria que tenemos, el tejido que hemos ido construyendo para que el Yo y el entorno tengan un sentido y una correspondencia. Con la memoria entendemos la realidad. Ahora, ¿qué sucede si no hay memoria? ¿O si nos negamos a esa memoria? Creo, entonces, que nos sumimos en el deseo, que es falso porque plantea lo unívoco (lo que creo que es mi certeza). O visto desde otro ángulo, todo deseo exalta el egoísmo (el yo que reclama derechos para él sin haber cumplido con ningún deber) y niega las posibilidades del otro, destruyendo así la realidad para construir una fábula. Y como sucede con toda fabulación, un enfrentamiento.

La memoria, elemento que ha permitido construir el mundo que tenemos, se ha ido perdiendo en los últimos días. Ya no se revisa la historia sino que se pasa por encima de ella desconociendo todo lo que esa historia dice sobre errores y aciertos, causas y efectos. Y, partiendo de este desconocimiento, de esta desmemoria, asumimos el riesgo y el azar. Nos pasa lo que a Adán cuando salió el Paraíso: creamos de nuevo el mundo y, para esta creación, nos hundimos en el primitivismo y en la lucha contra lo desconocido.

Henri Bergson (hijo de la montaña, traduciría su apellido en yidish y por extensión en alemán) la falta de memoria implica quedar en el vacío, no saber cuáles son las direcciones correctas; angustiare porque, en la desmemoria, no sabemos siquiera qué buscamos. Y si lo presumimos, carecemos de fundamentos para calcular las consecuencias. Y no creo que esto de risa.





















32. A FROMM.

Leído, admirado, dejado y de nuevo recuperado, Erich. Todo indica que volvemos a los días del diluvio, pero sin que se hayan construido arcas para prever la supervivencia de la humanidad o al menos de unos pocos sabios, ojalá como Aristóteles, con su zoológico y herbolario particulares, lo que daría pie a una nueva ecología y poética sobre los restos del planeta. Ya no existen los justos como Noé, que tenía la virtud de escuchar las palabras de la divinidad (lo que la naturaleza y el sentido común explican) para ponerlas en práctica. Hoy se oyen más los resultados de las bolsas y las carreras de caballos, las retóricas plagadas de lugares comunes de los nombramientos y la información continuada sobre quiénes son los buenos y cuáles los malos. En otras palabras, sólo escuchamos nuestros temores y, para que no crezcan, los disfrazamos de carnaval. Hay que ver los circos (ya no alegres sino góticos) que entran todos los días a las casas a través del televisor, caja que no fue la ventana que nos permitiría mirar la aldea global (como sostenía Marshall McLuhan) sino que muestra el miedo mundial y el afán de consumo para sublimarlo creándose fantasías frente al espejo.

Erich, en su libro, Ser y tener, donde se lee una especie de resumen de muchos de sus libros anteriores, la libertad, el amor, el Talmud, la conciencia de nuestros días y las ideas económicas de Marx, configuran una mixtura que da pie para hacerse una pregunta: ¿Ser o tener? Ser implica saber de qué están compuestas las cosas y los individuos y las relaciones posibles y sin dolor entre lo que hay y lo que somos. Tener, no es más que acumular para, al momento de intentar movernos, no poder hacerlo porque eso que tenemos, que ocupa un lugar y tiene un peso, se convierte en un estorbo que nos ancla al lugar de donde queremos salir. Imagínese usted, Erich, si de repente ese Noé poco posible apareciera y escuchara a Dios en esto de hacer un arca. Seguro la construiría con todas las técnicas alcanzadas en los astilleros y con las asesorías más especializadas, lo que permitiría teorizar no sólo sobre su capacidad de flotación sino en torno a su enorme nivel de bodegaje. Ahora, construida esa arca moderna, ¿qué subiríamos a ella? Aquí es donde viene el problema, porque querrían montarle tantas cosas que al final todo se iría en ampliar el arca y en discutir sobre más espacios y derechos hasta el punto de hacer algo que sería más un ancla que una estructura navegable sobre el agua lluvia que hoy nos da abundantemente el efecto invernadero.

Erich Fromm, si tuviéramos más capacidad de ser que de tener, los miedos y las cosas que tenemos (de las que sabríamos más y por eso no serían tan abundantes, porque en lugar de ocupar espacio ocuparían entendimiento) no serían un estorbo y, como tal, una manera de dominación permanente. Pero, y esto se entiende desde el psicoanálisis, si no tengo entendimiento tengo cosas. Y, al tenerlas, me anclo y llega el diluvio y ya no hay forma de salir a flote. Y saber que todo comenzó con una cera en el oído.

















33. A SAVATER.

Don Fernando, lo percibo a usted con su camisa tropical, el habano en la mano y sus anteojos de marco colorido, seguro al lado de una buena revista y al olor de una buena infusión Y tras su figura, un hombre que se da a la tarea de pensar su entorno, su contexto y el siglo o como se llame este tiempo tan contradictorio, propagandístico y frívolo, donde se le da más fuerza al deseo que a la acción y hay más disfraz que cuerpo. Con usted me une aquello de que pensar es un acto individual y que la razón se debate y no se obedece. Imagino que esta desobediencia se debe a los santos herejes que vagan por ahí pidiendo vela o al menos un rezo que les refresque el abandono que purgan.

Y bueno, el motivo de esta carta es su concepto de felicidad o, mejor dicho, de egoísmo. Dice usted que buscar la felicidad o el bienestar es un acto completamente egoísta donde se excluye al otro y sólo se tienen en cuenta deseos personales, legitimando así el estado de naturaleza y socavando el sentido de comunidad. Y como la paz hace parte de la felicidad del hombre, entonces esa paz que buscamos (desde el egoísmo) resultará produciendo intolerancia, exclusión y señalamiento. No es entonces la paz que produce felicidad lo que debemos buscar sino la paz colectiva donde los deberes están por encima de los derechos y el compromiso adquirido es más importante que el logro mismo.

Don Fernando (llamándolo así me acuerdo de la novela de un mafioso, claro que este recuerdo mío no le compromete a usted con nada, es sólo una trampa de la memoria), esto de la paz que haremos o que buscamos (no que deseamos, porque al desearla se convierte en un mero egoísmo) necesita de una educación ética previa y de un concepto de ciudadanía claro, a fin de saber qué es lo que realmente buscamos y cómo vamos a sostener y administrar esa paz cuando llegue. No es entonces un querer la paz sino construirla y en esa construcción, demostrar que sirve.

Las palabras, don Fernando Savater son encantadoras, pero tienen el problema que de que disuelven en el aire con una facilidad maravillosa. Lo que necesitamos son hechos, pero no sé si dejen.





























34. A HOUDINI.

Apreciado y asombroso Harry, cada vez que uno lee sobre usted y su ilusionismo y facilidad de manos, sus salidas casi imposibles de ríos y de cajas o barriles donde estaba atado con cadenas y candados, así como de su afán por desenmascarar mediums y otros tratantes con el más allá, no puedo más que pensar en la poca calidad de tantos que hoy actúan en los escenarios públicos. Y no hablo de payasos o de goliardos, tampoco de tragafuegos y acróbatas capaces de atravesar un aro repleto de cuchillos. No, esos siempre han hecho lo que han podido y lo poco que se ganan lo logran decentemente. Hablo de esos otros que tratan de ilusionara la gente con un manejo de manos equivocado, cínico y descarado. De los que roban sin mover un solo músculo, de los que mienten mirando de frente, de esos que sonríen y posan de inocentes manejando el estar y no estar al mismo tiempo, para descrédito de Aristóteles.

En Veinticuatro horas en la vida de una mujer, libro corto y delicioso, Stefan Zweig habla de esos jugadores que no delatan nada en la cara porque ya tienen controlado en ella cada músculo. Entonces, sugiere que hay que mirar las manos, que esas si delatan porque casi tienen vida propia. Hay que ver las que usted tenía, Harry, para desanudar nudos severos, de esos que llaman de marinero, y abrir candados de dobles y triples llaves. Y su capacidad de leer las manos de los otros, no en la palma sino en los dedos.

¿Y a que viene todo esto? Harry, amigo mío, a que hay que volver a sus días, a los locos veintes, para descubrir al otro por el juego de manos, que ya no son de arista ni de ratero clásico (como dos dedos, el del tango), sino de desvergonzado. Hay que ver cómo se roba en América Latina, cómo crece la corrupción, cómo se mete la mano sin desenfado y a los ojos de todos, sin el más mínimo ilusionismo. Diríamos que se ha perdido el arte y a cambio, Harry Houdini, vemos los espectáculos más bochornosos y absurdos. Ya no hay un Raffles, que seduce y a la vez se cobra. No, lo que ahora vemos es un cuadro decadente y diletante. Houdini, ya no hay clase. Y no hay manos sino garras.




























35. A PESSOA.

Don Fernando, vivimos tiempos de suplantaciones, de disfraces, de calumnias y de todo esto que usted tan bien describe en el Libro del desasosiego de Bernardo Soares. Es como si dar la cara ya no fuera una condición de reconocimiento del otro, de participar desde el otro (como dice Lévinas en su teoría sobre la necesidad de un rostro) sino una forma vil de esconderse para dar rienda suelta a odios y miedos contenidos o ejercidos desde el complejo de no ser reconocido. Entonces, muchos no dan la cara sino que la esconden asumiendo una que no les pertenece. Y en esta transferencia, se destruyen. Es que no hay peor temor que no ser el que se quiere ser. O lo que es más terrible, no ser porque definitivamente ya no se es.

Hay una palabra que me gusta mucho y es escondidijo, porque reta a encontrar. Usted la usó mucho, don Fernando, con sus heterónimos. Por eso fue usted Ricardo Reis (que lo sobrevive a su muerte, según el libro de Saramago), Álvaro de Campos, Alberto Caeiro y Bernardo Soares. Estos nombre sonoros, de su invención, los usó usted para descubrir nuevos mundos, para hacerse preguntas, para ser usted desde otras dimensiones. Es que los nombres, como dice Gabriel García Márquez en su autobiografía, determinan quién es el personaje. Pero los suplantadores de estos días no son buscadores sino gente que habita mal el escondidijo, no retándose a encontrar sino creando la confusión. Y, en términos de Naipaul, sufriendo porque han perdido su identidad y ya no tienen otra.

Don Fernando Pessoa, revivimos el desasosiego. Y el derecho a ser felices, como sostiene Savater, da miedo porque exige un comportamiento ético, una actitud moral, una participación en el espacio público (que es el que nos evita ser parias, como dice Hannah Arendt). Vivimos entonces tiempos sucios, de unos que actúan desde las sombras y pierden su condición de ser porque se niegan a la inteligencia del debate. Hay mucha gente escondida, don Fernando. Y sola. Y como carece de palabras, suplanta. Y en la suplantación queda sin rostro, como en El grito de Munch.



























36. A MICO

Apreciado Carlos Mario (¿de los Gallego de dónde?), he reído mucho tu libro de caricaturas. Y lo he compartido para que otros rían, que reír ya es un ejercicio difícil en nuestro medio y por eso se ven tantas caras cuadradas o caídas. Y si bien muchas son producto de las dietas que se aplican, otras se dan porque los músculos faciales no se mueven. Si mi tía Josefina estuviera viva, diría que hacer reír es una obra de caridad. Así que, amigo Mico, usted ya está haciendo sus pinitos en el mundo del psicoanálisis para latinoamericanos, que en lugar de traumas lo que cargan es sustos y chistes.

Pero hay algo más detrás de la risa que producen esas caricaturas y es la realidad que vivimos; la que nos mentimos con reinados de “belleza” y finales futboleras, ejercicios chópricos (posibilidades de salir de líos mediante viajes astrales) y discusiones sobre matrimonios gays. En su libro, Mico, hay mucho del horror diario y del terror que produce. Y como estamos en una situación extrema, todo esto que tememos se vuelve risa. Es la ley de los contrarios, como lo planteó Jacob Bohème.

En uno de los libros de Imre Kertész, Yo, otro (crónica del cambio), hay una pregunta que, aunque simple, en este momento tiene mucha validez: Has cambiado ¿A qué se debe?. Y esta pregunta es la que le da una razón al libro. ¿Por qué cambia la víctima? ¿O realmente si cambia? ¿O es que el miedo se nos ha vuelto tan necesario para vivir que sin él no sabríamos determinar si estamos vivos? Lo que plantea Kertész, esto de que no hay cambio sino aceptación de la condición de víctima y lo que es peor, necesidad de ser víctima, me parece que tiene mucha unión con el sentido de su libro, amigo Mico. Su humor negro risible hasta la carcajada (yo mismo reí hasta las lágrimas), el hecho de la aceptación del absurdo, da una visión del mundo que nos ha tocado, donde el hombre ya no es lo más útil para el hombre (como sostiene Spinoza), sino lo más peligroso. Y en este peligro ambulante, es que vivimos, dice Kertész. Bueno, Mico, saludes a Tola y Maruja. Y gracias por el libro.




























37. A MELQUÍADES.

Apreciado y fantástico Melquíades. Como ya termina el año y poco sabemos del que viene, que en esto de predecir los únicos que se arriesgan son los que hacen uso de las Cuartetas de Nostradamus (textos confusos éstos que, aplicando la ley de caos, permiten “ver” lo que vendrá, o sea que más que profecías son una cuestión matemática que se vale de la teoría de probabilidades de Laplace), sería bueno hacer un balance sucinto de las cosas que nos trajo éste y que no fueron realmente los diamantes más grandes del mundo ni la caja de dientes ni los aparatos adecuados para entender el cielo. Es que el mundo ya no está por fuera de Macondo ni en el exterior se cuecen habas que nosotros ya no tengamos calientes en la boca.

Este año, Melquíades, nos trajo la incoherencia en la que anda el Banco Mundial, que amenaza y asesora, pero recula cuando le dan la cara para decirle que no le pagan. Lo extraño es que muchos le hagan caso a gente así, que vive de predicar cómo aguantar hambre. También nos trajo los tambores de guerra que hacen sonarlos dirigentes norteamericanos para ver si así ese país produce más (imagino que armamentos) y gasta lo que gana en cosas que realmente no necesita. Es increíble que una racionalización del consumismo esté acabado con una economía. Y también trajo una supuesta clonación de una descendiente de extraterrestres.

Melquíades, amigo mío, además de los conflictos eternos y la paradoja de salario mínimo, de las demencias políticas y la confusión legitimada que siempre han movido este mundo, el año no trajo nada especial, siempre y cuando no hablemos de contaminación ambiental y moral. Y de gente que habla con D’s y le conoce el nombre y por eso espera el fin, refutando así, al menos por medio del deseo, a Lavoiser. Melquíades, gitano encantador, los días de los asombros han pasado. Ya, debido a la comunicación y a la devaluación, nada es nuevo. Y si algo lo es, hay que mirar con sospecha: hay que ver cómo sacan “novedades” del mercado de las pulgas.
























38. A MANN.

Apreciado Thomas, todavía hay gente que le vende el alma al diablo. Y así como Leverkuhn, el personaje de su novela Doctor Faustus, el miedo lleva a percibir posibilidades en un miedo mayor, que es la competencia desmesurada por ser el mejor e medio de la destrucción. Y en ese abandonarse al diablo (en el caso de que este exista), las pasiones se excitan y toda racionalidad se deja a un lado. Es que pocos, querido Thomas, tienen el valor de Dalton Trumbo, que luchó con el demonio, primero en una novela titulada Johnny cogió su fusil y luego en otra que no puso terminar: La noche del Uro, donde analizó sin tapujos la erótica del poder, esa necesidad de acabar con otro sintiendo placer en la tarea. Dicen que el demonio le ganó la pelea.

El diablo, según la tesis de Charles Baudelaire, usa la estratagema de pasar por inexistente y así seduce más. Pero no creo en esto y me inclino más por pensar que cada tiempo el poder de los grandes construye un demonio y llegan Los años de perro, como tan bien relata Günther Grass. Días de incertidumbre y miedo, de frivolidad magnificada que esconde o disfraza la certidumbre y de patriotismos peligrosos que conducen al abismo y si no, a un desprecio muy grande por la inteligencia y por la vida. Este es el temor que tengo, leído Thomas, que ahora vuele sobre nosotros uno de esos diablos nacidos del huevo de la intolerancia y la obsesión.

La obsesión, como en el caso de Lutero (con perdón) y de tantos otros tocados por el basilisco, crea diablos. Y esos diablos, vitalizados por el hecho obsesivo, convierten los errores en virtudes y la ceguera en la única posibilidad de ver. Vuelvo, entonces, a Leverkun, el violinista de su Doctor Faustus, que algunos emulan con Paganini y otros al violinista del Talmud, que toca sólo cuando vienen desgracias. Y vuelvo a él porque usted lo ubica en una época donde se cocieron los peores pecados, que son aquellos que reactivan la muerte, la peste, las bestias y la guerra, como en los Jinetes del Apocalipsis de Durero. Mire el camino hacia Irak, querido Thomas Mann.
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39. A JACOB,

Respetado patriarca, tiene usted sus historias. Unas bellas, otras tristes, las más emocionantes porque cuando usted andaba por ahí el mundo se estaba creando y había poca polución en el aire, casi siempre venida de los sacrificios humanos hechos por sumerios y cananeos, gente esta que adoró al gato y al cerdo. Misteriosamente no se menciona al perro, quizás porque servía de medicina para curar llagas. Pero lo más interesante fue esa historia suya donde usted soñó y en el sueño peleó con el ángel de D’s. Y de esa pelea salió con otro nombre, Israel, lo que lo llevó a ser otro porque asumió responsabilidades para con usted y los otros y miró de frente. Quizás usted haya sido el primer hombre realmente libre.

En José y sus hermanos, la tetralogía de Thomas Mann, el primer libro está dedicado a Las historias de Jacob (así, con doble a). Y si bien en este texto la novela y la historia se funden (como casi siempre pasa en la historia), hay una teoría muy bella sobre la realidad: es lo que nos hace jóvenes. Porque la realidad está ahí y no tiene tiempo y si la vemos y sentimos, entonces somos en nosotros y en el proyecto que construyamos. Por eso su historia, Jacob, es la más larga del libro de Bereshit (el Génesis), y es la que prepara el entendimiento de la realidad para que haya leyes e instrucciones de cómo usarla bien. Es una historia de la vida.

Negarnos la realidad, Jacob, es envejecer y morir. En este sentido la Torá es muy sabia: y llegó a los tantos años y murió, cuando ya no había más realidad. Por esto habla de gente que vive mucho y otra que vive poco. Por esto, Jacob, me da risa de los que tratan de rejuvenecerse con hormonas y barros verdes, dietas drásticas y ejercicios torpes. Son muertos embalsamados. Ya se sabe, Jacob ben Itzjac, la libertad está en asumir lo que hay y no en huir de esto que nos pasa. Y en la aceptación de la realidad está la juventud, cosa que no entendió Ponce de León ni tantos otros que buscaron la fuente que revitalizaba. Es que soñaron pero evitaron pelear con el ángel de D’s.























40. A GARIBALDI.

Apreciado don Giuseppe, ex gaucho, viajero y varias veces exilado. A usted se le debe la unión y creación política de Italia, la derrota a los Borbones y la úlcera y gastralgia del rey Víctor Manuel II. O sea que para muchos sectores políticos y de la historia, usted no es bienvenido y ojalá le borraran la memoria. Pero no es de esto lo que voy a tratar sino de las guerras entre ricos y pobres, entre poderes heredados y los nuevos poderes que se establecen. Es que vivimos de nuevo tiempos de revueltas, sobre todo en esta América Latina que usted tanto cabalgó por los lados del Sur, cuando las guerras de Rosas y la muerte o desaparición del abuelo de Borges. Otra vez se mueven las masas proletarias (las que sólo tienen prole para supervivir) y suenan los tambores.

Lo que hoy vemos en Venezuela, en Ecuador, en Brasil y Bolivia (para ceñirnos apenas a la actualidad) es un enfrentamiento de pobres contra ricos; de negros, indios y mestizos contra blancos o que se hacen; en términos de Franz Fanón, de condenados de la tierra contra poderes corruptos y serviles. En otras palabras, don Giuseppe, de lo que se trató de no ver y hoy se ve marchando contra lo que se hacía ver en los medios y las grandes reuniones y no actuó como era debido. Las cosas no se dan por castigo de D’s sino por malos manejos. Como escribía y dibujaba el humorista catalán, Jaume Perich, el bosque se quema, señor conde.

Pero hay algo más terrible, don Giuseppe, que los meros enfrentamientos y es la falta de una ideología clara en los bandos que se enfrentan. Las viejas izquierdas decrépitas tratan de pescar algo, lo mismo que las derechas. Pero ninguno evidencia qué es lo que se quiere ni cómo. Como niños, se pegan y luego esconden la mano; gritan, chillan, se niegan a mirarse. Y en este juego de fuerzas enfrentadas y posmodernas, los países se destruyen en medio de la algarabía, la confusión y la propaganda. Don Giuseppe Garibaldi, la pasión ideológica se ha convertido en la pasión spinoziana, es decir, en la defensa del error. De ahí que usted sea, en México, una plaza para turistas y mariachis.























41. A UN HINCHA.

Querido y alborotado hincha del DIM, hoy podría ser el día más especial de su vida, algo como la salida de Egipto de los judíos o la liberación de Auschwitz por parte del ejército rojo. Cuarenta y cinco años esperando el título de campeón son más que el promedio de vida en algunos países africanos y, utilizando los rangos sociológicos, son dos generaciones de individuos esperantes y pacientes, forjados en la ilusión y el desengaño, la alegría incierta y momentánea y el dolor que se recibe de frente, como aquel Cambrone el de Los Miserables, que le puso el pecho a un cañón porque el honor era más importante que la rendición. Bueno, es difícil expresar lo que es este domingo para usted, amigo hincha del DIM.

El fútbol, como bien lo han aclarado Albert Camus en La peste, Augusto Roa Bastos en ese cuento maravilloso que se llama El krack y Oswaldo Soriano y Javier Marías en múltiples crónicas, es algo más que una mera pasión (estoy hablando de ese fútbol que tiene hinchas creyentes en su equipo y con fe en mantener alto el honor, hinchas que no se tuercen y asisten a lo que sea, así sea a un cuatro a cero en contra). Y es que como sostiene Gershon Scholem, que sabía más de kabaláh que de fútbol, una pasión que se vive y donde la noción del error (del dolor) se convierte en certeza, deja de ser una pasión y se convierte en una virtud, en el ensayo-error popperiasno que sabe que la posible verdad podría ser una mentira. Y esta es la grandeza de usted, hincha del DIM, que si se hace una ilusión, también se hace una contra-ilusión. No hay triunfalismos sino un parto complicado.

Hace 70 años, un equipo de fútbol de un campo de concentración, conformado por jugadores judíos del Dinamo de Kiev, se enfrentó a otro integrado por miembros de las SS. Su tarea era jugar y dejarse ganar. Pero no se dejaron ganar y esto les valió el fusilamiento. Fue cuestión de honor. El ejercicio de la pasión-virtud donde se asume la derrota o el triunfo sin más pretensiones que ser la vida. Ánimo DIM.























42. A ABRAHAM.

Querido Abraham abinu (padre nuestro), pocos tiene su valor en estos tiempos. Es que no queremos ser libres. Los ídolos, las ansias de poder, el miedo, la necesidad apremiante de traicionar (desviación de la personalidad), la industrialización del engaño y la mentira, el deseo de ser reconocidos como héroes sin haber hecho nada importante, son actos cotidianos. En términos de Adler y de Sennet, existe una terrible corrosión del carácter que lleva a toda clase de paranoias y sicosis, de transferencias insanas y de dependencias atroces. Como sostiene Erich From en El miedo a la libertad y en Ser y tener, y Espinoza en la Éthica, asumimos la esclavitud de las pasiones y nos alejamos de la libertad de obrar. Padecemos y no obramos.

La libertad, esto de abandonar lo que nos duele o disminuye (lo que nos reduce y esclaviza), es una palabra a la que le volteamos la espalda. La iniciativa, el oír a un D’s que no nos pide depender de él sino accionar con él, ser imagen de él y por lo tanto creadores y ordenadores de todo lo que es bueno (extensión y pensamiento en palabras de Spinoza), nos da miedo. Y en este miedo (que es la madre de las aberraciones), no accionamos sino que nos damos a padecer en límites cada vez menores y más estrechos. Abraham, hay un temor a salir y a dejar los ídolos, esto que nos reduce y empobrece, y mejor creamos otros que son más débiles y por ello más peligrosos.

Cuando usted sale de Ur, Abraham, deja atrás lo que lo disminuye como hombre. Y oye una voz interna (la de D’s, dice el Génesis) que le pide ir hacia un lugar donde no hay incertidumbres ni odios, ídolos de barro ni dependencias ilusorias. Y usted, que es libre y no le teme a la libertad, hace lo que D’s le dice. Se quita de encima lo que lo atribula y asume la inmensidad de la condición humana digna. Y ahí está el lugar prometido, donde usted, su mujer, sus hijos, sus siervos y sus animales cumplen con la tarea de obrar sin padecer. Salir de Ur, respetado Abraham, fue dejar las pasiones y las miopías para asumir un orden, no para ejercer un poder sino para ser digno en ese poder.
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43. A BUITRAGO.

Querido Guillermo, con tanto colorido y muchachas bonitas, estos vuelven a ser sus días. Y, como alguna vez dijo Reinaldo Spitaletta, si usted no está en la fiesta, no hay fiesta. Es que si hay baile debe haber alegría y son para hacer las figuras correctas, esas que permiten el lucimiento sin generar cansancio ni empellones, como pasa con el merengue dominicano y con otras músicas que no permiten saber ni con quién se está bailando. Y es que su música, Guillermo, la de su guitarra y guacharaca, le da al ambiente ese aire de los cuarenta donde era necesario saber bailar y lucir el paso. Y ejercer el enamoramiento furtivo para tener después de qué confesarse. Quizás yo sea un romántico, pero es que hay que saber cómo y a quién se toca.

Guillermo, usted es una especie de Gardel de la música tropical; uno de esos símbolos que permanecen vivos en el inconsciente colectivo y al que al final acaban todos copiando porque, por lo visto, el magín de los compositores de ahora está completamente seco (imagino que no leen ni caminan) y ya no cuentan historias sino que repiten frases como cualquier político en estado de síndrome de Lampedusa. Desde el año 1949, el de su muerte, usted reaparece los diciembres y le da alegría a estos calores (hoy trocados en inviernos). Y todavía cantamos (como en la canción de Víctor Heredia) y ya damos ese grito vagabundo con el que usted convirtió la política colombiana un acontecimiento bailable. Es que si no hay qué decir o construir, bailemos, como en el caso de Alexis Zorba, el griego.

García Márquez, en algún artículo en El Heraldo, sostuvo que su música, Guillermo, no era costeña. Y razón tenía, no era de la costa (estaba tocada de ese son parrandero antioqueño) sino de todo el trópico y de todo este desborde de locura que nos acredita. Y de la necesidad de bailar canciones con sentido, alegres y contadoras de historias donde uno se vea comprometido. Guillermo Buitrago, estos son sus días. Y lo bailaremos de nuevo, así la araña nos pique. Es que resistimos bailando.

























44. A SENNETT.

Estudiado y acotado Richard, suceden cosas en las ciudades. Y como usted es un experto en leer la ciudad y al ciudadano (que en último término es quien construye y moldea la ciudad), tomo algunas reflexiones sobre lo suyo para esta carta. Y el primero y más importante es cómo nos movemos en la ciudad, cómo entendemos los espacios y qué fin le estamos dando a esa movilidad. En el Génesis, antes de que D’s cree nada, ya existe el movimiento, el Ruáj o alma de vida que dota de ánimo y conforma un sistema que permite un ordenamiento de avances y lugares específicos para que eso avances (creaciones) se den manera ordenada. Aristóteles crea la palabra animal para definir lo que se mueve (lo que tiene ánima) y por lo tanto actúa y crea lugares.

Pero acontece, querido Richard, que esos movimientos que se preveían ordenados porque conformaban un sistema, se han desordenado y lo que sería una espacialidad acogedora y hospitalaria (entender al otro y lo otro, según Emmanuel Lévinas), se ha ido corroyendo y entonces el concepto aristotélico de ciudad segura ya no se presenta sino que va siendo reemplazado por el desorden y una carencia de ciudadanía que se debe a que no hay una educación con relación al entorno sino una esclavitud desenfrenada para lograr algo, lo que sea, y luego salir a consumir mal los resultados de ese algo que se logra. Es lo que usted llama La corrosión del carácter.

Cortázar, en La casa tomada habla de un proceso de pérdida constante del espacio. Usted, en La corrosión del carácter, habla de una pérdida constante del sentido humano. Si sumamos estos dos conceptos, no espacio y no humanidad, es decir, no ciudad ni ciudadano, obtenemos el caos donde si bien hay un movimiento, no hay una razón clara sobre el destino de esa movilidad. Esto se debe a la carencia de una educación para vivir la ciudad, el espacio público y el privado, que es el que permite la convivencia, única razón de la ciudad. Pero, Richard Sennett, ya no hay una comunicación de Carne y piedra sino una serie de avisos donde se anuncia la exclusión.























45. A PEREZ-REVERTE

Leído y admirado Arturo, felicitaciones por su nombramiento como miembro de la Real Academia de la lengua española o castellana, porque el español como tal no existe sino que es el nombre que se le dio a la lengua de Castilla cuando esta se convirtió en el idioma oficial de España. Ya se sabe que en su país se habla Gallego (galego), Catalán (catalá), Vasco (euskera) y otra buena cantidad de dialectos además del Castellano. Este alegato (o mejor esta claridad) lo han asumido autores como Julio Caro Baroja, Américo Castro y otros tratantes de la herejía. Pero esto, en su caso, no viene a mientes, que cada país tiene su gobierno y oficios para definirse como quiera. Lo que sí toca al análisis es qué hace usted en ese lugar donde se pule, da brillo y enaltece etcétera.

Hasta hace unos años, la Real Academia de la Lengua estaba habitada por una serie de señores acartonados y conservadores que se defendían gramática y catecismo en mano contra todas aquellas palabras que iban brotando de la calle, cárceles y antros donde se criaban denuestos y revesinos, términos de puerto y palabras que iban colando los que estaban aprendiendo inglés o posaban de haber vivido en París. Pero como todo lo que se defiende con mucho celo cae (eso se le aprendió a Saladino que a defensa impuso paciencia), a la Real Academia fueron entrando autores que producían palabras y giros gramaticales que los mismos académicos odiaban: Camilo José cela, Muñoz Molina etc.

Imagino que su presencia allí, estimado Arturo Pérez-Reverte, se deba a sus excelentes novelas de aventuras (excepto las dos últimas, donde bajó la guardia, cosa rara en un buen espadachín), a sus crónicas radiales y a la serie de artículos donde usted se manifiesta en la lengua de los puti-clubs y la corte de los milagros, para diversión del lector de la calle y escándalo de señoras franquistas, que no de señores de esa mentalidad, que tienen muy claro que el que peca y reza empata. Lo que me inquieta querido Arturo es si usted va a pulir y dar brillo o a emprenderla contra tanta palabra y definición ociosa y hasta perniciosa. Lo digo por el capitán Alatriste, por eso.






















46. A RUIZ GOMEZ.

Querido Darío, además de leído, conversado y reído amigo. En tu discurso con motivo de la Medalla categoría oro de la alcaldía de Medellín que recibiste, hubo algo que es muy extraño entre nosotros y en especial entre los intelectuales: generosidad. Y dignidad. No fue un discurso zalamero ni de esos que llenan de flores al establecimiento dador de la condecoración. Fue, si oí bien, un llamado de atención acerca de un oficio que es casi subversivo en la ciudad: la literatura, esto de contar las calles y las casas que nos tocan, de vivirlas en sus espacios, de no mentirlas y narrarlas en cada recoveco sin más objeto que sentirse vivo y con una posición honesta frente a los lugares y los personajes contados. Como dice Borges, si hay una ciudad narrada, hay una ciudad.

La literatura, querido Darío, es hoy un ejercicio urbano, un ojo que ve y detalla lo que pasa. Y algo más: es una educación sentimental que trata de sobrevivir en medio del caos y la confusión, que lee los desórdenes ya la vez las pequeñas dignidades de aquellos que dotan su espacio de momentos bellos que protestan (o se enfrentan) contra la iniquidad y el desasosiego de las premuras, la esclavitud y los deseos vanos. En esa literatura hay una ciudad que vive lejos de las tecnocracias o que las burla, que ama, sueña y se rebela contra la condición de ser un mero documento de identificación. Hay entonces una ciudad generosa que no se ve, pero está ahí y habla.

Darío Ruiz Gómez, en tu discurso hubo generosidad, porque no hablaste de tu ciudad sino de esa que hemos creado entre muchos, de la que nos toca a todos los que escribimos, de la que describimos y sentimos los que ejercemos el despreciado oficio de la literatura, que es el más digno porque sólo obedece a la libertad. Y eso fue lo que más hermoso de tus palabras: que hablaste de la ciudad libre de los escritores, de esa que no se teme ni se disfraza, de la que está viva porque en ella todavía se siente. Palabras peligrosas para muchos, las tuyas, pero revestidas de una dignidad enorme. Y de una generosidad que sólo un hombre libre puede prodigar. Gracias Darío.























47. A PERICLES.

Admirado Pericles. Decía Voltaire, que sólo leyendo cuatros siglos de la humanidad lograríamos entender los logros reales alcanzados por el hombre. El filósofo francés situaba su siglo, Pericles (el V AE), el siglo de Augusto (I DE ), el siglo de los Médicis (Renacimiento) y los días de Luis XIV de Francia, en los que el viejo cínico vivió, gozó, sufrió y rabió. Si hubiera vivido en nuestros días, se habría inclinado también por los primeros años de Walter Benjamin, donde la burguesía crea su estética, y por los conceptos de Bauhaus. Y esto que decía Voltaire, el tolerante-intolerante, tiene su razón de ser: fue el momento en que el ser humano se preocupó por la dignidad. En términos de los jesuitas, a los que el autor de Cándido odiaba, hablaríamos de aseo, orden y disciplina.

Las ciudades, querido Pericles, son el logro de la inteligencia de sus ciudadanos. Así, la ciudad no es un desborde de objetos y sujetos sino un ordenamiento de actitudes y aptitudes que se convocan en torno a una construcción segura, amable y con posibilidades de generar futuro. Y en esta construcción debe evidenciarse el gusto a la vista, el tacto y el espíritu. Así, la ciudad no es una suma de actos y rutinarios ni de acontecimientos programados sino un acontecimiento colectivo que lleva a pensar y sentirse bien participando del espacio público y de lo que allí se debate para bien de todos. La ciudad entonces, es un centro de participación, construcción y carácter de ciudadano libre.

Querido Pericles, su siglo fue el de la gran Atenas, el de la creación del pensamiento y la magnificación del arte, el de la creación de ciudadanía y el de los grandes debates en torno a la creación de ciudad. Y el de la concepción de política como el gobierno debido de la ciudad y de los ciudadanos, donde la norma clara y los beneficios de ciudadanía estaban manifiestos en los conceptos de comunicación permanente y clara y la participación con logros colectivos e individuales. De aquí el asombro de Voltaire, que vio en su siglo, Pericles, la oportunidad de sentir la vida como un espacio ordenado, digno y creador de oportunidades nacidas de una educación (paideia, como dice Werner Jaeger) enaltecedora.





















48. A RUSSELL

Apreciado y estudiado, Bertrand. En medio de la violencia de este mundo, legitimada por la política y los intereses económicos e imperiales de los mejor armados, aparece de nuevo la débil luz del pacifismo. Y si bien las armas de los pacifistas no son otra cosa que los desfiles, las protestas y el humor, algo se hace. Claro que con mucho peligro, como le pasó a usted Bertrand, que por pacifista fue acusado de traición, segregado y convertido en criminal o al menos en presidiario. Hombre de prontuarios usted. Sin embargo, la lógica de sus ideas prevaleció sobre el ardor guerrero (como se burla Muñoz Molina) de tantos que sólo ven en la destrucción del otro la única posibilidad de trascender. Es cuestión de represión, diría Freud.

En la Antología que de sus escritos hace Fernanda Navarro, hay mucha tela de donde cortar para darse cuenta de que la paz es la única opción humana para llegar a algo positivo. Las guerras sólo traen destrucción, venganza, incertidumbre y retraso. Y sí bien algunos desde Plotino sostienen que la guerra es un factor de desarrollo porque allí se prueban muchas cosas que en tiempos de paz serían acciones criminales, no es el avance tecnológico y científico lo que nos permite vivir mejor (ya hemos visto el fracaso del siglo XX), sino la convivencia entre nosotros y el otro. La guerra, entonces, no es un acto necesario sino una respuesta brutal cuando el otro ha sido excluido.

Amigo Bertrand Russell, en sus Ideales politicos y en Cómo se podría organizar el mundo, campea la lógica del vivir con dignidad y sin modelos de violencia (tanta estatua que hay en los parques incitando a ella, como decía Albert Camus). Y en esa lógica (usted era matemático) la noción de error es un motivo de aprendizaje y no de reacción violenta. Es un inicio de paz mejor, no de dolor y no-futuro. Pero esto lo entienden poco lo señores de la guerra, que viven el caos en ellos mismos. Ya lo decía Gandhi, si estás en paz contigo mismo, ya hay al menos un lugar pacífico en la tierra. Pero esto en nuestros días es un exabrupto. Qué tristeza, Bertrand Russell.























49. A KAZANTZAKIS.

Apreciado y leído Nikos. En la sociedad consumista en que vivimos, ya la materia está por encima de la sensibilidad. Y esto es terrible porque dependemos de lo finito, de lo que se acaba y genera dolor, de lo que estorba y hay que cargar. Y si bien lo sensible (lo espiritual) no se come ni alimenta en términos orgánicos, al menos si hace la vida más agradable y con mayor capacidad de aprovechar lo que tenemos. Como dice Spinoza en el Tratado de la reforma del entendimiento, hemos convertidos los medios en fines y esto, en lugar de procurar tranquilidad, genera pasiones insanas, cortedad en las apreciaciones, estados lamentables, sueños desordenados y citas donde el psicólogo sí no donde el especialista en úlceras y gastralgias.

En su novela Alexis Zorba el griego, que tuvo también una maravillosa versión cinematográfica, las pasiones cortas y por su cortedad desmesuradas y dementes, se mueven marginales al personaje inglés y a Georgius Zorba, hombre de buena comida y bebida, gustador de señoras y llevador de la vida por el lado bueno que tiene, que es lo que D’s ha dado a cada uno para goce del cuerpo y del alma. Y de los días que aparecen cada uno con su afán. En esta novela, la riqueza es la sensibilidad, la espiritualidad del Pireo, el estar vivos. Y si algún desastre pasa, si algo se derrumba, la vida se recupera en la danza, en el ejercicio del movimiento en el espacio.

Claudio Magris, en Desencanto y utopía, hace una propuesta: hay que volver a creer para no dejar que las voces solas se aprovechen del escepticismo de la mayoría, del temor a pensar y tomar decisiones. Hay que asumir la inconformidad como equilibrio necesario. Es que se hace necesario ir más allá, aún cometiendo errores. Y esa inconformidad está en no dar nada por terminado ni preso en una verdad absoluta. Hay que asumir entonces la utopía, esa danza que no se detiene, que lleva a sentir y luego a pensar. Y como usted dice, Nikos Kazantzakis, en ese pequeño libro que se llama Simposium, hay que renacer para protestar tanta muerte.

50. A VILLA.

Apreciado, cantado, motivo de tertulia y hasta de caricatura, Pancho. Usted, con Emiliano Zapata y su ejército de soldaderas, tuvieron sus días de revolución, tequila, jalapeños y tacos con fríjoles refritos. Y si bien John Reed no los deja bien parados en el libro México insurgente, los autores e intérpretes de corridos y rancheras si los han situado en la mente de un montón de gente que canta sus hazañas (otros dirán que sus crímenes), sus dolores y malos humores, seguro consecuencia de tanto ají, sal y cócteles margarita. Y claro, el calor y la falta de afeitada, cosa que molesta mucho cuando el baño no es diario. Pero el motivo de esta carta, Pancho, no es criticarlo sino poner de manifiesto la cría de complots que con tanta efervescencia crece en estas tierras, donde tanta cosa se mueve por debajo.

A usted Doroteo Arango (su alias fue Pancho Villa), le hicieron muchos complots y le acertaron con el último, eso se sabe. También le pasó a Emiliano Zapata y al mismo Porfirio Diaz (su enemigo natural), sólo que este último terminó en París y no como centro de un velorio. Y bueno, ¿qué es esto de la manía de complotar permanentemente en América Latina? Según algunos, se debe a la lectura de Julio César, la obra de Shakespeare, donde Bruto racionaliza y legitima el magnicidio. Y claro, acaba matando a Cesar, haciéndose el que lo abraza. Otros sostienen que es una herencia de la educación francesa del siglo XIX, donde el complot era una especie de juego ciencia.

Pancho Villa (dicen que su Arango proviene del Oriente de Antioquia), vivimos días de reuniones secretas, de delirio por el poder, de calor intenso y, como consecuencia, de pasiones desmesuradas. Y el que se monta en el caballo está en medio de todas las miras y lo que salga por la boca. Días intensos estos, entonces, desde el Río Grande hasta la tierra del Fuego, donde (como alguien dijo en una película de vaqueros norteamericana) el “pancho” ajitomatado, el de sombrero grande y ojos de mirar dudoso, se enardece para crear confusiones, estados delirantes y lo que los sicólogos llaman salida a la represión. Y es divertido esto, pero también peligroso. Como torear, como beber más de la cuenta.





















51. A BILL.

Recordado Pecos, espero que siga siendo el vaquero más auténtico que existió. Y ya que hablamos de vaqueros y por extensión de pistoleros, es bueno recordar a otro Bill, apodado Búfalo, que se encargó de acabar (sin necesidad y más por deporte de tiro) con cuanto bisonte vio en la pradera, para queja de los indios pieles rojas y oídos sordos del gobierno y del general Custer. Hoy diríamos que este Búfalo fue el primer símbolo antiecológico que se legitimó en Norteamérica y que desde entonces sigue vigente, como bien se expresó en la conferencia de Kioto, cuando se acusó al presidente Bush de colocar la producción económica de EEUU por encima de la salud del planeta. Pero bueno, el Búfalo Bill tuvo un fin circense: terminó sus días haciendo demostraciones sobre cómo enlazar vacas bravas y saltar sobre potros cerreros. También se dice que con él se hizo mucha propaganda y publicidad, pero al fin fue más la bulla que el contenido.

Pecos, vaquero amigo (y enemigo, según sea el caso) volvemos a las andadas del Oeste, al Sheriff que impone la ley (su ley) con el revólver (un Colt largo) y del rifle Winchester, pero esta vez no a bandidos locales sino a forasteros, y no con revólveres de tambor para seis balas y rifles de repetición sino con armamentos casi de ficción, con los que se harán demostraciones televisivas para luego entrar a la labor de venta. Lo único que se mantiene es el desierto, el calor y los malos bigotudos, que si bien son malos, los hay peores.

Poco han cambiado los días de Billy the Kid, amigo Pecos. Seguimos en los tiempos de las recompensas, los carteles de se busca, las invasiones a territorio ajeno y los juicios amañados donde opera la frase aquella de “mi revolver es más largo que el tuyo y por lo tanto la razón la tengo yo”. El problema, Pecos Bill, es que la pandilla (como sostiene Philiph Roth) se está disolviendo y el héroe y la muchacha se quedan solos para enfrentar al bigotudo, tan parecido a PanchoLópez. ¿Qué pasara? Según la película, gana el bueno. Pero, Pecos, temo que el western se vuelva un spaghetti y entonces sean los malos y los feos los que ganen. Y ahí sí, habrá que beberse todo el río Grande.






























52. A TOFFLER.

Leído y discutido Alvin (tan distinto usted al de las tiras cómicas), se acabaron los tiempos de las teorías y megatendencias. El mundo es como es y no como quisiéramos que fuera. En otras palabras, poco ha cambiado el discurso (al menos en su concepción política) desde que un hombre lleno de pelos en desorden sale de una caverna con un palo y le pega a otro. Obviamente, el palo que lleva el hombre peludo es grande (como un basto) y el que recibe el golpe se defiende con una avispa venenosa que tiene entre los dedos. El resultado ya se prevé: un asustado menos y un apaleador más. Y no es el principio de la historia ni el fin sino el ciclo de apaleadores y apaleados, de invasiones para procurarse unos recursos y de gruñidos. Y el que gana la pelea (el del palo más grande), escribe la historia.

En sus teorías, Alvin, usted habla de tres fases, una antes que la otra, necesarias para la construcción de civilización: 1. Las armas. 2. El dinero. 3. El conocimiento, centrando en cada una los focos de poder político o al menos los puntales de este poder. A las armas le asigna el estado primitivo (el hombre feroz en el monte), al dinero el desarrollo de la burguesía (el hombre gordo en la fábrica) y al conocimiento el gobierno de los sabios (los hombres en dieta y haciendo realidad La República de Platón). En teoría su propuesta funciona, pero en el plano de lo real la cantata es otra. Primero armas, luego armas y dinero; tercero, armas y conocimiento en busca de dinero. ¡Ugh!

Querido Alvin Toffler, debe estar usted buscando entre sus olas una que le sirva para explicar el enredo en que vivimos, donde un hombre con un palo y un clavo se sirve de la informática y la más variada tecnología nuclear para obtener el botín (no hablo de zapato sino de acciones piratas) que esconde bajo las nalgas un babilonio que le reza, neurótico, a un Dios sordo, que para colmos no habla inglés como el Dios del otro. Y en medio de esta sopa que llamamos modernidad, acreditamos el más variopinto primitivismo, como en las tiras cómicas de Turok. Y la historia avanza, pero al revés. Por esto no será extraño que el próximo discurso televisivo diga: yo, kriga, targamani, bundolo...






















53. A BENJAMIN.

Estudiado Walter, usted vuelve a ponerse de moda con aquello de La última palabra. Y si bien esa palabra es muy difícil de definir, porque sería una palabra que en su definición contuviera la significación de las demás palabras (algo así como el nombre de D’s, que contiene dentro de sí todos los nombres y por eso es imposible de nombrar), algunos dicen tenerla o al menos la propaganda dice que la tienen. Y esta última palabra, que contendría la decisión necesaria, la viabilidad correcta, el hecho del que no se duda, legitimaría lo que pasa y lo que necesariamente tiene que hacer quien la pronuncia. Estaríamos hablando entonces de la certeza, de la verdad absoluta y de la negación de toda contradicción.

Harold Bloom, en El canon occidental, habla del agón (esto que contiene el menos que, el igual a y el más que), indicando que toda ideología lo es en sí misma y por ello construye lo último que hay que hacer, es decir, se da la orden y la justifica en no ver ni comparar sino en un hacer necesario. Y todo aquel que se oponga a esa certidumbre, como en 1984 de Orwell, debe ser reeducado y debidamente centrado. O definitivamente excluido. Ahora, lo peligroso de darse la orden, como sostiene Imre Kertész, es que la orden dada carece de voz inicial, de causa conocida, de alguien que dé la orden, lo que permite decir cumplíamos órdenes, así que lo que pase no será un caso de conciencia sino de obediencia.

La última palabra, Walter Benjamín (usted la vivió bajo el nazismo hasta que lo obligaron al suicidio), determina la acción directa, el desconocimiento de lo otro, la intolerancia plena, el ejercicio totalitario del poder y, en términos de Hannah Arendt, la aparición del paria, de ese que no existe porque no se incluye y por lo tanto no hace parte de nada ni nadie responde por él. Esa última palabra, entonces, es la que define un nuevo orden dirigido por el sí mismo, persistiendo en ser sólo él, generando el agón terrible: el menos que, el igual a, el más que.























54. A ARQUÍMEDES.

Recordado y comprobado Arquímedes, hoy vuelvo a su principio o teoría de la gravedad específica: todo cuerpo sumergido en agua desborda su peso en líquido. Esta prueba, que la hizo usted para comprobar si la corona de Hierón, rey de Siracusa, era de oro o no, ahora me sirve como analogía para ver la guerra que vivimos. O sea que si para acabar con el terrorismo se mete en el asunto una dosis igual de él, lo que entra terminará desbordando la misma cantidad de eso que se buscaba erradicar. Sería algo así como la razón del equilibrio de la que hablan algunos especialistas que, con sus desmesuras armadas y propagandísticas terminan siendo tan terroristas como aquellos que acusan del hecho. Asistimos a clases de terrorismo, querido Arquímedes.

Cuando los psiquiatras dan un perfil del terrorista, los datos son: desadaptación, odio incremental contra algo (a veces contra la madre), inteligencia destructiva, paranoia (miedo permanente), complejo de inferioridad y posibles fallas en el ejercicio amatorio. Un cuadro lamentable, por cierto, y muy difícil de acreditar como un don de D’s. Pues bien, desde la prensa y la televisión no hemos leído y visto más que terrorismo planificado y como resultado niños mutilados, periodistas muertos, mujeres en desbandada, animales destrozados, gran cantidad de chatarra y ladrillos y soldados disparando como locos a todo lo que se mueva. Cosa de gravedad específica, querido Arquímedes.

Lo triste de todo esto, Arquímedes siracusano, es el papel que la ciencia cumple este cometido destructivo: bombas inteligentes, mísiles teleguiados, la informática al servicio de la destrucción sistemática etcétera. Incluso la imaginación puesta en el lugar de la razón. Recuerdo las tesis utópicas de Francis Bacon, que decía que los hechos científicos no podían llevar más que al progreso y al bienestar humano. Bueno, querido amigo, ya no son los tiempos de las poleas para levantar barcos con una mano y causar el asombro de la multitud. No, hoy son los días de las estrategias y los avances tecnológicos aplicados al ejercicio del horror. Y el héroe ha cambiado de papel.























55. A ARENDT.

Apreciada, estudiada y debatida Hannah, vivimos los días del paria, esos del sin espacio, sin dignidad, sin reconocimiento y sin voz creíble. Días, entonces, de una enorme soledad y de mucha rabia contenida. Y sí no de ira y malestar, sí de mucho caos. Y lo que pasa no tiene como causa única la guerra y la exclusión social, sino el desplazamiento interno, ese que se da al interior del individuo y como consecuencia destruye el yo para producir la venalidad, la corrupción y una especie de feria permanente donde se habla, se propone, se baila y al final no se hace nada porque son tantas las propuestas y las incoherencias en la elaboración de ellas que ya no queda espacio ni inteligencia para la ejecución de lo dicho.

Trabajos en vano han sido muchos en la historia. Basta ver el de Sísifo o el de los buitres que le roen el hígado a Prometeo, los de don Alonso Quijano (o Quijana) y aquellos de El hombre fulminado de Cendrars. En su libro La condición humana, Hannah, usted habla de los espacios para ser vividos en la esfera pública y privada, de los trabajos serviles (donde no aporto sino que recibo órdenes) y los libres que permiten el ejercicio de las propuestas y la innovación. Y hace una propuesta de libertad (pensar en orden y buscando el bien colectivo) para dejar la condición de paria, de dependiente del azar, y así ingresar en la vida humana. Pero...

Querida Hannah Arendt, usted que fue usada y traicionada por Heidegger, descubrió que el hombre es un ser muy fácil de corromper y que desciende a escalas más bajas que la animal cuando habla para no hacer, se muestra para entorpecer y en el momento en que impone sus criterios para no ser solidario. O sea, cuando se convierte en paria psicológico y entonces ordena incoherencias, invade los espacios de otros, desordena lo hecho y al final legitima la vergüenza porque no ha mostrado el ejemplo sino el no hacer, el ejercicio de la mentira y el uso de la traición. Es que se ha perdido la condición de vecino, de prójimo y de dignidad.























56. A FALLACI.

Leída Oriana, se mantiene usted en su trece, en su Rabia y orgullo, diciendo muchas cosas que escandalizan a lo multiculturalistas y a los pacifistas, pero que son las que Occidente quiere decir y no se atreve por aquello del lenguaje diplomático y el temor a la legitimación del fascismo. Y como en la política se aparenta tanto y la hipocresía antes que un pecado es una virtud, todos prefieren dilatar y, si es del caso, como sucede con los conversos de linaje, traicionar y mentir antes que soltar lo que se les atranca en el cuello. Todos cuidan los votos, por eso ninguno habla claro y le hacen más caso al asesor de imagen y al politólogo en ciernes de convertirse al Islam. Extraña fauna la que rodea hoy al poder.

De usted admiro su posición, que si bien no comparto en su totalidad, al menos no es agua tibias: es clara en lo que dice, evidente en lo que presenta y no respeta lo que le molesta. Cómo se nota que le estorban los moros y los islámicos de la ex –Yugoslavia cuando le afean el paisaje urbano de Florencia. Y cómo chilla usted y patalea cuando le hablan de la cultura de los iraníes, los iraquíes y otras gentes del desierto, los camellos, el narguile, las chilabas y el muecín que llama cinco veces a la oración. Esas gentes de algarabía y ayunos ramadánicos le caen como un vaso de agua con sal de Glauver. Esto es falta de caridad, pero usted no está para ganar indulgencias.

Lo que sí me alarma de usted, Oriana Fallaci, es el tono histérico con que arremete, lo que hace que sea tan fundamentalista como aquellos a los que ataca. Y en esa rabia, asume una enorme intolerancia. Parece usted uno de esos frailes (en su caso sería monja, aunque esto no se dio) que incendiaron multitudes para irse a las cruzadas. Y que al final terminaron haciendo más mal que bien. Pero bueno, querida amiga, poco le importará a usted esto. Por ahora, usted es la única que no miente y tiene argumentos para el debate. Y que se preocupa por las minorías occidentales y no por otras que en lugar de aportar sólo han venido de saqueo. Y eso le duele y da rabia.























57. A SADE.

Recordado marqués, más injuriado que entendido aunque no por esto menos libertino y poco propicio a las buenas costumbres (que a veces crían gente peor que usted). Y si bien escribirle podría hacer pensar que ando torcido de camino o quizás dedicado a pasiones oscuras, el motivo de esta carta no es hacer gala de un inventario de pecados sino hablar un poco del sadismo, ejercicio éste que cada día se ejerce con más precisión y asiduidad. Todo parece indicar que hacer sufrir a otros y convertir lo cotidiano en un sitio habitado por el horror, es hoy una actitud legal. O algo más tenebroso: una manera de comunicación entre los que tienen miedo y, como es tanto, han convertido esta pasión (derivada de la crueldad) en un “entendimiento”.

Es evidente que los días que vivimos no son los de la Edad de Oro, época que no debió ser muy buena porque, si miramos al pasado, en lugar de haber sido éste mejor fue peor, es decir, se cometían más errores y por eso se sufría más. Pero lo terrible es que hoy, donde hay tantas maneras de educarse para no sentir ni propiciar dolor, amamos la crueldad, eso que genera las desventuras de la virtud, y hace parte del currículo oculto de cualquiera que tenga un mínimo de poder: hacer sufrir al otro, llevarlo a un laberinto o plantearle un mañana donde no hay más que oscuridad y púas, es tan corriente como bostezar. Se crían odios y envidias asquerosas.

Donatien François, marqués de Sade, usted creó en la ficción, seguramente debido a las pulgas de la Bastilla, muchas formas de hacer sufrir físicamente. Pero no llegó a lo de ahora, cuando se tortura moralmente y en lugar de ayudar se estorba y a cada propuesta positiva aparece un ataque doble de negaciones. Hay una filosofía de tocador donde, debido a la represión y como ampliamente explica Freud, se destruye con sevicia el objeto de deseo. Su sadismo ilustrado, Donatien François, es una caricia si lo comparamos con el que se ejerce aujourd’hui, donde no sólo se busca el placer horrendo sino la legitimación de la brutalidad. Creo que usted vomitaría.























58. A SINGER.

Apreciado y leído Isaac Bashevis, lo recuerdo ahora que llueve y las furias arremeten igual que cuando Noe y su arca flotaban en las aguas del diluvio (los psicoanalistas dirán que en el líquido amniótico primigenio). Iras provenientes de diversos puntos, unos económicos y otros políticos, científicos o religiosos, técnicos o ecológicos. Vivimos los días de la ira y el desconcierto y, como en su libro Satán en Goray, todos los libertinajes andan sueltos y la noción de pecado ya no existe. Es que, como dice Fiodor Dostoievski en Los hermanos Karamazov, cuando no hay D’s, todo está permitido. Asistimos entonces a los días de la permisión y las sicopatologías, de los egoísmos y de las fantasías fundamentalistas del hombre solo.

Cuando Nietzsche anuncia la muerte de D’s, lo hace en nombre del desorden (lo que él llamaba dionisiaco) y el caos, de los gritos mudos y los aires del carnaval, de los tontos de capirote y del profetismo vano. Y en esto que es hablar por hablar o repetir como cierto lo que no lo es, la idea de D’s se diluye y ya no se cree sino en los sentidos (que es el último territorio del vencido) y no en la capacidad de construcción moral, que es la base de las demás construcciones. Usted lo sabe, Isaac Bashevis, D’s desaparece cuando hay deseos de no ser más. Su libro Sombras sobre el Hudson, es un tratado amplio sobre esto, la soledad y el desperdicio.

D’s, amigo Isaac Bashevis Singer, del que usted habla tanto en sus libros, ya para cuestionarlo o temerlo (pero siempre en calidad de ser dador y constructor de vida), se ha escondido, no porque tenga miedo (como decía su Esther Freinkel) sino porque se avergüenza de todo lo que hacemos, del papel libertino que le dimos al libre albedrío y de la inmoralidad (ir contra las costumbres buenas) que legitimamos como si fuéramos Zarathustras adoloridos y pulgosos. Por esto, al inicio, le hablaba de Noé, de un arca, de unas tormentas y de unas iras. Lo que venga después, no será cuestión de azar. Recuerdo su libro Shosha, donde todo fue guerra y después nada.























59. A RIVAS.

Apreciado y leído Manuel, el mundo está plagado de injusticias. Y algo peor, de hechos que riñen con la razón, el respeto y la condición digna que es propia de cualquier ser vivo. Recuerdo su cuento La lengua de las mariposas, donde usted narra una historia de amor a los demás y al final, eso que fue un darse sin más compromiso que enseñar es convertido en un juicio atroz y en la terrible impotencia de saberse desamparado, con miedo y sin posibilidades ya de evitar el dolor de la injusticia. Algo similar, pasa en su libro El lápiz del carpintero: un hombre es ajusticiado por ser bueno.

Jean Genet, a quien Sartre catalogó como un santo de la maldad, dijo en una entrevista que lo peor de saberse malo era que todo se convertía en odio contra uno mismo. Y que la maldad no se detenía sino que crecía como un mordisco imparable Y que no había dolor , ni siquiera infierno, sino un sentimiento de soledad infinita y un miedo helado, como el del infierno de Dante. Así que la injusticia, que es la resultante de la semilla de la maldad, no debe ser buena ni políticamente correcta si esto lo dijo un hombre que se enorgullecía de ser malo (Genet). Entonces, Manuel, es muy doloroso saber que existe la injusticia, la víctima y la memoria de eso atroz que se comete. Y si bien la historia nos enseña sobre los errores cometidos, parece que saber en qué fallamos ha servido de poco para corregir nuestros errores y nuestros miedos.

En el Pirké Abot (el libro de ética de los padres), se dice que la justicia es un acto en el cual el hombre agradece estar vivo y alegre. Y que la injusticia es un estado de error permanente donde, como dice Buda, sólo crecen los sufrimientos. Y lo más importante: que la vida no es sentir sino ser para la vida, lo único que nos da la certidumbre de estar vivos. Pero, leído Manuel Rivas, el dolor sigue presente y la injusticia se legitima como un acto cotidiano. ¿Será que nos duele tanto estar vivos? No sé, pero le apuesto a lo que decía Rabindranaz Tagore: Gracias D’s por el conocimiento que me diste, por los amaneceres y las noches estrelladas, por saber que toco y me quieren.























60. A ZOLA.

Apreciado y leído Emil, ya se acabaron las grandes causas y, como consecuencia, los grandes defensores. Y todo porque ya no hay pasión ni ideología sino aceptación y conveniencia. Vivimos, como diría Dashiell Hammet (el autor del Halcón Maltés) en un mundo sin agallas, con muchas libertades (y libertinajes), y sin sueños ni utopías. Pocas cosas nos estremecen y emocionan. Somos los últimos protozoarios, esos que se lleva la corriente porque ya no hay nada importante que vencer o en qué pensar. Al fin nos domesticaron, amigo Emil y, en calidad de seres previsibles y debidamente uniformados, nos damos a copiar modelos, a recibir información sin cuestionar y, para más indecencia, a tratar de vivir clonados.

Usted, Emil, se enfrentó a la Francia intelectual y burguesa cuando escribió Yo acuso, ese texto maravilloso donde asumió la defensa del capitán Alfred Dreyfus (el primer recluso de la isla del Diablo y de donde después, presuntamente, escapó Papillón), acusado vilmente de traición. Y con ese Yo acuso, su gran causa, rescató el sentido de la justicia y el honor y desenmascaró la ferocidad del antisemitismo francés. Luego vendrían otros hombres y otras causas: Gandhi, Hertzl, De Gaulle, Teresa de Calcuta. Esta gente siguió sueños y asumió el gran sentido de la condición humana: estar por encima de cualquier interés al tanto por ciento.

Pero, mon cher Emil Zola, como le decía, las grandes causas ya no se ven, así como ya no hay rastros de héroes ni de asombros. Todo fluye en un caos habitado por palabras vanas, promesas rotas, mentiras repetidas y muertos sin epitafio. Ni siquiera hay una Naná, consecuente con sus pecados ni marchas de gran solidaridad como las de Germinal. Nos habita un conformista, como el de Alberto Moravia. Y así evolucionamos, sin saber siquiera que nos adaptamos. Y soñamos con ser como los del aviso publicitario, meras invenciones cortas. Ayer, leyendo La taberna, me decía: ya ni tabernas hay, porque en las que se anuncian el ruido no deja hablar.

























61. A MARX

Reído, visto, leído y recordado Groucho, ya poca gente tiene el valor de admitir el error, asumir el absurdo o mirar a un lado cuando dice una mentira. Hoy todo es una cara cuadrada y un chillido y la culpa no la tiene quien la comete sino el sofá. Los viejos escenarios morales han desaparecido, Groucho (no Karl), y la imaginación risueña y la capacidad de saberse torpe es cosa que no se ve. Antes admitíamos que se podía fallar y que algo, por insignificante que fuera, tenía un sentido y un fin. Pero ya no, y quizás esto se deba a que no reconocemos limitaciones y en cambio se legitima el delirio de la opulencia (aquello de eructar pavo habiendo comido arroz), la pequeñez engrandecida y, cosa de reír, la falta de espejos bien hechos.

Recuerdo su libro Memorias de un amante sarnoso y considero que con nombrarlo ya todo está dicho para explicar el narcisismo del poder y las estrategias que se tejen para mantener el atraso. Creo, Groucho, y lo imagino a usted moviendo el bigote, las cejas y el habano, que hay un síndrome Menem en la política, la cultura, la gerencia, la ciencia y demás espacios donde, como dice Javier Marías, se practica “monoteísmo” rabioso, los intereses únicos, la ira contra lo diferente y la cría desmesurada de acontecimientos corruptos. Y ese menemismo mental, nacido seguramente del behaviorismo practicado hasta el cansancio, nos pudre porque miente.

En Groucho y yo, su divertida autobiografía, donde usted se burló de todo, se manifiesta aquello que hoy se cumple y que, en palabras de Blaise Cendrars, en El hombre fulminado, es una evidencia: “se fabrican una leyenda, acaban creyéndola ellos mismos y se hacen ilusiones. Su vida, nueve de cada diez veces, es una vida imaginaria.. Lo único real en ellos es su muerte, porque ya no están allí para contarla”. Y este es el problema amigo Groucho Marx, que se miente de manera permanente y que descubrir la verdad develando la mentira, como propone Karl Popper, antes que un acierto es asistir a un señalamiento. Y así, ya no canta el ruiseñor.























62. A DÉDALO.

Admirado y asombroso Dédalo, quizás haya sido usted el primer técnico e ingeniero de la historia (o al menos de la leyenda) y esto ya es aval suficiente para escribirle. Es que en los días que corren, las artes desaparecen y son reemplazadas por la palabrería histérica y boba. Quizás todo se deba al efecto invernadero y a que no todos los maquillajes funcionan. Pero no es del caso hablar de gente fea y de mal hablar sino de cómo los oficios son despreciados y, como consecuencia de no querer ser más homo faber, las manos (Kant decía que eran el filo del cerebro) son tiesas y enfermizas y no ya esas herramientas maravillosas con las que construimos el mundo. Seguro que por esto (por no usar las manos) vemos más rabias, paranoias y obsesiones.

Dédalo, a usted se le debe el laberinto donde Pasifae, la Mujer de Minos el cretense, guardó el nefando fruto de su zoofilia, el Minotauro. También hizo usted el primer vuelo, dice el mito, desde Grecia hasta Italia y el Norte de África, acompañado de su hijo Ícaro, a quien el sol derretiría la cera de las alas para castigarle su soberbia. Así mismo se cuenta que un sobrino suyo, Talo, inventó la sierra y el compás, herramientas éstas de mucha utilidad. Pero, como le decía, esto de los oficios decrece en credibilidad y le damos más valor a la palabrería que confunde, mal interpreta y carcome como la broma en los cascos de los galeones..

Antes un hombre digno tenía un arte (Baruj Spinoza, pulía lentes) y como consecuencia de sentirse útil hablaba, proponía y hacía. En la Torá (el Pentateuco) se lee que se debe tener un oficio y que saberlo es lo que le da sentido al entendimiento y a D’s. Lo mismo creía José Martí, cuando decía que un hombre sólo se siente útil cuando ha construido algo con sus manos. Pero, en nuestros días, el hacer significa poco y, como en la utopía de Paul Lafargué, hemos dejado a un lado el trabajo manual para, presuntamente, pensar. Sólo que lo que pensamos es tan confuso y desordenado que dan ganas de cubrirse los ojos y las orejas. Pero las manos no obedecen.























63. A BARICCO.

Leído y admirado Alessandro, hace usted parte de una generación de intérpretes de lo urbano y de toda la locura que lleva dentro una ciudad, desde los objetos arquitectónicos y su relación con ellos hasta los mismos ciudadanos que, en su ejercicio de ciudadanía, ya no conforman un tejido social claro sino un sistema cruzado por la economía delirante, la subjetividad en guardia, la política confusa y el desasosiego permanente, (como aquel del que Fernando Pessoa tuvo una referencia bastante clara). Y así, entonces, la ciudad no es sólo un lugar de habitación y desplazamiento sino un sentir reaccionario y decadente. En términos de Ciorán, un suicidio lento donde el arma es el miedo y la desilusión.

En su novela City, Alessandro, usted plantea tres acontecimientos urbanos: la incertidumbre del tiempo, la soledad del desprecio y las pequeñas mitologías. Y en este tríptico crea unos ciudadanos que evitan lo que pasa creándose espacios marginales para no ser ellos en el presente, como ciudadanos en orden, sino en un limbo de calles, lugares con gigantes y mudos, micro historias de sueños y marcas que incitan. Y en esta carencia de ciudadanía, asumen la aventura. Pero no aquella de la que habla Rafael Argullol, que sería la de los nuevos reconocimientos, sino una en el caos y sin ningún direccionamiento.

Existe una palabra, muy mal utilizada, que es falencia y que quiere decir sostener un error estando conciente de él. Otros diccionarios la definen como quiebra y engaño. Pues bien, apreciado Alessandro Baricco, todo pareciera indicar que la nueva ciudad (y lo que se incluye en ella entre objetos animados e inanimados) es una falencia sostenida, no de mala fe, sino tratando de explicar lo que no es. Y que en esta interpretación, guiada por el deseo, el tejido social desaparece y da cabida, como sostiene Carlos Gustavo Jung, a una psicología de transferencia donde hay otro que representa mis miedos y fallas. Y que ese otro soy yo, pero no lo creo ni admito.
























64. A CAIN.

Huidizo Caín, aparece usted en la historia como el primero que trató de negar lo que hizo y de evadir las responsabilidades de su acto. Sin embargo, a pesar de su alegato, que fue simple y torpe (acaso soy guarda...), tuvo que marcharse al Este del Edén y allí, donde tuvo hijos y nietos, algunos de ellos fabricantes de instrumentos musicales y precursores de la metalurgia, quizás haya tomado conciencia de su acción. No es claro que se sintió malo o con mucho dolor, si permaneció asustado o simplemente asumió el asesinato de Abel (Hevel, en hebreo) como un error nacido de esa pasión terrible que es la envidia. Poco se sabe del fin de usted, Caín y todo queda en manos de la ficción, como en la novela de John Steinbeck.

Dice la Torá, que usted era labrador y Hevel, pastor. Y que los sacrificios de su hermano producían un humo que subía hacia el cielo mientras la humareda de su altar, Caín, se regaba por encima de la superficie de la tierra. Y que fue este hecho, el de un humo que ascendía frente a otro que corría paralelo al horizonte, lo que hizo que usted se llenara de ira y llegara al crimen. En términos de Spinoza, su pasión nace de la ignorancia, de no saber de vientos, material combustible y la debida cantidad para ofrecer. Y de estar más pendiente del otro que de sí mismo. Como dice Luis Cernuda en uno de sus poemas, el estorbo fue usted mismo.

La envidia, Caín, es representada entre los iraníes por una serpiente que muerde una lima de hierro, lo que significa un trabajo doloroso y en vano, donde el veneno no actúa sino que genera amargura. Y convierte el envidioso en un miserable porque todo lo bueno lo tiene otro y él no tiene nada. Por esto, el último mandamiento, según la Torá, es no codiciar, para evitar dolor y que haya conciencia (conceptos claros que no generen dudas, como dice Ludwig Wittgenstein). Entonces, Caín, su problema fue creer que su razón era la única. Y bueno, el resto ya se sabe: usted cargó con la señal del miedo, que es una mordedura que sigue mordiendo.



















65. A AZORIN

Querido, leído y tranquilizador don José, se pierden los espacios, sea porque los destruyen, los cierran, los dividen o los roban. Creo que hay muchas formas de perder la tierra, que en resumidas cuentas y en términos morales no puede ser de nadie porque ni un solo gramo puede ser producido por el hombre. Quizás, si fuéramos lombrices, cuyo sistema digestivo produce tierra (o algo parecido), podríamos hablar con propiedad de la terra nostra. Pero no lo somos y si bien quedan algunos lombricientos, éstos están sujetos a purgaciones. Vuelvo entonces al cuento, don José: hay carencia de espacios y, como consecuencia, de movimientos y, lo que es dramático, de posibilidades de construcción justa.

En todos sus libros (novelas, cuentos, ensayos, teatro), la espacialidad está presente. Aún en la estrechez de la París que usted narra, en la que de la gran habitación de hotel de renombre se pasa al cuarto estrecho de pensión, los espacios siguen siendo amplios y acogedores porque desde ellos se puede rememorar el paisaje, el Passagen-Werk (los espacios públicos comerciales) de Walter Benjamín, las casas blancas de los empinados pueblos andaluces y las llanuras castellanas por donde caminaría don Alonso Quijana o Quejana. Pero, como le digo, don José, esto se viene perdiendo y ya lo único que vemos es el agrimensor kafkiano de El Castillo.

Cuando leo cualquiera de sus libros, amigo José Martínez Ruiz (Azorín), siento que hubo un tempo en que se podía respirar bien. Y no porque el aire fuera bueno sino debido a que los espacios, a más de amplios, fueron tranquilos y en ellos habitaba la buena voluntad (recuerdo su libro sobre El político) o, al menos, la intencionalidad siniestra estaba más escondida y por ello se podía ejercer la virtud sin temor a la burla. Lo que no pasa hoy, cuando sucede aquello de La piel de zapa de Honorato de Balzac, donde a más deseos, más chiquito el trozo. Si, querido Azorín, perdemos los espacios y nos violentamos. La locura ante todo, como escribía Violet Leduc.






66. A MARÍAS.

Leído Javier, es usted un hombre impopular en la España intelectual (lo que no quiere decir inteligente) por aquello de mantener una posición de burla (Cela diría que de Toreo de salón) frente a críticos y envidiosos. Unos dicen que todo se lo debe usted al nombre de su padre (al buen don Julián) y al de Juan Benet, que lo admiró desde la aparición de su primera novela, Los dominios del lobo. Otros que a una inflamación del orgullo por ser considerado, en el exterior, como el mejor traductor de Shakespeare al español. No faltan argumentos para odiarlo y tratar de situarlo en una posición de rémora y no de escritor lúcido de novelas, ensayos y artículos. Pero bueno, como decía Oscar Wilde, es mejor que hablen mal de uno a que no hablen.

A mí esto de la impopularidad frente a determinados círculos me parece saludable y respetable porque está indicando que algo sucede que no es bueno para la otra parte. Pasa como en el caso de Sócrates, que fue juzgado y obligado a beber la cicuta porque se opuso al sentido común social de una Atenas fetichista y guerrerista, que en lugar de ver la realidad moral veía miedos y frustraciones. Y algo más terrible, la corrupción de jueces y costumbres. Algo muy parecido a lo que sucede hoy, cuando tantos se esconden en cosas que no existen y tratan de liberar cargas emocionales aferrados a mentiras.

En su comentario sobre El hombre menguante, aquel que se achiquita hasta ya no ser más grande que una mota de polvo, haciendo de la realidad no un panorama sino una parte que engulle y alucina, hay una metáfora de lo que sucede ahora, Javier Marías. Hemos dejado la amplitud para detenernos en la parte y perder el sentido de ella, porque esa parte crece y lo de ayer, la experiencia, ya no sirve para hoy porque las condiciones han cambiado y lo que se ve carece de referente. Todo nos puede, nos minimiza. Y sólo crecen las pasiones insanas, esas que usted denuncia para que otros lo odien. Es La negra espalda del tiempo, es el miedo a un Corazón tan blanco.























67. A ZWEIG

Querido y releído Stefan, es difícil que alguna vez, en América Latina, tengamos una historia clara. Y esto es fatal, porque sin historia no hay identidad ni sentido de pertenencia y menos de referencia. Y algo peor, no hay orígenes. Por esto los latinoamericanos están nombrados, señalados, detectados, pero no definidos. Y frente a la indefinición, todas las invenciones son posibles. Y esta falta de historia se la debemos a nuestros dirigentes que, en lugar de construir y cuidar, lo que hacen es destruir (remodelar, dirán). Pasa en nuestras ciudades, donde todas las construcciones son nuevas y por eso sin historia. Aquí sólo asistimos a lo reciente, como en la selva, y nunca tenemos una idea previa de las cosas.

Usted, Stefan, fue un gran historiador. Y ese afán de historiar, antes que venir de libros o de haber asistido a clases de profesores eminentes, llegó primero de lo que había visto. Basta leer su María Estuardo, su Magallanes, su Dostoyevski etcétera, para sentir que las preguntas que se hizo provinieron de los asombros nacidos de la visión. De ver, como decía Oscar Wilde, para encontrar la belleza y los misterios del objeto mirado. No fue usted, Stefan, un historiador de escritorio sino uno que caminó, vio y después se hizo preguntas. Pero, ¿qué pasaría si usted viniera y viera lo que tenemos? Todo son obras recientes y, donde no, tugurios.

La historia, Stefan Zweig, se compone primero de cosas y luego de documentos, de esta manera se evita la mentira o al menos la falsificación. Pero entre nosotros, donde todo lo viejo lo destruimos para que no haya referencia del pasado (quizás porque nos duele haber sido), la historia es una vorágine que se manifiesta desordenada y lujuriosa. Y sin referentes visuales, lo que permite luego todas las ficciones y descalabros. Y claro, la legitimación de la barbarie, que nace de la falta de memoria y la presunción. Somos en la carencia de pasado y, cuando nos vayan a historiar, nos van a ver igual de pobres que al principio. Es que sólo tenemos plástico.


























68. A BATMAN.

Recordado Batman, usted fue uno de esos que con sus aventuras y vehículos en forma de murciélago marcó los días de infancia. Y como uno es la resultante de esos días, no temo ni me avergüenza decir que en ocasiones veo lo que sucede tomando como referencia su mundo de sótanos computarizadas y a ciudad gótica: gobernantes ineptos, bandidos con cara de payaso o disfraz de pingüino, gente enmascarada y delitos con más carga de fantasía que de realidad. Así que, amigo Batman, vivimos una situación de cómic y más ahora que organismos como la CIA antes que agentes de inteligencia lo que parece que tiene son escritores de ficción. O, para estar más en la actualidad de EEUU, periodistas que en lugar de informar inventan.

Recuerdo a su mayordomo, Batman, que, además de estar atento al buen uso de la tecnología y dando más importancia a los asuntos de Estado que a su extraña relación con Robin, se dedicaba al estudio minucioso de los acontecimientos y le servía a usted de conciencia crítica y de mecánico. De lo contrario, usted habría acabado en las garras de Gatúbela, esa seductora que contagiaba de traición. Pero no es el caso de mujeres disfrazadas (fetichistas) lo que me ocupa sino lo gótica que se ha convertido la Casa Blanca. Míster Bush jr, como cualquier personaje de cómic, se asombra de que le hayan mentido. Y patalea y pone cara de inocencia.

En el mundo suyo, Batman (personalidad secreta de Ricardo Tapias, según editorial Novaro), los malos son de circo y los científicos locos. Y como de gente así es difícil confiar, hay que inventarles historias, atacarlos con toda la técnica y después dejar que escapen. Es para que no se pierda la audiencia de la próxima revista. Acción, misterio, clímax, es el viejo truco de los folletineros. Mientras tanto, se perfeccionan las máscaras, los sistemas de navegación, los sumarios etc. Todo para una gran aventura y, en su caso, para una nueva acción de carnaval. Y mucha onomatopeya: ¡sock, blam, trash, crack!. “¿Dónde estás Robin?, ¡pluck, bang!, “aquí, Batman”.
























69. A CABRERA I.

Leído y disfrutado Guillermo, lo imagino a usted en este momento disfrutando de un buen habano y tratando de leer a través de sus enormes lentes. Y quizás tosiendo a consecuencia de tanto tabaco, ron crudo y niebla inglesa. Y de las noticias que le llegan de su Cuba (o por extensión de Miami), isla donde la gente vive mucho siempre y cuando no meta en una balsa o sea clasificado como gusano (sustantivo este paredonable y relacionado con especies reptantes y de mala picada). Le escribo entonces sobre la duración de la vida, el son y la guaracha, los frijolitos negros y ese vivir al desgaire, al sol, la noche y el viento, al que no le ha valido ninguna revolución. Le hablo del ron y la rumba que se derrumba.

Hace poco murieron dos que no iban a morir porque estaban conservados en música y en aire tibio: el compae Segundo y Celia. No sé si esto tenga nervioso a Fidel, que también vive de la voz y del micrófono. Es que, como dicen por aquí, a veces la muerte se surte de gente parecida y en Miami la pequeña Cuba debe estar rezando (como ha rezado desde hace más de cuarenta años) para que algo le pase al comandante. Claro que nadie se muere a la víspera, así la CIA lo quiera. Pasa como en su Habana para un infante difunto: todo tiene un momento que llega si ya no hay más cosas que hacer. Pasa lo que por aquí, mata la falta de proyecto.

En una foto fabulosa de Fernell Franco, el fotógrafo caleño, usada para la carátula de Celia Cruz reina rumba (el libro de Humberto Valverde), la mujer del azuuuca, aparece convertida en un espectáculo: no es una mujer que canta sino una mujer entre luces de neón, que brilla. Y, como en su libro, Cine o sardina o en ese cuento de Josefina atiende a los señores, se legitima el show, el mito y la aberración. La mentira. Por esto da primera página que gente que no se iba a morir se muera, Guillermo Cabrera Infante. Pero se mueren. Y esto asusta a mucha gente que vive del escenario y del ruido y de mantener cantando a viejitos que deberían estar tomando leche.
























70. A NIMROD.

Buscado Nimrod, de usted dan pocas pistas. Apenas si aparece una mención suya en la Biblia hebrea (en el Tanaj) y algunas pocas en el Talmud, dando razón de usted en la construcción de la torre de Babel y en los días de los antecesores de Abraham. O sea que situarlo bien es muy difícil. Sin embargo usted existe y su nombre aparece titulando una romanza sefardí que habla de preñeces, tiempos duros y de confusión. Y este último concepto, lo confuso, es el motivo de que le escriba. Es que hay mucho caos y algunos lo aprovechan para nombrarse lo que no son o para anunciar el fin de los tiempos, la confusión de las lenguas y la presencia de D’s donde lo nombran mal. En ocasiones es un negocio, en otras una sublimación, en las más un delito sin pena.

Esto de los clones parece anticiparse en ciertas organizaciones que se auto-nombran igual que otras y de esta manera asumen como suya una historia, una tradición y unas creencias que no les pertenecen y a las que les dan una interpretación inadecuada porque tratan de amoldarla a unos espacios con grandes vacíos. Quizás el proceso sea por ósmosis o por acción de espíritus entrones. O lo que es peor: por un afán de falsificar, cosa muy común en nuestros países donde las copias ilegales abundan. Pero el problema no es la copia sino la generación de ideas que afectan al original copiado, convirtiéndolo en caricatura, sujeto de leyendas y, si es el caso, en enemigo.

Y como hablamos del caos, rey Nimrod, no hay ninguna legislación al respecto. Así vemos etnias que reaparecen (vuelven y se crean) después de aparecer una ley de protección a las culturas, religiones que se copian tal cual, aduciendo que están perfeccionadas; negocios que de apoderan de una imagen corporativa ajena etc. Y en ese juego de los clones, la confusión aumenta y el ciudadano se desconcierta y es burlado, ya porque ha sido invadido en lo suyo y propio, ya porque ingresa en unos códigos que entiende mal. Hay una nueva Babel, rey Nimrod. Y en la confusión y la ignorancia, lo legítimo pierde espacio y lo gana la piedra falsa.























71. A SUPERMAN.

Recordado Clark, ante el descrédito de la política convencional, la gente comienza a votar por gente inusual, venga ésta de la farándula, el cine de violencia, las tiras cómicas o de algún prototipo fabulario narrado en El libro de las maravillas del abate Mandeville. Es como si ante la carencia de terrestres con propuestas civiles viables la opción fuera decidirse por extraterrestres inflados a punta de anabólicos y esteroides. Y esto es maravilloso para usted, Clark, que proviene de Kriptón, tiene visión de rayos equis y es capaz de enfrentar solo a una banda de malos-malos. Y que sale volando si la cosa se complica. Total, usted debe convertirse en candidato a ver si encuentra, con su vista telescópica, la solución a lo que pasa.

Clark, por lo visto, ya lo único que nos salvaría del caos institucional que vivimos es la fábula, el símbolo desmesurado del poder y la ficción que, al ser eso (algo que no existe), no frustra o al menos no molesta si no funciona bien. Hoy se le apunta al superhéroe, como ha pasado en California con el amigo Arnold, que se ha ganado la vida a punto de músculo, mordiscos y saltos desde pisos altos. Y que con ese apellido Schwarzenegger (que traduciría negro-negro) más parece alguno de los pillos que le amargan la vida a Dick Tracy. Pero que ha ganado muy por encima de sus oponentes y es posible que gobierne partiendo ladrillos con el codo.

La democracia lo permite todo, amigo Clark Kent. Por eso, decídase y láncese al estrado público. O al menos salga de la cabina telefónica, donde usted tan misteriosamente se viste y desviste (¿es exhibicionista?), y haga una propuesta política como casarse con Luisa Lane o ponerle una peluca a Lex Luthor. O simplemente coma pistachos a supervelocidad, que ese ruido también lo pueden tomar los analistas posmodernos como un plan de gobierno hermenéutico y metafonémico. Es la hora del héroe de revistas de cómics, del duro de matar, de los hombres que desarrollan movimientos supersónicos y que toman una razón y la vuelven polvo. Vuele.
























72. A PULCHINELLA

Teatrero y renovado Pulchinella (o Polichinela, como quiera), vuelve usted a hacer de las suyas en la Commedia dell’Arte, donde tan bien nos vemos representados ahora. En esta forma popular de comedia, donde abundaron las farsas, los artistas ambulantes y acróbatas, usted representó la crueldad de un niño malcriado, las ideas vulgares y la lascivia del libertino, cosas que le sentaron bien a su figura deforme y barriguda. Y con usted actuaron Pierrot (alías Pedrolino), sirviente torpe y de pocas luces, y Arlequín, ese bufón astuto, oportunista y avaro que vivió de meterse donde comían bien y de engañar señoras. Y que como oportunista, un experto usaría la palabra coyuntural, aparece representado en otras formas más elegantes y hasta llorando.

Pero aquí no para la cosa, Pulchinella, porque en esa comedia donde usted hace de las suyas a la par que otros intentan esconderse dentro de sus propias ropas, como Pantaleón que trataba de rebajarse la edad vestido de turco, aparece el Doctor con sus frases pedantes, sugiriendo remedios para males imaginarios y legitimando el sin sentido con palabrejas extrañas y en medio de una corte de gente enmascarada que dice a todo que sí y se divierte y vive de eso, sino arrodillada, si al menos haciéndose la que entiende. Y en este punto es donde la Comedia del arte llega a su punto más interesante: Todos aplauden y en medio del barullo pescan lo que pueden.

Pulchinella, sabemos que la arrogancia y la estulticia tienen su estatus y más cuando se ejerce desde el poder ordenando trabajos en vano y creando comités que se fundamentan en otros comités y así ad infinitud, en un juego de informes que no llegan a nada y que gastan papel y tiempo y al final se quedan en veremos porque el camino era otro, por lo común el de la reversa. Y en esta Commedia dell’Arte, aparece Colombina, ser andrógino que muestra su ingenio y encanto en un mundo avaro, simplón y en constante malentendido. Claro que Colombina va a parar a la luna y allí se queda, no se sabe si con el cerebro borrado o con las neuronas en estado criogénico.
























73. AL DIABLO

Asustadizo y asustador, posible e imposible Lucifer, de usted se puede decir todo; que está ahí y que no está, que es una invención y también algo tan cierto como el agua que venden embotellada y que no resulta mejor que la del grifo. Pero no se trata de demostrar su posibilidad de ser o no ser y menos de establecerlo como una supuesta verdad o una mentira de esas que crean los colectivos asustados. Lo anterior se lo dejamos a los teólogos y los antropólogos. El asunto que nos convoca es otro: el infierno, eso que ya se da como un no lugar pero que está ahí y se multiplica en cantidad de gente que se mantiene en estado infernal: repartiendo sufrimientos.

Del infierno hay muchas versiones. Para Dante es un lugar helado donde se purga la traición, el desvarío, la lujuria y la envidia. Y donde no hay purificación ninguna porque, como todo está congelado, el sufrimiento se mantiene en estado crítico. Para Borges y Bioy Casares, hay muchas formas de infierno (de averno), desde los simples como la ignorancia que duele, hasta unos muy sofisticados y casi que filosóficamente resueltos como el de John Stuart Mill, que consiste en pensar solamente en un ser que lo pueda crear. Y si nos vamos a Jean Paul Sartre, el infierno es más elemental y cercano: son los demás. Y así, hasta la versión de los inquisidores, que es una hoguera eterna.

Entonces, Lucifer, señor de la ignorancia (príncipe de las tinieblas), no se sí usted sea algo real o no. Lo que si parece evidente es que el infierno existe, sea en estado de cosa o en síntoma de conducta desequilibrada, que parece ser el más común. Y de aquí, Satanás, tanto infierno caminante, enredante, listo a encenderse y mantenerse activo por un mero roce, por una palabra malentendida, por una envidia gorda, por un afán de entender y no poder. En fin, Lucifer (diablo), hay vidas infernales que tratan de hacer común su estado para tener cómplices en ese infierno. Y eso es lo peor: que no hay infiernos propios que se luzcan sino infiernos pobres que se reparten, para descrédito de Charles Baudelaire.
























74. A MALRAUX

Leído André, el texto suyo que más me gusta es el de las Antimemorias porque allí no se miente sino que se vive. Y con intensidad, para que no se diga que la vida (en su caso la de un fumador empedernido) es algo vano, lleno de deudas, honores vagos y reuniones largas, tediosas y posmodernas. Digamos que usted vivió como sujeto, es decir, en relación permanente con el afuera en términos de asombro, curiosidad, rebeldía y solidariedad. Y en esa vida suya lo importante no fue lo trascendental sino eso que todos tenemos al alcance de la mano: la necesidad de sentir que estamos vivos y, como imperativo categórico (recurro a Kant), es más que todo. En otros términos, usted no se dejó encerrar en los órdenes del sistema.

André, vivimos en una sociedad donde abundan los muertos vivos movidos por un sistema que todo lo cuantifica y convierte los valores (eso que es la esencia de la vida) en meros elementos de cambio objetivo y rentabilidad. Y en algo más atroz: en documentación que se llena permanentemente para asegurar que se obedece correctamente. Y no es que me oponga a la obediencia, a fin de cuentas debe existir un orden que nos rija (eso es lo que pactamos en las constituciones), pero si discuto la obediencia ciega, esa que se lleva a cabo sin determinar la calidad de evaluador. ¿Quién es el que evalúa? ¿Qué calidades tiene para ser el evaluador? ¿Se autonombró?

Es indiscutible que hay una mentalidad totalitarista y controladora para la que toda iniciativa es herejía, que es sorda y está embrutecida por una normatización delirante y que no vive sino que está inserta en un motor donde toda pieza debe estar integrada y (si es posible) soldada. Y el motor se mueve, ¿pero hacia dónde? Porque el hecho de que se mueva no quiere decir que la dirección del movimiento sea correcta. André Malraux, ya es muy difícil escribir antimemorias. Hoy hay un enorme Big Brother legalizado que crea, enloquecido, sumarios y órdenes de producción. Y que ordena constantemente informes. ¿Es la muerte definitiva de la razón?
























75. A GLOTTMANN

Recordada Rivka (o doña Rebeca, como le decíamos), le escribo ya para que no me lea, pero esto no es importante. Lo interesante es lo que pasa en la memoria, cuando la gente buena se queda ahí ocupando un lugar para siempre y se convierte en un referente para los mundos que creamos y que se hacen necesarios (y en ocasiones inevitables) para no desesperar. Y en ese sitio la muerte no existe sino el recuerdo: la imagen de unos ojos alegres y un pequeño sombrero de color. Y el sonido de las palabras matizado por una sonrisa. Y el calor de las manos. En términos de Henry Bergson, la memoria y quienes la habitan son eso real con que enfrentamos (y confrontamos) la realidad. Y si no hubiera esa memoria, viviríamos en total soledad.

Amada Rivkele, usted hace parte del espacio de las pequeñas cosas, esas que son realmente importantes para la bendición. Porque bendecimos lo que nos da conciencia de estar vivos y en contacto con lo demás. Y al mismo tiempo, asumimos la bendición como un agradecimiento a los que no es permitido hacer. La bendición es un reconocimiento a lo construido de manera justa, a esto que no ha generado dolor ni es símbolo de soberbia y opresión. Por esto bendicen sólo los que no tienen miedo ni esperan recibir más de lo que han dado. Los demás, los asustados, mueven las manos y la boca gesticulando. Esto lo aprendí de usted, Rivka.

Elías Canetti, en El juego de ojos, tiene un capítulo muy bello: Hallazgo del hombre bueno. Y en este texto, revelando unas conversaciones con Broch, en Viena, aparece la pregunta: ¿Existe un ser humano realmente bueno? Si, es el que reúne personas para toda la vida, se contesta Canetti. Pero no por reflexión o como fruto de una discusión sino por conocimiento y contacto con uno. Y ese uno, el Dr. Sonne, no juntaba las personas sino que las hacía partícipes y anfitriones, y necesarias la una para la otra. Él era el ejemplo. Y algo así me pasó con usted Rivka Glottmann, que bastaba mirarla para saber que era necesaria. Y más: que la dicha era inevitable.























76. A SÁBATO.

Querido, leído y recomendado Ernesto, vivimos días de resistencia desordenada. Unos resisten políticamente, otros se atrincheran en la técnica, algunos pocos desde un pensamiento coherente y los más, asomados a la ventanas y las puertas recibiendo el sol y la lluvia, el ruido y los silencios. Diría yo, como cualquiera de sus personajes secundarios de Sobre héroes y tumbas, que hay una permanencia de algo que flota, nos toca y no vemos. Y, ya que no acertamos en qué es esa cosa, la inventamos haciéndola dragón o princesa, ciego que construye un informe o simplemente un ciudadano cero, de esos muy peligrosos porque no está radicado en ninguna base de datos. Le digo Ernesto, resistimos, pero más desde la paranoia que desde la certeza.

Esto de resistir en desorden y sentirse perseguido e inventado, amigo Sábato, no es nada nuevo. Ya se da cuenta de ello en las epopeyas babilónicas e indias, en los delirios de los héroes griegos, en los conquistadores de las crónicas y en las sagas vikingas. Y en la modernidad, donde la razón, como lo dibujó Goya, en lugar de hilvanar y construir en orden crea monstruos, brujas y aquelarres. Y si bien algunos como usted han estado todo el tiempo en la tarea de no soltar la línea (o como en el mito del laberinto, el hilo de Ariadna) para no perderse, los más gozan navegando en cualquier mar y sin brújula, como el Holandés errante.

Ernesto Sábato, en la universidad leí su Uno y el universo, texto corto y claro, donde se prevé que se crían tiempos confusos. Ahora leo La Cultura, de Dietrich Schwanitz y La otra cultura de Peter Fischer, autores que intentan explicar cómo hay que retomar el orden, pero el segundo se resiste al lo que dice el primero, lo que los hace estar en la resistencia, o sea que en el orden que teorizan se desordenan. Y ahí vamos, querido Ernesto (usted también es pintor), como los personajes de sus cuadros, con la cara desfigurada y los ojos vacíos. Y huyendo. Y así, posmodernos, nos fotografian y graban las huellas dactilares para encontrarnos en caso de sospecha.
























77. A PROMETEO.

Recordado Prometeo, no sé si todavía su hígado siga siendo roído diariamente por dos buitres (otros dicen que dos águilas) como castigo, entre otros, por haber dado el fuego a los hombres. Según la mitología griega, usted fue atado a una piedra de las montañas del Cáucaso, tierras de por si ventosas y cargadoras de muchos gritos y allí, como Ladrillo el del tango, sigue sumido en la incertidumbre de cuándo terminará todo. Pero el motivo de ésta no es acompañarlo en su dolor y soledad (y eternidad de su juicio y sumario) sino hablar de los males que usted mismo se provocó y, como consecuencia, legitiman o al menos explican el estado en el que se encuentra. Y en el que se encuentran muchos que trataron de emularlo y hoy lloran igual.

Usted Prometeo, que según el mito heleno creó a los hombres, fue uno de los primeros traidores de los que da cuenta la historia. Presintiendo que Zeus (Theos, de donde viene la palabra Dios) iba a vencer a los titanes, usted se pasó al lado del dios principal del Olimpo y no se hizo ascos para traicionar a Atlas, su propio hermano, que terminó sosteniendo el mundo sobre sus espaldas. Luego, quizás porque le sacó gusto a esto de traicionar, traicionó al mismo Zeus y provocó que éste creara a Pandora y la dotara con una temible caja cargada de vejez, enfermedades, locuras, vicios y pasiones, que al fin abrió Epimeteo, otro hermano suyo, para peste sobre la tierra.

Vivimos tiempos escatológicos, pero no como castigo de D-s sino como consecuencia de los que se parecen a usted, Prometeo, que usan el fuego (la ilustración, en términos metafóricos) como anzuelo y, cuando se apaga (sea a causa de algún referendo o cosa similar) provocan una estampida de todos los males y la aparición de Pan que, con sus chillidos, genera pánico o al menos susto. De esta manera no se dan explicaciones ni se admiten errores y a la vez cunden las traiciones y por todos lados lloran las plañideras. Y no sé, amigo Prometeo, si esto sea tragedia o comedia. Nos hemos vuelto gente de mito y de deus ex machina.
























78. A VICTORIA.

Estimada y respetada Reina Victoria, la corrupción y la anorexia se están tomando el mundo. Y lo uno tiene que ver con lo otro, ya que hablamos de carencias: falta de moral y escasez de proteínas y vitaminas. Y eso uno y otro se unen en un tríptico fatal: la individualidad desbordada, el narcisismo y la ignorancia, entendiendo esta última no como una falta de saber sino como una carencia de competencias, o sea, de imposibilidad de aplicar lo que se sabe porque se desconoce el real espacio de aplicación. En otros términos, la corrupción y la anorexia se deben a que ninguno de los implicados fue educado para gobernar y, como se carece de esta educación fundamental, se cae en la demencia precoz y el mundo se convierte en un deseo y no en una realidad.

Reina Victoria, usted no fue ni corrupta ni anoréxica, de aquí que legitime lo que escribo. Además, fue educada para ser reina, por esto el poder no la desbordó ni le puso en el camino seducciones como vajillas sin pasado, dietas extremas o moneda dura para gastar comiendo chorizo con las manos, diciendo vulgaridades y escuchando mariachis. Cuando uno es educado para gobernar, el interés es ejercer el poder ilustrado para ver más allá de sí mismo. El poder no es el libertinaje, cosa propia de esclavos libertos (de aquí su nombre) que consideraban que tener poder era tener permiso de hacer daños y comportarse de la forma más vulgar posible.

La democracia participativa es una de esas utopías que demuestran que las monarquías sieguen siendo viables. Los grandes reyes, al menos, tenían tutores que le enseñaban qué era el poder y cómo ejercerlo dentro de la realidad política y económica. Basta ver la educación de Abderramán III, de Saladino, de Ricardo Corazón de León, de Alfonso X, el sabio, la suya Reina Victoria, educados para el gobierno y el ejercicio de lo público. Por eso hicieron imperios y se los nombra con respeto. Pero, qué vemos ahora: gentes que nunca fueron educadas para gobernar y, al tener poder, se creen lo que no son. Y hacen el ridículo, porque nada les luce.
























79. A NILUS

Mentiroso y canalla Sergio, usted pasa a la historia por el odio desmesurado, el robo intelectual y la siembra de horror. Y si hubiera estado entre los personajes de Dante en La Divina Comedia, tendría en esta obra un lugar oscuro y sucio en el infierno. Su antisemitismo brutal, el saqueo (en términos vandálicos) que hizo del libro El diálogo en el infierno, de Maurice Joly, para componer ese panfleto titulado Los protocolos de los Sabios de Sión y la intolerancia delirante que acreditó en su vida, lo ubican entre esos seres que debieran ser borrados de la memoria. Pero esto no ha sucedido porque en la actualidad hay muchos clones suyos que lo siguen en la tarea de mentir, crear confusión y odiar sin medida todo lo que sea hebreo.

Y para no ir lejos, situémonos en estas tierras calientes y lluviosas, tan lujuriosas y operáticas, donde siguen sus pasos hombres como Antonio Caballero y Enrique “Tamerlán” Serrano que, disfrazados de anti-israelismo, han ido confeccionando una idea de lo judío en los mismos términos de Goebbels (el jefe de propaganda nazi), Rosenberg (el promotor de los cráneos perfectos) y Henry Ford, que robó las ideas de su panfleto, Sergio, a sabiendas de que uno que roba no puede denunciar que le han robado. Y en este delirio de lo anti-judío, promueven la justificación del terrorismo, desvirtúan acontecimientos y se unen a fundamentalismos oscuros.

La posmodernidad está cifrada en el caos y la incertidumbre. Pero, en el caso que nos ocupa, no como respuesta a lo moderno sino como reivindicación de un medioevo Transilvánico. Para los anti-judíos modernos, su plato favorito es estar de lado del terror (de ahí sus figuras góticas). Por esto atacan y deliran y, cuando la evidencia se les viene en contra, callan y se enquistan como una mala bacteria. Igual que usted, Sergio Nilus (que tuvo en Argentina un clon terrible que se llamó Hugo Wast), se han creado un miedo patológico que difunden buscando cómplices. Es que el odio es una pasión triste, como decía Spinoza, y más si es auto-odio.























80. A MONTIJO

Apreciada y admirada doña Eugenia, hay cosas que cada vez s más escasas y por ello más valiosas. Una de ellas es la dignidad y otra la finesse, término que los franceses utilizan para designar lo que es delicado y valioso y al mismo tiempo tenue. Y desde donde se ejerce la inteligencia sin hacer alardes y, por esto, de manera muy certera. Esa finesse, que la embelleció tanto, como se puede apreciar en el cuadro que de usted hizo Winterhalter en el palacio de Liria, en Madrid (y que hoy reposa en la colección de los duques de Alba), la convirtió en la esposa de Napoleón III y en emperatriz de Francia. Y en una mujer que entendió la vida como una forma de ascenso y descenso sin que en ello mediaran desmesuras ni delirios de poder.

Muy parecida a usted, Eugenia, fue Victoria Ocampo, aquella elegante argentina, gran escritora, ensayista y crítica, que Dignan-Bouveret inmortalizara en unos trazos maravillosos. Y es que esto de la finesse, más que una condición de alta dignidad humana, es ese toque espléndido que la vida proporciona a las personas educadas y sensibles que no se dejan desbordar por las bajas pasiones (el odio, la envidia, la ceguera frente a lo evidente) y asumen el estar bien para que otros también lo estén. Su urbanidad, ese comportamiento urbano necesario para hacer del espacio público un lugar seguro, es vivir lo digno y no más.

Doña Eugenia de Montijo, hija de padre granadino vencido por las guerras de Francia y madre de origen irlandés con sueños de poder, usted entendió la finesse, pero no por la educación que le dieron las monjas para ser admitida en la corte española, sino por su capacidad de entender que cada cosa tiene su lugar y cada tiempo una respuesta adecuada. Y, a pesar de ser tan apasionada (condición de suyo muy andaluza) y gustadora de caricias, lo privado no afectó lo público. La finesse consiste en vivir sin hacer circos, en degustar con delicadeza, en alargar lo placentero con criterio moro. Y en admitir la decadencia sin arrepentimientos ni huidas.
























81. A CRUSOE

Querido Robinson, en estos días de canibalismo (del ilustrado y de ese otro que exige mordiscos) lo he pensado mucho. Recuerdo que usted rescató a Viernes, su compañero de novela, de una isla donde lo iban a devorar unos caníbales, personajes no tan extraños y exóticos como se piensa. Marco Polo habló de caníbales que poblaban la ruta del Tibet a Sumatra y que sufrían de Kuru, enfermedad neuro-degenerativa descubierta siglos después entre los antropófagos de Nueva Guinea. También se supo que había caníbales entre los Tupinambá, etnia brasilera que no tuvo ningún reparo en comer congéneres delante de Hans Staden, mercenario al servicio de Portugal, que seguramente probó carne humana para que no se lo comieran a él.

En la historia, el cine y la literatura, Robinson, abunda el canibalismo: ¿Recuera a Aníbal “el caníbal” Lecter, que tan bien interpretó Anthony Hopkins en El silencio de los inocentes? Bueno, por la actuación se ganó un Oscar, premiando así el canibalismo moderno y la cara asustada de Judy Foster. En Norteamérica, los indios Tonkawa, cuando no comían bisontes mordían vecinos. Y podríamos seguir: Hermann Melville, el autor de Moby Dick, sostuvo haber vivido un mes entre los caníbales de las islas Marquesas. Sobrevivió, seguramente, porque su carne era dura y fría, tal como se puede apreciar en su fotografía. Además tenía mucho pelo.

Pero lo que asusta, querido Robinson Crusoe no es el pasado caníbal de algunos primitivos (entre ellos el ex-boxeador y dictador Idí Amín Dadá) sino que el canibalismo se está presentando ahora en países desarrollados, donde hay quien se presta para que se la coman vivo, como sucedió en Alemania recientemente. ¿Es la enfermedad de Creutzfelt-Jakob (la de las vacas locas) que está haciendo estragos? ¿Es la soledad del hombre urbano que, encerrado en la virtualidad, concibe crímenes y suicidios asquerosos? No sabemos, Robinson. Lo que si es evidente es que cada vez hay más gente que come plata ajena. Y por algo se empieza.
























82. A LUXEMBURGO

Querida Rosa, fue usted una mujer de esas que levantan el puño y la cabeza y eso le valió que la persiguieran, la encarcelaran y la mataran de manera infame: de un culatazo. Pero su vida ni sus escritos pasaron en vano. Hoy la recuerdan en la Alemania crítica y entre los judíos sefardíes y de avanzada y como parte de la gente digna de este mundo. Y todo porque usted protestó contra lo que la denigraba política, social y económicamente, sin evadir las consecuencias de su protesta. Usted Rosa, roja como le decían, se opuso al servilismo político, al agotamiento ideológico y al espíritu de esclavitud que permite la cría acromegálica de abusos y desmanes. Parecida a usted fue María Cano, a quien también le dolieron las indignidades.

Hoy se habla del momento políticamente correcto, Rosa, y por esto retomo su frase de “La libertad no es libertad si es un privilegio”, es decir, no podemos hablar de libertad y democracia donde se legaliza el terrorismo de Estado y se destruye la confianza en el otro (aplicando aquella premisa maquiavélica de divide y gobernarás) y algo peor, se crea un temor inmenso a la protesta. Ya se sabe, para el Zar y el Káiser (palabras derivadas de César), toda protesta fue terrorismo y ni se diga lo que significó para Stalin o Hitler, Reagan o la señora Tatcher, personajes que hoy se emulan en estas tierras calientes y lluviosas.

En una Latinoamérica donde las leyes esclavistas de Felipe IV son casi manuales de gerencia y de obligado crecimiento personal, hay que ver, querida Rosa Luxemburgo, el miedo es una industria promovida por la corrupción, la intolerancia, el desgobierno y la carencia de ideologías claras para construir el sentido de lo político: gobernar y admitir la diferencia como una opción inteligente de construcción del conocimiento. Pero, y esta es una orden del imperio, en lo político no se trata del debate sino de la clonación. Y, como alguna vez dijo Rodolfo Llinás, el clon es un esperpento que copia un modelo viejo y tiene retrasos de evolución.
























83. A COETZEE

Al fin leído, J.M., hay días propicios para la bruma y los gastos varios, las versiones del papá Noël en bikini y la gente que esconde cosas. Y, como anota Philiph Roth en su libro de entrevistas, estos tiempos resultantes son de alegría para sicópatas y desequilibrio mayor en los neuróticos. Pero los días de que le hablo no son estos de comercio exacerbado y exceso de avisos luminosos, frases que se cumplen poco y deseos que no se sabe ya qué significan, sino de aquellos que se repiten en épocas diversas porque perdemos la memoria y de nuevo hay que construirlos, pero no como beneficio sino como prejuicio y perjuicio. Le hablo entonces de los días a la defensiva, de esos donde el otro nos da temor. Es que la victoria construye el miedo.

En su libro Esperando a los bárbaros, donde el tiempo es cualquiera y por eso la historia es permanente, usted habla de un pueblo sin nombre y de unas murallas que a veces están cercadas por el desierto y en otras por la nieve del invierno. Y en ese sitio hay una conciencia que se hace preguntas pero sólo encuentra respuestas difusas, brumosas, decadentes y al fin predispuestas a pecados mayores. Y en ese lugar todos los bárbaros son culpables y por eso hay que deformarlos o acelerarles la muerte. Es terrible este libro, pero al mismo tiempo es la secularización del señalamiento, la legalidad de la injusticia y la necesidad absurda de un enemigo.

Querido y leído, John M. Coetzee, usted se ganó el premio Nobel 2003 planteando en su obra la constante negra de la historia: la crueldad, el silencio y el miedo. Y, al igual que Imre Kertezs, certifica la angustia del colectivo como la característica del siglo. O sea que seguimos en la oscuridad, temiendo las sombras que proyectamos y sintiendo los seres invisibles que nos acusan o nos burlan. Y así, entonces, se define el poder como algo al que siempre se le teme y con el que se convive ejerciendo la inteligencia del ratón: pequeñas carreras, saltos inesperados, tensión nerviosa creciente y revisión constante de la cola. Y resistencias variables.






























84. A D-S

Necesario D-s, tú eres lo que se llama un hecho necesario, una primera causa incomprensible que es origen de todas las causas posibles para ejercer la inteligencia, la sabiduría, la justicia y la misericordia. Y si bien, querido D-s, toda definición que se haga de ti, como dice Maimónides, queda reducida a las limitaciones del pensamiento humano y por ello es apenas un primer velo lo que logramos comprender, al menos si podemos ver y regocijarnos en tus manifestaciones. Y ser semejanza tuya, no en la forma y la acción sino en el entendimiento que vamos teniendo de las cosas. Baruj Spinoza escribía que de tus infinitos atributos, dos nos permiten tener conciencia de ti: que podemos saber más y que todo tiene una medida.

Pero, eterno D-s, ya no miramos el cielo y conceptos como lejanía, lontananza y columbrar (el primero de Walter Benjamín, el segundo del maestro Burckhartd y el tercero de Azorín) nos son ajenos. Ya nadie nos espera a lo lejos, ya lo que hay más allá y es bello no importa y poco vemos del paisaje amable que nos rodea, que tiene una historia y unos recuerdos buenos. Hoy, como los animales, miramos al piso y, en ese espacio reducido entre la cabeza y los zapatos, tratamos de ver el mundo. Y claro, nos encontramos con un espacio chico y simple, regido por la silicona (si es del caso), lo que hay en el bolsillo y los placeres con receta y pastillas.

Así que hemos perdido tu noción y en lugar de alabar tu magnificencia (todo lo que hay para que hagamos de esta vida la mejor posible), nos hemos encerrado en nosotros mismos, en lo que se corrompe y destruye, en lo que duele y enceguece, en los sueños cortos y los odios violentos. Y en lugar de agradecer, pedimos, como si ya todo no estuviera hecho y dado. Perdimos la medida (somos unos desmesurados) porque sólo tenemos miradas para nosotros y nuestras cortas razones, que no son una conciencia sino la cantidad de miedo que acumulamos. Ya no miramos el cielo, Señor D-s. Por eso no hay una estrella que guíe sino una sonda espacial que se pierde.
























85. A HIRAM

Respetado y admirado Hiram, si es que verdad usted existió. Si no, como parece más probable, asombroso Hiram. De todas maneras, el interés que me convoca es hablar de muros en este momento donde el muro que los israelíes colocan en Cisjordania causa tanto revuelo. Y como se dice que usted fue el arquitecto de Salomón y el origen del mito masón, nadie mejor para leer estas aclaraciones. Bien sabe que en el mundo han existido muros famosos, muchos de ellos objeto de turismo como la Muralla China, que comenzó en el siglo III antes de esta era y terminó en el 1700. Sus constructores, desde Qin Shi Huangdi hasta la dinastía Ming, aseguraron que era para detener los ataques de los pueblos nómades y bárbaros del Norte.

Y como sabe, Hiram, en la segunda guerra mundial fueron famosos los muros en cemento, concreto y hierro que construyeron los franceses y los alemanes para detenerse entre ellos mismos. En Francia construyeron la línea Maginot, que las Waffen SS atravesaron como si fuera papel de seda. Y en Alemania la línea Sigfrido, que fue otra caricatura de muralla. Los mismos ingleses quisieron construir un muro que detuviera submarinos y a final los rusos, en agosto de 1962 levantaron el Muro de Berlín y así la política se dividió entre buenos y malos. El caso es que en todas estas construcciones murieron miles de personas, para sumario de la historia.

Hace unos años, Hiram, los norteamericanos construyeron otro muro (que sigue en pie y más vigilado que nunca) en la frontera de México. Y éste si bien hecho, con alarmas y perros incluidos, para detener a los inmigrantes conocidos como “espaldas mojadas” y que el único peligro que representan es que son feos, pobres y chiquitos. De este muro nadie habla, a fin de cuentas los países desarrollados quisieran uno así. Entonces, querido Hiram, mejor se critica y llora sobre una malla que detiene terroristas, la de Cisjordania, por el simple hecho de ser israelí. Hiram, uno de sus maestros grado 33, del rito escocés, diría: “Hay plomadas que más parecen globos de helio”.
























86. A POIROT

Apreciado y admirado Hércules, a pesar de que usted es una invención de Agatha Christie, un personaje de novela y cuento y esto lo sitúa entre esa gente que no existe sino que se desea, para como está el mundo su presencia es de las que llamaría de primera fila. Y no porque estemos viviendo un gran espectáculo sino porque se reiría mucho con lo que pasa. Según la escritora inglesa, usted reía siempre de manera cínica, atusándose el mostacho (le moustache) y pendiente de que las puntas no hubieran caído un milímetro. Y en esa risa se habría preocupado también por el estado del vestido, la posición de las manos y haber levantado correctamente la ceja. De esa manera su risa habría tenido clase y no hubiera sido en vano. Ya se sabe: la elegancia.

Y si bien usted no fue un hombre de cabaret, como Raffles, su figura si lo era. No sé si fue intención de Agatha Christie crearle una figura muy parecida a la de un hombre de la noche y el vicio, lo que para sus investigaciones y deducciones no venía mal. A fin de cuentas un investigador privado necesita parecer un elemento extraño para ser creíble: de esa manera es factible todo lo que le pasa. Pero, querido Hércules, no me burlo de usted y sus manías, entre ellas las de mezclar el inglés con el francés belga, sino que sería muy conveniente que usted opinara sobre lo que sucede cuando a los grandes no se los investiga sino que se los deja hacer lo que les da la gana.

Esto de la investigación criminal en el mundo del cuello blanco político (Raffles lo tenía muy claro), es una situación más de novela que de prontuarios a los que se les sigue la pista. Los únicos sujetos de juicio (hayan pruebas o no) son esos vencidos que han recibido balota negra entre los suyos y ya no pueden recurrir a nadie porque sus socios han comenzado a sufrir escabrosamente de amnesia. Y este es el espectáculo, Hércules Poirot, un montón de gente (no diría que importante pero si influyente), haciendo de las suyas en el poder, la economía y la tecnociencia. Y luego creando un cabaret como el de los nazis: un sitio para olvidar tanta suciedad.


































87. A SALOMÓN
Apreciado Salomón, conocido en hebreo como mélej Shlomó y en el Islamcomo Soleymán, rey al que respetan los efrits y demás genios de labotella y de la lámpara, usted fue un rey monumentalista. La historia yla Biblia le reconocen la construcción del templo de Jerusalén, elpalacio real, el terraplén y la muralla de la ciudad además de losinnumerables palacios para sus mujeres que fueron setecientas como diceMoacyr Sliar, el auor de La mujer que escribió la Biblia. Esto sinentrar en chismes con lo que construyó para Melkis, la reina de Saba,mujer que lo sedujo bastante y de la que se dan datos en el libro de losReyes y en el Talmud. Y a esto hay que sumarle sus flotas de barcos, lasenormes caravanas y las minas de Ofir.
En buena parte, la historia se escribe con monumentos, Para confirmaresto están el papa Juan XXII, Luis XIV, Felipe II, Abderramán III,Akenatón, Pericles, Augusto, el zar Pedro, Julio II etc. Ellos hicierondel monumento un símbolo de la grandeza de sus tiempos: la granarquitectura, la cultura en su sentido más completo, la proyección delpensamiento y la inteligencia y sabiduría como resultado de lo que es elarte, la fineza y los grandes debates. Así que se puede decir, quiéncomo Salomón (usted en representación de los grandes), sus sabios yartistas, sus jueces y juicios. Todo tan distinto a lo que sucede ahora,cuando el monumentalismo es sospechoso.
Los monumentos son importantes cuando hay gente grande en ellos, no sólocomo constructores sino como habitantes y usuarios. Y aquí es donde estáel quid, querido mélej Shlomó, cuando hoy asistimos a monumentalismosvanos y desmesurados, que en lugar de generar riqueza legitiman lacorrupción, el desvarío y el reyezuelismo. Sólo hay que leer losperiódicos para encontrarnos con la desmesura de este tercer mundo dondetodo debe ser grande así lo que pongan adentro no preste ningúnservicio. Es, creo yo, el resultado de la pobreza y la ignorancia, dondese cree que el tamaño resuelve lo que hace falta. Y así se legitima elestorbo.































88. A ANDRIC

Leído y asombroso gazda Ivo, por estos días terminé de leer su novela La señorita, escrita en tiempos de miedo (1943) y en algún lugar de Belgrado que la GESTAPO, esa terrible policía de estado nazi, no logró descubrir a pesar de que contaba con el servilismo de tantos traidores. Y allí, quizás, y como dice José Antonio Marina en su Teoría de la inteligencia creadora, al referirse a la escritura y el escritor, sus dedos fueron huéspedes del caos y en ese hospedaje convivió con lo que sucedía en sus Balcanes, que ya no eran Austria-Hungría ni el imperio Otomano sino un tejido apretado de temores, podredumbres, delirios y dobles realidades. Pero, gazda Ivo, (premio Nóbel 1961) no voy a referirme a la guerra sino a la miseria espiritual.

La señorita es la historia de una usurera que después de mucho ejercicio de la oscuridad y el ahorro, logra un goce mínimo que finalmente pierde. Diría que es una santa, desde el punto de vista sartriano (leer la teoría sobre Jean Genet), consecuente con su avaricia y realizada en esa pasión desbordada de guardar, esconder, privarse del placer y pasar casi incólume por encima de lo que pasa a su alrededor. No es la caricatura de la avaricia que pintó Balzac en el Tío Goriot, sino algo más: es la miseria del querer hacer el millón invirtiendo lo mínimo, ojalá nada o tal vez su veneno contra ella misma. Es hablar poco, mirar poco, herir mucho.

Gazda Ivo Andric, utilizo el gazda (señor, en serbio) para darle el título que se merece, abundan por ahí sus señoritas, hombres y mujeres que se ahorran conocimiento, fraternidad, alegría de vivir y de esa manera se enriquecen en envidia, odio, miserabilismo y amargura. Y lo peor no es que sean lo que son, cada cual atraviesa el Drina como puede, sino esa necesidad apremiante de crearse una realidad ficticia donde su condición de señorita es lo cierto y lo de afuera es objeto de destrucción. Recuerdo a Jules Michelet, gazda Ivo, cuando en La Bruja dice: buscaban matar la naturaleza para darle muerte a la muerte. Querían una vida terrible.










89. A P. SINGER
Leído y debatido Peter, la ética no es un asunto teórico sino práctico.Y antes que una idea es un acto y no de un uomo qualunque, vencido ysin vitalidad, que buscaría sublimar sus necesidades en una fantasía,sino de un hombre egregio, con energía y dispuesto a mejorar con cadaactividad que acomete, no porque el corazón se lo diga sino porqueentiende el mundo. En cuestiones éticas no hay iluminaciones sinoacciones.La ética, entonces, es lo que une positivamente lo que soy conaquello que me rodea o sea que es la conexión que existe entre el mundoy yo y ese mundo será tan bueno o malo como yo sea. Y en esto creo quecoincidimos: somos el cielo o el infierno, el abismo o la cima. Y así nosomos el azar sino nuestra propia construcción.
La ética, estimado Peter, la podemos entender desde el ethos,comportamiento, o la moral, costumbre buena donde no genero dolor en lootro (animales, vegetales, mundo) y en el otro, ese que es de mi propiaespecie. Así que no es un discurso sino una manera de sentirme vivo yconciente de la pluralidad y la diferencia. Así, no hay ética entreiguales sino entre diferentes y el especio ético no es el que vivo sinoel que comparto con otro distinto a mí, buscando aprender de él yencontrándome en él. Como dice usted en su libro Una vida ética, que esuna antología de sus mejores textos, si estoy en el otro comienzo a serético.Hoy sabemos, después de muchos siglos de cometer errores, que larealidad se construye mínimo entre dos (así ninguno fabula) y que nohay un hombre completo sino hombres que se complementan y crean launidad. Y como dice usted, Peter Singer, hay que dar la caradesnudándonos y no escondiéndonos, hablando de lo que hacemos y no de loque sabemos. Hay gente que sabe mucho y de nada le sirve saber porqueeso que sabe no lo hace humano. Hay mucho saber y poca inteligencia,porque de nada vale tener conocimientos si no nos sirven para vivirmejor. Y algo más triste: el conconimiento propio es vano si no mejora alos otros y se amplía en ellos.
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90. PARACELSO

Leído, estudiado a medias y a veces confuso Aureolus Theophrastus Bombastus Paracelsus, doctor en medicina, teología y utriusque iuris, además de conocedor de elfos, hadas y seres invisibles, usted fue uno de esos personajes desconcertantes y huidizos de los que habla la historia más en calidad de ficción o producto de un exceso de paranoia que de honorable ciudadano. Como pasa con el conde de Saint Germain o Ahásverush, clasifica en el desorden. Sin embargo se da por cierto que usted renovó la ciencia farmacéutica y el fue el primer profesor universitario que dejó el latín para comenzar a dictar sus clases en alemán, lo que incrementó el número de alumnos y el de colegas abochornados por su acción antiacadémica. ¡Vae victis!.

De usted, Aureolus Theophrastus, han dicho que fue un medico genial y erudito, un charlatán ignorante y vendedor de pócimas, un astrólogo, un pactante con el diablo y hasta un hijo de la simiente podrida de Asmodeo, o sea una mezcla de íncubo y religiosa, pero lo cierto es que sus teorías fueron las bases para el racionalismo de la ilustración (el mismo Kant bebió de sus fuentes) y la medicina experimental moderna. Su único pecado fue la diferencia, el no vivir en el mundo extrañamente feliz de los clones ni en el espacio de los amaestrados, como ahora tanto se predica. Usted, fue un buscador, un criador de preguntas, un hombre del Renacimiento.

Pero, y en los peros es donde está la desgracia del siglo, al final lo clasificaron a usted, Bombastus Paracelsus, como un desquiciado, uno de esos personajes buenos para una fiesta de locos que al fin se volvió místico para que al menos D-s lo entendiera. Es que para esos días (siglo 16), como pasa igual hoy, política y crecimiento personal (ficción, egoísmo y narcisismo), cortesanía y canallada, el poder se legitimaba en el conocimiento mínimo y torcido de la ignorancia titulada, de esa que delira frente a los espejos, miente y traiciona. La inteligencia es un imperativo categórico, como diría Kant, un hecho moral digno de ser imitado. Pero, si no viene ab ovo…
























91. A OKAKURA

Admirado y asombroso Kakuso, abunda en su nombre la letra K y no sé si esto sea una señal. Para lo que me propongo, supongo que si, porque en hebreo tradición se manifiesta en la palabra Kabaláh y la letra inicial, la ka (kof), tiene un valor de cien, lo que indica uno entre los mundos, lo que legitima ya (o prefigura) el monoteísmo. Y si bien usted no es judío sino japonés (o sea politeísta), para el efecto da lo mismo: el hombre es por la conexión lógica con las personas y cosas que tenga en su entorno. Pero no en la condición de tener sino de entender. Y el entendimiento es la revelación, la iluminación, el hacer que un saber tenga sentido con relación al otro. Hay gente que sabe pero no está iluminada, o sea, carece de entendimiento.

En El libro del té, texto suyo Kakuso, usted plantea tres cosas: 1. Lo importante no son las grandes cosas sino las pequeñas. Estas son más abundantes y variadas y por ello proporcionan mayor conocimiento y a la vez más mundo. 2. Más importante que enseñar es aprender, de aquí que el mejor maestro es el que está estudiando, aprendiendo de sus errores y de las mejoras de sus aciertos. 3. La delicadeza y el ritual son la base de la vida. Y la vida es con los demás y no con uno mismo, es decir, está en el espacio público y no en el privado. Se vive allí donde hay tradición y movimiento. Perdida la tradición, se pierde lo que da el sentido.

¿Y dónde está la importancia de esa tradición? En algo tan simple como el ritual del té, donde hay color, encuentro, delicadeza, arte, coloquio y al final rememoración del arbusto del tay (de donde viene tee), que tiene raíces abiertas, tronco fuerte, hojas finas y da sombra fresca al que descansa. Y esas hojas son como Mil grullas, la novela de Yasunari Kawabata, donde la vida fluye a partir de una mancha negra que rodea un seno. Porque todo es un renacer, Kakuso Okakura. Pero hoy pocas cosas renacen y entonces el tiempo deja de tener sentido para convertirse en una línea donde no hay descanso ni ritual ni delicadeza. Sólo gente que se evade.

















































92. A NEWTON


Admirado y asombroso Isaac, además de sus escritos sobre las leyes de la gravitación y las matemáticas, sus aciertos en torno a la física y los daños que se hizo en los ojos hundiendo en ellos una aguja para presionar el globo ocular y así entender más sobre el funcionamiento de la luz y los colores, hay en usted algo más maravilloso y es su maleta. De este artilugio, llamado en griego moderno balicha, que se escondió por tanto tiempo para no desacreditarlo, da razón Peter Fischer en el libro La otra cultura. Y no como una curiosidad o parte de su vestuario y bienes móviles sino como el real sentido de sus búsquedas: siempre hay algo más.

En su maleta, querido Isaac, había apuntes sobre alquimia y teología. Y no meras reflexiones o notas burlonas sino teorías enteras, cojas e incoherentes en muchos puntos, pero no por esto menos maravillosas, en las que usted trató de encontrar una respuesta a las transmutaciones y al sentido de D-s en el universo. Siendo usted un científico, un hombre cerebral, también se dejó llevar por lo que presuntamente no tenía razón o era casi una locura (los procesos alquímicos) o le faltaba más contenido racional (como en el caso de D-s para ser mejor entendido). En otras palabras, la ciencia positiva (comprobada) no le impidió sentirse confuso.

Hoy vivimos las épocas de las precisiones y el desprecio por todo aquello que no es gestionable. Y asumimos la exactitud como una verdad, viviendo así en círculos más estrechos donde la certeza (la pequeña porción que tenemos) la damos como un todo y un único. Y aquí es donde nos ahogamos, Isaac Newton, porque trabajamos sin sueños y bajo dosis intensas de intolerancia. Buscamos respuestas fijas y computables y dejamos a un lado la imaginación y lo que Umberto Eco llamó el pensamiento laberíntico, ese que no está codificado pero que sigue siendo asombroso porque nos dice que falta mucho para entender la certeza de algo.


































93. A CONRAD.


Leído y releído, Joseph, vivimos tiempos explosivos y terroristas. Y si bien las explosiones y las masacres no son novedad en la historia de occidente, donde la constante ha sido el miedo y el terror, si asustan más las de hoy debido a la magnitud de los hechos y al ruido que hace la información y la manipulación de ésta. O sea, Joseph, que no sólo asistimos al horror sino a la incertidumbre. Usted, que fue marinero y polaco (luego se hizo británico y escribió en inglés), sabe qué son estas dos palabras. De hecho las aplicó muy bien en su libro El agente secreto, quizás la mejor reflexión literaria sobre el mundo de los terroristas (los de bomba y los de información) y las estrategias que usan para que a todos se nos encoja el estómago.

Albert Camus escribió una obra de teatro titulada Los justos en la que también aborda el tema del terrorismo y la anarquía, filosofando sobre los criterios que asisten a quien ejecuta un acto terrorista. Pero este escritor argelino se queda de un lado (el existencialista), lo que no sucede con usted, Joseph, que profundiza en los intereses de la víctima y el victimario, haciendo que uno y el otro se necesiten para confluir en un punto común: el uso desmesurado del poder y la desinformación, lo que permite la caza de brujas y la creación neurótica de chivos emisarios y, a la vez, la propagación de víctimas a las que se les permite una exagerada autocompasión.

El acto terrorista, desde el siglo XIX, se usa para hacer propaganda y esconder muchos errores cometidos y, paralelamente, permite y legitima la represión del Estado, que aprovecha el hecho para irse contra sus enemigos naturales y dar justificación a sus paranoias. Querido Joseph Conrad, vivimos en El corazón de las tinieblas, donde uno usa el terror y el otro lo aprovecha. Y así el hecho demencial (la gran explosión sufrida) se usa para generar más terror, que es lo que busca el terrorista: que la víctima se convierta en victimario. Y, como dice George Steiner, la venganza y el odio a la humanidad nos hacen los seres más peligrosos de todos.











94. A KANT

Leído, estudiado y a veces confuso Inmanuel. Quizás por culpa de los traductores o debido a las correcciones que tantas veces hizo usted a su obra o porque cuando entraba en cuestiones teológicas y políticas se enredaba como cualquiera que pise esos asuntos donde el umbral entre ficción y realidad es engañador, movedizo y traicionero, usted no es fácil de entender al primero y segundo golpe. Como pide el Antiguo Testamento (kadosh, kadosh, kadosh), hay que intentarlo a partir de la tercera vez y ahí ya comienzan a clarear sus tesis, para beneficio del lector y grandeza suya. Así que esa confusión previa, como el caos que antecede al orden, como los golpes que afinan el acero, es el elemento necesario para valorar su propuesta.

Pero su confusión a priori no viene al cuento. Lo que me interesa ahora, en estos tiempos torcidos, es aquello de los imperativos categóricos, su ley moral exacta, que Ernst Cassirer, en el libro Kant, vida y obra, interpreta como obligaciones morales inalienables e inevitables, es decir, como principios básicos que justifican el estar ordenadamente vivo dentro de sí y en calidad de modelo moral para los otros. Como dice usted, Inmanuel, el criterio moral debe imponerse sobre la acción así como la razón debe estar por encima de la voluntad de una forma incondicional y necesaria, dejando de lado cualquier deseo meramente subjetivo.

Pero, por lo visto, sobre todo en política y economía, ya no se expresan los deberes que han de cumplirse por sí mismos (eso que no agrede ni me agrede) sin buscar otra finalidad que sentirse bien moralmente. En lo que vemos y oímos, no existe esa ley de la razón práctica que prescribe que, antes que algo concreto que hacer, es más importante la manera y la forma de actuar. Inmanuel Kant, ya se ven pocos hombres-reloj como usted. Su ética, este sentirse necesariamente bien para hacer algo, es más un rey de burlas. La paranoia, los sicópatas, el miedo terrible, están haciendo perder el más grande de los dones: saberme bueno porque estoy en orden.


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95. A HEMINGWAY.

Leído y releído Ernest, he vuelto de nuevo a su libro Las verdes colinas de África, ese texto maravilloso que es una historia cierta presentada como una novela. Y al leerlo otra vez, he recordado el país en que vivo. Y esto que parece un absurdo, pues cómo recordar algo estando en él, no lo es tanto. En este país de propaganda reeleccionista, impuestos alarmantes, caos legislativo y carencia casi absoluta de pasado, porque aquí se evita la historia y así todo se da por generación espontánea, uno vive y no vive, o sea, que está en estado gaseoso y la realidad nacional, viejo truco politiquero, es un yo-yo que se mueve torpe entre las ramas de una gran selva. Pero no como la que usted narra, sino que más parece una mala lujuria.

El matarratón, como supongo que usted supo en Cuba, es yerba mala que se usa como cercado. Y que aquí se multiplica acabando con las especies y obedeciendo a los dictados de asesores internacionales, traficantes de teorías en inglés (en slam) y manuales de obediencia ciega (o de political faith, como sería el real término). Y entonces, frente a la nueva fauna, ya no hay selva, ni colinas ni llanuras sino un desfile de gente que miente, oye voces y tiene revelaciones mientras se mueve obedeciendo y cumpliendo normas de algo aparece como el evaluador y que no se sabe qué lo acredita para evaluar. Digamos que es un robot armado.

En su libro, Las verdes colinas de África, se cuenta la historia de una búsqueda. Y en el país que ahora recuerdo, se debe contar la historia de una pérdida. Y eso que se pierde es la moral y la dignidad. Y como ya no hay verde (a excepción de los que se matan uniformados), la desesperanza crece y en esta confusión comienza el descreimiento. Usted al menos, Ernest Hemingway, creía en un pez grande que, aunque devorado por los tiburones, podía certificar su esqueleto. Yo, cuando recuerdo el país en que vivo, que nunca ha sido el que me enseñaron, encuentro que ya no hay ni huesos. Sólo una palabrería que crece como el gran Burundú-Burundá.


96. A CERVANTES

Leído y repasado don Miguel, tiene usted sus aires para mantenerse vigente y, como dice mi mamá, se lo ve con ánimos (como si conservara aún esa novia nueva, joven y criadora de gallinas) y sin necesidad de tinturas ni aguas ferrosas. Pero no voy a tratar sobre posibilidades de momificación ni procesos criogénicos, sino acerca del lenguaje. Y éste, como sostiene Wittgenstein, no es sólo una serie de sonidos tejidos para expresar ideas simples o complejas sino también el medio para determinar la extensión del mundo. Hoy sabemos que el habla es la que establece el tamaño de los espacios donde nos movemos y, de acuerdo a los nombres y definiciones que sepamos, así son de amplios o de estrechos. Es que si hay palabras hay cosas, como decía Filón.

La sociedad moderna (en el caso de que estas dos palabras todavía existan), se caracteriza por la carencia de palabras y la abundancia de ruidos y onomatopeyas, lo que ha hecho del oído y del yunque unos sitios donde rebota lo que llega y así se llena el cerebro de desperdicios. Y es que no se piensa como debiera porque se lee poco y se habla mal. Y algo más atroz: en lugar de hablar correctamente se usan palabras multiusos, gestos repetidos y caras de amenaza. O sea que ya no nos expresamos sino que nos agredimos y en esa agresión construimos mundos ínfimos, donde no hay paisajes sino muros y en los que la palabra se convierte en un martillazo.

Don Quijote es un espacio amplio porque habla, recomienda, sueña, reflexiona y hace de la locura un territorio confiable. No es un loco peligroso sino un loco sabio, o sea que es al revés de lo que pasa ahora. Y en las palabras que dice, que van en orden y en crescendo, aparecen las posibilidades. Pero ya no se habla para crecer, don Miguel de Cervantes Saavedra, sino para abrirse camino, como si la boca fuera un pito. Y en esos alaridos, chillidos y pitazos, lucimos la ignorancia y, como consecuencia, la ceguera. No sé que diría Sancho de esto, pero lo supongo: es que donde ya ni se silba cómo se va a aprender a volar y a poner huevos.



97. A DALI


Visto, leído y asombroso Salvador, por estos días usted está de aniversario, hecho este que seguro despreciaría porque uno no debe ser recordado por fechas (generadas por el azar) sino por las obras o, como en el caso de los griegos, por florecimiento. Se florecía cuando uno era reconocido, es decir, al momento en que las construcciones del sujeto comenzaban a ser importantes para la comunidad y la ciudad. Pero no le voy a hablar de florecimientos, palabra ésta que admite interpretaciones cubistas y surrealistas, sino de percepciones de la realidad en un momento en que los derechos humanos están torcidos y en proceso de desleírse, como sus famosos relojes, querido Salvador. Es que cuando los buenos resultan ser los malos, los valores se invierten.

Billy Wilder, refiriéndose a Marilyn Monroe, decía: “Ella es un infierno, pero vale la pena”. Y de esta manera catalogaba una inversión en la percepción de la realidad. Igual que en sus cuadros y bigotes, querido Salvador, donde las cosas existen pero de otra manera y a partir de ahí el mundo deja de ser en su manera clásica para ser entendido desde otras formas, estas más delirantes y con una dosis grande de revés. Recuerdo su cuadro de Gala seducida por el cisne donde usted sería Zeus y ella lo que es y no es. También me viene a la memoria el cráneo de un novillo en medio de un desierto que se mueve y que, bajo la otra realidad, ya no es una extensión desértica sino un aire contaminado y esos huesos no están muertos sino vivos.

Querido Salvador Dalí, dicen que a usted se debe ese ojo cortado que aparece en El perro Andaluz, aunque otros se lo dan a Luis Buñuel que también tenía un ojo malo, pero importa poco de quién sea el ojo, lo que interesa es que por un ojo así, surrealista, nos están tratando de mostrar la realidad, la historia y los acontecimientos políticos. O sea que ya no es lo que vemos sino lo que la propaganda quiere que veamos. Y el mudo entonces cambia, se disuelve y ahí aparece usted como profeta de estos tiempos donde los buenos que son malos se ven ya como unos santos.


98. A MOMO

Querido, divertido y bailarín rey del carnaval, las trompetas suenan y se levanta la copa en honor a lo que sea. Y si no hay copa, entonces la celebración se hace encendiendo los televisores en la madrugada La magia de las fiestas báquicas (que podrían ser bacanales, carnestolendas o meros exorcismos a la figura del diablo) no es otra cosa que darle valor a sueños, deseos y escapes. Y salir a lucirlos durante determinado tiempo para que la vida no sea tan dura o tan seria. Sabemos querido rey que es necesario sublimar miedos y desviar la atención de aquello que atormenta. Desde los griegos y los sumerios, con sus desbordes y desmedros, lo tenemos claro: hay que darle valor a los mínimos para, por un momento, sentirnos ricos y libres.

Por estos días, querido rey del carnaval, los príncipes se casan con plebeyas y estas noticias incrementan lo dionisiaco que pregonaba Nietzsche: al desorden natural propiciado por la mentira legitimada y las excusas inexcusables de guerras que son infiernos, se le agrega ahora las fiestas de matrimonio de las casas reales en las que algo sin valor de uso (un príncipe bien peinado unido a una mujer del común que luego será una reina de naipe), también hace su reality, que es corto pero tiene la misma intención de esos otros shows en los que unos que posan de aventureros se cuecen al sol y compiten con los peces: seguir con un carnaval ficticio.

Y no es malo, querido rey Momo, que haya fiesta y alienación. A fin de cuentas la realidad, como evidencia, es algo de lo cual hay que escapar cada tanto. Pero, amable rey del carnaval y la fiesta de locos (en la edad media se la llamaba de tontos y burros), lo triste de esto es que nos estamos divirtiendo con ser meros espectadores. Miramos la fiesta, vemos lo que hacen otros, y participamos como fantasmas pasivos, pobres y excluidos. Ni siquiera como el Vadinho de Doña Flor y sus dos maridos, que al menos le sacó partido al estar muerto. Estamos peor: asistiendo a fiestas ajenas en calidad de voyeurs, logrando así los placeres tristes del que está abandonado.


99. A POLIFEMO.

Recordado, mítico y mal herido cíclope, vivimos tiempos de un solo ojo. Pero no de un ojo como el suyo, que le valió para transitar por el mito griego y los viajes de Simbad, mirar el paisaje marino sembrado de trirremes con suculentos marinos a bordo y cuidar de las ovejas que pastaban en su isla hasta que Ulises le quemó el ojo (otras versiones aseguran que hubo más mala leche y se lo atravesó con una estaca que tenía brea encendida en la punta). Un ojo así, de esa calidad y propio de un gaviero, ya no existe. Hablo entonces del ojo solo de nuestros gobernantes, asesores y tanta del común que no sólo tiene un ojo sino una oreja, una mano, un pie, la lengua alborotada y quizás un solo hueco en la nariz. Y mejor no seguir con el inventario.

Cuando yo era un muchachito conocí una versión de D-s representada por un ojo metido dentro de un triángulo. Ya mayor, supe que D-s no mira a nadie, que sólo está presente de manera inefable (sin posibilidad de definición), quizás riéndose de la gente de un ojo, a la cual los alemanes le inventaron el monóculo. Pero esta lente no le sirve a nuestros mono-ójicos que sólo ven en una dirección, oyen una sola cosa y dan (regalan) la única mano mientras se sostienen en un sólo pie. Y así, alucinando, opinan y venden el país en nombre de tratados abusivos que, vistos desde esa única visión, se promueven como maravillosos y no como realmente son: saqueo de recursos naturales.

Por los tiempos de la colonia hubo un tal Juan de la Cosa al que le faltaba una prenda de cada dos. Dice la historia que este señor defendió a Cartagena de ser saqueada por otros piratas como él (o sea que defendió el botín). Y don Juan, como usted Polifemo, tenía un ojo. Es posible que de él desciendan nuestros cíclopes locales, que sólo ven sus intereses, no sueltan lo que tocan y saltan en el mismo punto. Y la oreja, supongo, se les llena de pelos y cera para no escuchar. Pero, bueno, vivimos tiempos de un solo ojo, un pensamiento único legal y un modelo democrático esencial: obedecer para que no nos pase lo de Irak. Vea Ud.


100. A MORAVIA.

Querido, releído y todavía asombroso Alberto. He vuelto a mirar su libro El conformista y, a consecuencia de ello, he recuperado conceptos como spleen y ennui, que tienen que ver con el tedio, el vago esperar y, en términos de George Steiner, grisáceo desfallecimiento (posible fantasma, humor violento). Y con estos conceptos, también, una frase de Teóphile Gautier, citada por Steiner en En el Castillo de Barba azul: “plutôt la barbarie que l’ennui” (antes la barbarie que el tedio) Y bueno, a pesar de que los conceptos y la frase pertenecen al siglo XIX, me puedo hacer a una idea de tantas cosas que pasan y nos llegan, como dice Eduardo Galeano, desde un televisor que muestra un televisor y éste a otro y así, como en un infinito juego de espejos reflejados.

El conformismo no consiste en aceptar lo que sucede sino en dejarse deglutir lentamente, por esto que pasa, sin protestar ni emitir un quejido. Hay mucho de masoquismo en esto y, al mismo tiempo de impotencia, pereza y vencimiento. Pero también de barbarie, porque no responder a lo que hay, dejando que las cosas sigan como van (por lo común por fuera del curso que deberían llevar), es una acción que coloca a la docta ignorancia (al no querer ver) por encima de la evidencia; es un acto bárbaro, es decir, destructivo. Y en esto de destrucciones (autodestrucciones), usted Alberto planteó muchas cosas en La romana, La campesina y Dos.

En un mundo televisivo como el que nos asiste, donde se cumple lo de Gautier, el tedio del conformista, que está cansado y hace gala de un humor violento, es reemplazado por una inmensa carga de barbarie, venga esta de guerras, realities, mentiras, alienaciones, espacios light o grandes ignorantes que, mediatizados, esparcen su simiente vacía sobre millones de espectadores que admiten como certeza el abismo que se les plantea. Como ve, Alberto Moravia, seguimos en un delirante estado de posguerra y neorrealismo, pero no para reconstruir sino para seguir destruyéndonos. Quizás esto se deba al tedio (spleen, ennui) que proporciona el cansancio.




101. A SCHOPENHAUER


Estimado, leído y a veces asustador Arthur. Por estos días he releído su libro sobre Arte del buen vivir, en especial el capítulo II que habla De lo que uno es. Y en este punto usted, un filósofo pesimista y en ocasiones misógino terrible, establece que la condición humana es siempre algo más de lo que parece. O sea que no se queda en la percepción sino que va más allá (para su tiempo esto era filosofía y hoy es psicología, es decir, antes se pensaba que era así y hoy ya sabemos que ciertamente lo es) porque hay algo que está por encima de la realidad. Y ¿qué es esto que uno es? Según usted y Carlos Gustavo Jung, que estudió bastante sus libros, uno no es lo que representa ni lo que le ha sucedido, sino la manera de sentir las cosas.

Y en esto de sentir, es decir de interpretar como actor o simple espectador, la realidad básica cambia y hasta se confunde con esa otra creada por el deseo (que es la fuente de la mentira), determinando entonces que no soy lo que fui o soy sino lo que quiero ser en el momento. Vistas así las cosas, es muy difícil, entonces, saber quién es quién. Por ejemplo, veamos el caso de Saddam y Bush que ahora se enfrentan, cada uno definiéndose por lo que siente y estableciendo principios de realidad desde ese sentir. Querido Arthur, no es fácil un juicio así, porque (desde el sentir) lo que se haga siempre será una injusticia para el contrario. Es cuestión de narcisismo.

Para los días que vivimos, cuando las realidades sentidas (confusas y psicópatas) se enfrentan, la certidumbre de algo deja su carácter objetivo y, como usted bien explica, se asume lo subjetivo, esto que está regido por el deseo producido por el sentir, y así toda certeza es un yo herido donde no hay pasado ni futuro sino un presente condicionado por lo que quiero ser. Como ve, Arthur Schopenhauer, su pesimismo se justifica: mientras el valor máximo se lo demos a lo que sentimos (lo que legitima el estado de naturaleza), dejando a la razón como espectadora, el mundo no es lo que es sino un juego de interpretaciones emocionales. Y así perdemos todos.


102. A RAFAEL

Querido y muy admirado Rafael (llamado Rafaello Sanzio), es usted famoso por sus madonas y en especial por su Madona Sextina, de la que se desprenden todas las demás imágenes clásicas de la Virgen. Y también su fama se debe a que en sus pinturas se ven el color y la elegancia que se mezclan con el mito y la creencia. En su obra no se ve el dolor que se nota en las pinturas de Leonardo ni los demonios que asistieron a Miguel Ángel. Pero no voy a hablar de lo que usted representó para el arte sino de su relación (factible) con los Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de Neruda. Usted, Rafael, como dice Vasari, se entregó de tal manera a los placeres amorosos hasta que, a los 37 años, murió extenuado.

Morir de amor es cosa que ve se poco en nuestros días, en el sentido que el Romanticismo le dio a esta necesidad de ser querido y puesto en un pedestal de mármol. Pero abunda si asumimos esa muerte de amor de acuerdo con la vida posmoderna y apocalíptica, en que ya la morte d’amore no es cuestión de un corazón solitario o ausente sino de sistema de inmunológico. Yo creo que a usted le sucedió algo de esto último y que de nada le valió llamarse Rafael (que quiere decir medicina de D-s) como el arcángel que venció al demonio. A usted, querido amigo, le sale más aquello de una canción desesperada: En tí se acumularon las guerras y los vuelos…

En el Renacimiento (palabra que se le otorga a Vasari y Sandro Botticelli) hubo dos clases de amor: uno en el que el ser amado es burlado por cupido, lo que lleva a pensar en la Beatrice de Dante. Y otro más voraz y peligroso como el que se canta en los poemas eróticos de Pietro Aretino, que traían sus debidas ilustraciones. Este último tipo de amor fue el que le comió la sangre, querido Rafael. Y aquí es donde aparece Neruda de nuevo, pero no cantándole a los enamorados sino protestando contra la imaginería del capitalismo que todo lo convierte en un objeto de consumo, incluso el amor. Entonces nos morimos de extenuación, aunque la palabra es muy bella.


103. A MOORE

Querido, varias veces visto y asustador Mike, hay cosas que ya el terrorismo ha logrado: sentir miedo todo el tiempo y, en este sentimiento, desarrollar toda clase de paranoias y tendencias a la destrucción, sea del otro o de nosotros mismos. El miedo es una industria próspera, como dice Eduardo Galeano y este ítem (el miedo) es agenda permanente en cuestiones de Estado y asuntos privados. Y a la vez es un fantasma, porque sentimos miedo pero no sabemos dónde está ese miedo y entonces el terror (proveniente de cualquier tipo de grupo escondido, sea económico, de salud o armado) fomenta todo tipo de desmesuras e irracionalidades. Igual en las fortalezas de Amberes, de las que habla W. G. Sebald en Austerlitz, nos armamos y somos burlados.

En documentales como Fahrenheit 9/11 (sobre la neurosis Bush) o Roger &me (la pobreza y la violencia que aparecen cuando se cierran las fábricas), usted, Mike, descubre las raíces del miedo en los Estados Unidos, el país que más temor siente porque, volviendo a las fortalezas de Amberes que menciona Sebald, es el centro que más tienta a los que quieren hacer daño. Y, a la vez, donde más miedo se cría porque la magnitud de la obra de defensa hace prever todo tipo de enemigos terribles. Y si a esto se le agregan reality shows (donde lo único que queda es el cuerpo), la presencia del Big Brother que todo lo vigila y películas de ficción promocionando destrucción…

No sé si usted sea un manipulador de información o un paranoico más, Mike (Michael) Moore o un poseedor de la última verdad. Lo cierto es que sus documentales, al contrario de los de Eisenstein en México insurgente, Capra en las invasiones por mar en la II Guerra Mundial, Riefenstahl alabando la Alemania olímpica y nazi, Welles en el Brasil del carnaval (donde se alentaba a la victoria y la alegría), muestran la derrota programada y la estrellada del imperio. Y el miedo a estar vivos en un planeta donde hay más rifles que palabras, más bombas que vacunas y más gente desesperada que dispuesta ayudar. Mike, ¿existe también spiderman?.


104. A MATUSALÉN.

Querido y casi conocido personalmente, Matusalén. Digo esto porque, con los años que usted vivió, 969, y siendo hijo de un padre (Enoch) que no murió sino que subió al cielo, si hubiera nacido en la Edad Media es posible que lo hubiéramos visto en alguna foto de prensa o en algún documental de la National Geographic. Pero de usted se habla sólo en el Génesis y en unos días en que apenas si había algunos grabados de piedra. Y en los que la gente duraba mucho, no se sabe si porque comían de todo y estaban lejos de ser presionados por exámenes médicos, cursos de pre-jubilación, pensiones insuficientes y noticias permanentes sobre el fin del mundo. Sus tiempos, querido Matusalén todavía estaban limpios.

Lo que yo me pregunto de usted, es cómo habría sido tildado hoy en día por ser un judío de tanta edad. Quizás la ONU dictara una resolución invitándolo a morir y a no seguir dando el mal ejemplo de no haberse dejado matar mientras estuvo despierto y dormido. Porque, esas pieles que usted mantenía en el cuerpo amigo Matusalén, de las que habla Isaac Bashevis Singer en un cuento maravilloso, detuvieron al Ángel de la muerte miles de veces, o sea que le sirvieron de muro. Y esto, protegerse contra los que me niegan el derecho a estar vivo, sería ahora un crimen. Entre más se vive, más se aprende, de esto supo usted demasiado. Los suyos fueron 969 años lunares vividos.

Pero hay algo peor en nuestro mundo: si denuncias que te quieren matar, también es malo hacerlo. El llamado de Sharón a los judíos franceses de venirse a Israel para estar seguros, ha molestado bastante. Y ha molestado porque ha puesto en evidencia que ser judío en Europa es un peligro y que para el judío el lema de libertad, igualdad y fraternidad es una frase que lo excluye. Ya decía Hannah Arendt, lo único que defendería a los judíos sería un ejército judío. Arthur Miller, en su libro de memorias, Vueltas al tiempo, lo tiene claro. Así que querido amigo Matusalén, fue una suerte para usted vivir en los tiempos del Génesis. Allí la vida todavía era algo asombroso.

105. A LEÓN M.

Querido León (mein lieber Freund), utilizo la expresión en alemán para dirigirme a vos porque esas tres palabras entrañan un sentido muy profundo cuando se trata de identificar a alguien que es confiable para uno y así, en la seguridad de que el otro (en este caso, vos) es un espacio seguro, me alegra o me duele lo que a vos te alegra o te duele. Mein lieber Freund (mi querido y preferido amigo) tiene un posesivo, un adjetivo que compromete y la palabra amigo (Freund), el sustantivo, escrito con mayúscula. Creo que sin esta clave (la mayúscula) la amistad no tiene sentido. Entonces debo comenzar diciendo mein lieber Freund, León, estoy con vos en la vida que es la única certidumbre que nos permite identificarnos y admitirnos.

Cuando Antoine de Saint Exúpery comienza El principito, dedica la obra a León Werth, recordándole precisamente la vida en términos de infancia y de madurez, o sea, como un recorrido inevitable dónde lo único lo único posible de construir con dignidad es la amistad, ese lugar donde uno es de la misma especie que el otro y por eso puede decir y hacer lo que siente sin temor a ser rechazado o agredido. Esto es difícil de entender en un mundo donde los amigos son tan escasos como los diamantes negros. Y en el que hablar de la vida como único recurso es casi un sinónimo de tontería. Sin embargo, lieber Freund León, hay que apuntarle a eso: a que estamos vivos.

A mi me da miedo dar pésames, León M. Es que me invade una gran tristeza. Entonces los evito o los hago tardíos. O como dice Thomas Bernhard, en El sobrino de Wittgenstein, me hago a la idea de que no hay tumbas sino más bien un sitio de reunión donde alguien me espera para darme un abrazo. Pero todavía no voy porque quiero llegar con un abrazo más fuerte. Le huyo a los pésames, mein lieber Freund, pero al cabo los doy. Cosas así las entiende un amigo, ese que es como yo quiero ser y, en palabras de Hörderlin, me asegura el entendimiento, la comprensión y la belleza que contiene esa realidad que es el mundo y el tiempo: las Hayyot de Maimónides.


106. A GRAVES

Querido, leído, discutido y asombroso amigo Robert, vuelve el mundo griego a estar en la opinión pública. Y se da la floración. Recuerdo que entre los griegos clásicos nadie tenía una fecha de nacimiento sino de florecimiento, es decir, de aparición en la comunidad a partir de hechos concretos realizados que les permitieran iniciarse como un modelo moral. Así, Sócrates florece con sus primeras discusiones filosóficas y Aristóteles con sus propuestas lógicas. Este florecimiento permitía el ingreso a la historia, a la tradición oral y al inconsciente colectivo. Por esta razón, quizás, Diógenes Laercio escribió La historia de los filósofos ilustres algunos siglos después de que éstos habían muerto. Es que se florecía para vivir en la memoria del pueblo.

Usted Robert, que escribió tanto sobre el mito y la esencia del mediterráneo (La hija de Homero, Los mitos griegos, Los mitos hebreos etc.), descubre que uno de los momentos más importantes para los florecimientos fueron las olimpiadas, estos juegos donde el cuerpo y la mente se manifestaban en toda su plenitud y potencia para que los dioses se disputaran a los mejores hombres y de allí nacieran después héroes y semidioses. O algo más importante aún, La Paideia, esto que es la cultura, no como un Volkgeist (alma popular) sino en calidad de una mejora a las costumbres y al desarrollo del pensamiento. En términos de Alain Finkielkraut, un avance.

Usted Robert Graves, que antes que inglés más pareció una versión buena de Leviatán, descubre que existe algo muy importante en las culturas y es el uso y el abuso del Soma, aquel vapor o elemento comible a través del cual el hombre entraba en contacto con la divinidad. Esa era la base de los misterios Eleusinos donde el único macho presente fue Dionisos. Claro que el Soma moderno no es para entender la inmensidad sino que sirve para agrandar la propaganda, adormecer con exceso de información y cubrir errores políticos. Esperemos, querido amigo Robert, que estas olimpiadas nos crezcan y no sean sólo una estrategia para vender zapatos tenis.




107. A MIDAS

Conocido y mitológico rey, los tiempos de aquello que se tocaba y se convertía en oro, como dice su mito, ya no existen ni siquiera a nivel de fantasía. Y es que ahora la imaginación no da para eso en un mundo en el que, para la mayoría, deber y convivir con la pobreza (o algo peor, con el miedo a ser más pobre) es una constante, una obligación comercial y una condición ciudadana. Y no es que el hombre se haya enseñado a deber dinero o a carecer de conocimientos amplios sino que el sistema económico y político lo ha obligado a caer en esta situación infame. Y así, Midas, lo que toca el sistema en lugar de convertirlo en riqueza lo transforma en peores niveles de vida. Hablaríamos, entonces, de un sistema que contagia, enferma y, si es del caso, mata.

En América Latina, donde el fracaso es una constante (he ahí una razón fundamental de la violencia y de las trovas), los sistemas políticos (todos en un congelado estado de subdesarrollo) se encargan de empobrecer sistemática y violentamente (a punta de alcabala) a sus ciudadanos, tanto económica, saludable como mentalmente. Es que si no hay futuro se piensa mal, crecen las psicopatologías y abundan los iluminados. Eso del talento en la pobreza, como soñaban los románticos, ya no lo creen ni los que persisten en encontrar en las doctrinas del Buda la manera secreta de respirar para obtener vitaminas y proteínas del aire y la energía de la tierra.

Cuando el sistema toca lo que queda (porque no se detiene ni ante los restos) y en ese toque máfico genera desespero, los deberes y los derechos humanos desaparecen, se alienta a la subversión y se legitiman todas las formas de corrupción. Nunca ha estado la solución en quitar sino en gobernar, pero el gobierno, como la ética, sólo funciona cuando las necesidades básicas están cubiertas. Es interesante, rey Midas, esto de tocar para transformar. Pero en nuestro medio es terrible, porque el toque, como el de los malos futbolistas, produce goles en contra, silbidos desde la tribuna y una creciente desobediencia. Y no es cosa del diablo, que quede claro.


108. A FLAMEL

Por estos días de transmutaciones inverosímiles, recordado Nicolás. Fue usted un gran alquimista, autor de varios textos crípticos sobre lo impuro y lo puro y santón venerado en Praga, donde los de su oficio (transmutadores del plomo en oro) llegaron a tener su propia calle. Se dice que los humores del plomo, que son tan venenosos como los del mercurio y el cobre, hicieron de ese sitio un lugar habitado por gente amarilla y seca. Kubin, el gran dibujante checo, dejó un buen testimonio de lo que allí pasó. Kafka también contó algo. Pero no trataré sobre esta calle de alquimistas convertida hoy en un mero paseo de turistas. No, mi intención es hablar un poco de la Al-Kimiya o Negro del Nilo (alquimia), actividad que vuelve a ganar prestigio.

Se dice que usted, Nicolás, aprendió el oficio de Abraham el judío, un excluido español, quien le enseñó los secretos de la transmutación y todo lo concerniente al uso de retortas, opus nigrum y huevos filosofales. Y que luego de enseñar lo que sabía, desapareció misteriosamente, dejando todo ese conocimiento mágico en poder suyo, Nicolás. Pero algo faltó o usted no entendió bien, porque esto de convertir lo malo en bueno o lo negro en blanco no le fue posible hacerlo. De sus luchas contra el espíritu de las cosas quedó su laboratorio, muy bien narrado por Victor Hugo en Nuestra Señora de París. Y también su leyenda y locura, seguro por esos humos envenenados.

La alquimia se actualiza en el siglo XX a través del libro las Moradas filosófales, de un tal Fulcanelli (hasta ahora imposible de ubicar). Y la practican los nazis y los estalinistas, los ingleses y los franceses buscando fondos para sostener la guerra. Pero falta el spírit, elemento del que habla Tomas de Aquino, en un pequeño libro también dedicado a estas artes. Sin embargo, la derrota no vence a los iniciados. Hoy, Nicolás Flamel, sus seguidores convierten mentiras en verdades, transmutan lo absurdo en certidumbre y el desahogo neurótico en arte. Y así relegitiman esta alquimia primitiva. Es parece que funciona a pesar de tanto humo venenoso.


109. A AMADO

Leído, comentado y muy latinoamericano, Jorge. La magia y la santería, el behaviorismo y la ortodoxia son palabras de aplicación muy actual. Y no sé si las razones de esta pertinencia sean el fracaso de la sociedad, que en lugar de ser un espacio seguro se ha convertido en un sitio de competencia (de individuos solos que tratan de no dejarse bajar de la cinta transportadora), el caos en el sistema democrático, en el que la idea de libertad legitima la corrupción, o la simple educación que no crea ciudadanos sino mercancía humana y produce gente que se preparara para ser comprada de acuerdo con leyes de oferta y demanda. O para venderse con dos, tres o más etiquetas, un buen entrenamiento que no cuestione y mucha capacidad de obediencia.

En su Diario de cabotaje, cosa de navegación costera y por ello el marino que está en la gavia cree que mira tierra, usted habla de los sub-mundos a los que se aferra un latinoamericano (y también Putin, que es ruso) para no naufragar. El primero es la religiosidad popular, para que exista siempre la posibilidad del milagro. El segundo la magia, a fin de establecer si hay futuro. El tercero la ortodoxia, para que no haya posibilidad de discutir nada y el cuarto la psicología conductista, donde se niega la realidad y se construye otra a punta de deseos. Y en este de espacio de premisas absolutas y orichas, desimantamos la brújula.

En esto de las creencias, que cada cual crea lo que quiera, a fin de cuentas creer proporciona seguridad. Pero, que eso que creemos se vuelva un elemento para considerar que el único bueno soy yo y los demás son los malos, como pasa en su novela Tocaia Grande (la gran emboscada), ya es otra cosa. La fe (emuná) es una certidumbre que nace de la sabiduría y no del miedo. Y menos de la negación de la certidumbre. Pero hoy, don Jorge Amado, las creencias del poder (que no son fe sino fu) se han convertido en meros fetiches para justificar peligrosidad y el caos. Ojalá Babalú y las siete potencias den la espalda y que los orichas no miren al mar.


110. A CASEMENT

Querido (odiado por los ingleses y los belgas) y poco conocido Roger. De usted se guarda poca memoria y la mínima que se mantiene tiene ver que con el delito de alta traición, con la horca y la fosa común (abundante en cal) de la prisión de Pentonville, en la que pasó sus últimos días hasta ser colgado por el cuello hasta morir. O sea que en términos de la historia oficial, usted no es modelo para nadie sino, por el contrario, alguien que debe ser reprobado, señalado con horror y olvidado. Pero a pesar del conservadurismo de Inglaterra, que siempre ha intentado desaparecer las épocas que comprometen su sistema, fortaleciendo fábulas y propagando las historias de Sherlock Holmes o las de Robin de los bosques, su historia se vuelve a revisar, Roger.

Su primera aparición, Roger, data de finales del siglo XIX y está explícita en el informe que le pasa al rey Leopoldo de Bélgica sobre la esclavitud, tortura y matanza de negros en el Congo por parte de los colonos belgas. Al informe se respondió con que el clima afectaba a los hombres blancos y así ellos no sabían lo que hacían. Y para que usted no se sintiera mal, fue nombrado Principal de la orden de san Miguel y San Jorge y enviado a Suramérica para que olvidara los delirios que le provocaron esas fiebres africanas. Pero no surtió efecto el tratamiento: aquí usted escribió sobre el aniquilamiento de tribus enteras en la amazonía de Colombia, Perú y Brasil, por parte de las compañías inglesas.

Para que las fiebres no le aumentaran, usted fue traído a Irlanda, donde ser católico es estar condenado a la exclusión. Y como tomó partido por los irlandeses, incluso tratando de hacerles un ejército, las leyes inglesas lo pusieron en prisión y lo condenaron a la horca, poniendo de manifiesto que su mayor pecado era su presunta condición homosexual, cosa que alebrestó a jueces y jurados. Y bueno, hasta aquí llega su historia Roger Casement. La moraleja (la enseñanza moral), es simple: no es bueno denunciar la historia necesaria de los imperios, en la que siempre abunda el terror, si se tiene un pecado que sea tomado como algo peor que picar gente.


111. A ECKHART

Querido, respetado y admirado meister Johannes, usted fue tenido por hereje en esos tiempos medioevales en los que en lugar de razonar se especulaba y donde la forma primaba sobre el sentido y el contenido, como pasa tanto en nuestros días donde ver (encontrar la belleza que hay en el objeto) y entender (saber para conocer y después reflexionar para obtener una respuesta digna) es cosa de una minoría también herética. Bien sabemos que el hereje es aquel que se sale del pensamiento de la mayoría y por esto es tenido como enfermo, loco y peligroso. Y que la herejía es, como se reconoce con el tiempo, es un pensamiento profundo que compromete y del que sólo se puede escapar mintiendo, señalando y escondiéndose avergonzado.

Pero no voy a hablar de herejía, término muy noble cuando abunda el engaño y el perjurio como forma política para acabar con el otro y persuadir al débil. No, quiero hablarle de D-s, ese ser ilimitado que no puede ser mentido porque cualquier cosa que digamos de Él no es y entonces mentir sobre lo que no reconocemos no es decir una mentira sino fabular y aceptar que somos unos incompetentes. A D-s, y usted como místico lo supo, no hay que definirlo sino sentirlo, pero no como una droga relajante sino como un compromiso intenso con la vida. Y no hay que nombrarlo sino vivirlo como un orden que hace posible que yo sea un sujeto, es decir, un ser en relación con todo.

A su Alemania del medioevo llegó la tesis del RaMBaM (Maimónides), en la que aceptar lo que D-s no es (por ejemplo, D-s no es una naranja ni un gato ni una estrella lejana etc.) es acercarse porque en la medida en que carecemos de cosas que nos estorban (que llevan a especulaciones torpes) el camino es amplio y la cercanía probable. Así, como decía usted meister Johannes Eckhart «D-s ni es bueno ni mejor ni óptimo», porque esas sólo son palabras humanas. El que debo ser bueno, óptimo y mejor soy yo, pero no en relación conmigo mismo (lo que me haría un asocial) sino con los demás. De esta manera D-s se siente sin tener que definirlo. Pero qué peligroso es decir esto.


112. A GOMBRICH


Leído, discutido, respetado y siempre asombroso Sir Ernst Hans Josef, llueve mucho por estos días. Pero el problema no es de lluvia ni de frío sino del simbolismo que este clima expresa en un mundo en el que lo gris y la nubosidad variable abundan, igual que los desbordes y los sustos. Bien sabemos que donde el paisaje no es claro y la tierra es resbaladiza, lo concerniente al espíritu se contrae y nos hacemos más propensos a la barbarie que a la civilización. Y no es cuestión del agua que cae (la tierra se nutre y defiende con agua buscando que en ella la vida persista), sino la condición de aguacero intelectual, que es la que al sistema neoliberal le interesa, que se legitima y arrasa con lo bello para darle validez a lo nimio y a lo frívolo.

Usted, sir Ernst Hans Josef, escribió bastante sobre Arte, cultura e historia y la necesidad apremiante de esta triada para entender nuestra condición de seres pensantes, libres y proclives a la creación de nuevas formas estéticas, sociales y científicas. En su Breve historia del mundo, escrita para niños porque en ellos persiste el asombro, el hombre se manifiesta como un sujeto en relación permanente con el mundo, con sus circunstancias y con sus sueños. Y esta relación necesaria lo construye como un real ser humano que siente, crea, comete errores y se redime de ellos a través de la inteligencia y el reconocimiento de saber que más que cuerpo es pensamiento.

Hace poco leí su Breve historia de la cultura, sir Ernst Hans Josef Gombrich, y en esas conferencias usted reitera la condición permanente de arte en la que puede vivir el hombre si valora sus realizaciones espirituales y crea a partir de ellas. Pero hoy, y quizás debido a este fundamentalismo terrible que llamamos globalización (cosa que a tantos les llena la boca), la condición intelectual es reemplazada por una instrumentalismo propio de robots y la libertad de saberme arte se cambia por el libertinaje propio del esclavo ignorante que asume el goce como una forma de agotarse (destruirse) y no de ampliar su condición de ser digno. Esto pasa, creo, porque llueve lluvia ácida y sucia.



113. A THUROW

Querido, leído y controvertible Lester. En estas tardes y noches lluviosas he releído su libro Construir riqueza y allí encontré un párrafo con el que discrepo porque, dadas las actuales condiciones y situaciones, no sólo me parece prepotente sino salido de contexto. Cito un par de líneas: “…China y el tercer mundo no son los motores que mantienen en funcionamiento la economía mundial. Los motores se encuentran en el primer mundo”. Esta lógica, buen Lester, tan de Harvard y de polítologos arrodillados (o alucinados por tanto leer sin comprobar), no creo ya que funcione en un mundo donde los pobres crecen a más de la velocidad que les asignó Malthus, es decir, triplicando la población de clase media del mundo (o cuadruplicándola).

El hombre, amable Lester, es un ser económico y esta condición aumenta si las circunstancias de vida son difíciles porque el concepto de valor se agudiza y aquello que los potentados no ven o desprecian, el pobre si lo ve y le da un valor de uso y de intercambio, agregándole otros ítems como solidariedad, moral de hierro y reconocimiento en el logro. Esto lo vemos en las masas pobres argentinas que han hecho del trueque un modo económico que opera de manera más rápida, efectiva y eficiente que los sistemas económicos tradicionales. Y que afectan a la gran economía, porque allí lo económico se nutre de trabajo y no de especulación.

Mientras los grandes economistas planean sobre un mundo que desconocen, los pobres se organizan para sobrevivir, crean sistemas que no entendemos bien desde la academia ni el mundo financiero y desarrollan una economía rápida e independiente que burla la fiscalidad del Estado y las propuestas de consumo que hacen los grandes oligopolios. Así que, amigo Lester Thurow, esto que usted dice no lo saben los pobres ni les interesa saberlo. Y esa ignorancia les permite asumir otras formas económicas que nada tienen que ver con los conceptos de la elite y que quizás la acaben destruyendo. El mundo cambia, buen Lester, y no desde una gran oficina sino desde la mayoría.


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114. A LÉVINAS

Querido, leído y reflexionado Emmanuel, los días que vivimos tocan con el adentro y el afuera, o sea que es tan importante el orden de la casa como el de la calle, el mío como sujeto que se relaciona y por eso puedo entenderme, como el del otro que necesariamente tiene que relacionarse para ser entendido. Esto quiere decir que ya no operamos como unidades sueltas ni en el mero papel de espectadores que no se involucran sino como centros desde donde salen y entran cosas. Somos en el intercambio. Y la primera noción intercambio, como dice usted, está en asumir el rostro de otro y verme a mi desde ese rostro. Y no es esto un examen de conciencia sino un entendimiento de lo mío desde ese que me mira.

Pero, estudiado Emmanuel, antes de reflejarme en el rostro del otro, en el que encontraría el cómo me ven y por qué me ven así, debo mirarme desde el Il y a (el hay en francés o lo que los alemanes usan como es gibt), es decir, desde mi existencia en la existencia. En este Hay, en el que el mundo existe y yo en él, lograría definir mis relaciones no como un ser mirado sino como un ser conectado que, en el papel que cumple, no es enemigo ni amigo sino causa de la amistad o la enemistad. Y esto es los más importante: la palabra amistad. Debemos ser amigos de la existencia, entendiendo por amistad el deseo permanente de comprender al otro y mi relación con él.

Emmanuel Lévinas, en obras suyas como Totalidad e infinito, Difícil libertad, Nombres propios etc., donde el Talmud es la base y la Kabaláh el camino del entendimiento a través de la palabra (territorio seguro cuando esta es honesta), todos estamos involucrados con lo que hay (existe) y nadie está excluido de lo que pasa. Es una cuestión de relación, de Hay, de lo mío necesariamente relacionado con lo del otro por la simple razón de que estoy vivo y tengo un nombre que me ubica en un tiempo y un espacio y por eso me relaciona. Así, en lo que sucede, bueno o malo, tengo mi parte. Y así no me mueve, estoy actuando. Ojalá entendiéramos esto.

115. A MOISES

Respetado y seguido Moisés (Moshé rabenu, en hebreo), a usted le debemos tres grandes acontecimientos: salir de la esclavitud a la libertad, el fundamento ético de occidente y el sentido del futuro, aunque ya éste suceso había comenzado con Abraham cuando sale de Ur en busca de la Tierra prometida. Sin embargo, es usted el que lo define y pule, acabando así con el concepto de historia circular (donde todo se repite) y proporcionándole al hombre un mirar hacia adelante rompiendo con las cadenas del fatalismo y la condición de animal condenado a un destino que no puede cambiar. Con la Torá enseña a vivir y a usar bien lo que hay; crea un sentido en los orígenes y plantea que existe un llegar para la realización humana.

Y en honor al acontecimiento que usted produjo, se celebra la Pascua, que más que una festividad religiosa es una enorme reflexión en torno al sentido de la vida y los principios éticos que ésta debe contener para que se convierta en una gran posibilidad sobre la tierra. En esta Pascua (Pésaj), el hombre reflexiona en el por qué ha dejado de ser esclavo y se ha convertido en un ser libre, pero no para el libertinaje sino para el orden que debe contener la existencia a la luz de una ética que rompa con los miedos, confusiones e ignorancias. En el judaísmo es salir de la oscuridad hacia la luz. En el cristianismo es vencer la muerte a través de la resurrección. En las dos creencias, es vencer al demonio de las tinieblas, que es el dios de la ignorancia.

Maestros como usted, Moshé rabenu, como Jesús, plantearon algo simple: renacer. Pero no para tener más tiempo en el mundo del consumo y la intolerancia sino para entender lo que tenemos y las obligaciones que se tejen entre unos y otros para que la vida sea una gran oportunidad de realización comunitaria. La Pascua tiene como sentido no lavar los pecados sino vencerlos. Y el pecado se define como aquello que va contra la naturaleza porque la desordena y crea un gran temor. Ojalá que esta Pascua sea un real renacimiento y no una tregua para recargar los odios.

116. A SHATTUCK.

Apreciado y leído, Roger, esta semana he recordado mucho ese libro suyo, El conocimiento prohibido, que tanto llamó la atención hace unos años. Y no porque allí hubiera secretos no conocidos o guardados cuidadosamente por alguna secta posmoderna sino porque usted enseña, en su ensayo, que en eso que siempre nos ha parecido evidente siempre se esconden pequeñas claves que hay que saber leer. Hablaría entonces de la criptografía que contienen los grandes y pequeños libros, en su teoría los de literatura, en la intención de esta carta cualquier texto, en especial esos que tratan de mostrarnos como verdad única o grandes descubrimientos. Porque vivimos tiempos de certezas obligadas, de aquí la intolerancia, la ignorancia y el caos.

En su libro, usted hace un viaje por los textos clásicos de la literatura y desenmaraña los códigos ocultos que mueven las pasiones, sean estas políticas, económicas, religiosas o simplemente cotidianas. A fin de cuentas somos humanos y la pasión hace parte de nuestra estructura pensante y actuante. Pero esas pasiones que usted descubre, unas que lindan con la demencia y otras con la herejía, son ahora meras simplezas. La pasión que hoy nos domina es tener un enemigo a mano, alguien a quién echarle la culpa de todo y, si es posible, ensayar con él armas, formas de Estado y hasta enfermedades. Pero esto que menciono es conocimiento prohibido.

Vivimos la era de la información pero no la de la denuncia. Y como no hay protestas ni lecturas claras de lo que pasa, la propaganda hace de las suyas. Y en la sopa hirviendo que proponen los propagandistas, confundimos culturas con religiones, democracia con invasiones, nuevas armas con logros científicos etc. Creo, querido Roger Shattuck, que hay que leer más despacio, como usted propone, para entender qué pasa. Y en esa lectura de los hechos, contar con un buen conocimiento para el análisis. Así que la lectura es lenta y con juicio de tejedor. Claro que esto lo denuncian los propagandistas haciendo bulla y dando por cierto lo que no es.



117. A BLOOM

Querido y por estos días recordado Leopold. En el mundo de la cultura le celebran a usted lo que han llamado el Bloomsday, un día muy posmoderno porque es ficticio pero, para asombro de peatones y gente del común, con una fecha concreta: 16 de junio de 1924 (veinte años antes), o sea que se celebran 100 años de un día que necesitó de un libro completo, Ulises, para contar todo lo que le sucedió a usted y su contraparte, Dédalus, que en realidad fue lo mismo pero desde distintas metáforas. Y este es el encanto de su día Leopold, que fue igual que el día del otro pero contado de manera distinta y recurriendo a las más mínimas y perfectas perversidades y, al mismo tiempo, a la necesidad de estar peligrosamente vivo.

Para los tiempos que vivimos, que tienen más que ver con las excrecencias del cuerpo que con el espíritu (o como diría Tomas Moro, con la ambrosía), un día como el Bloomsday, donde la escritura es un compuesto de poesía, monólogo, novela y deseos de crear un país realmente distinto, debería ser una fiesta al menos mensual y no cada cien años. Y digo que cada treintena por una razón simple: para evaluar constantemente nuestras cochambres, cóleras y borracheras, los monólogos del poder y todo lo que fluye de las cañerías. Así, enfrentando la miseria que producimos y tomando conciencia de la podredumbre, quizás entendamos que nuestro sitio puede ser un lugar mejor y no esta fábula gótica y de continua propaganda-mediática.

Querido Leopoldo Bloom, no es usted extraño a lo que pasa (al menos no tanto como un judío en Irlanda) porque su condición, al igual que la de tantos que no tienen más oportunidad que el deseo, es simplemente una radiografía de la única dignidad que todavía no nos arrebatan: gozar nuestras miserias. Cuando James Joyce lo creó, antes de entrar en la historia universal de la noche, lo hizo de carne en la carne y de espíritu burlón. Y de protesta contra la droga mediática que produce olvidos y permite la cría de tantos huevos de monstruos.









118. A CUSTURIKA.

Apreciado y visto Emir, he gozado y aprendido mucho de las películas que usted dirige y en las que pone tanto corazón a lo que es su gente y su tierra. Y donde hay tanto amor y condición humana, tanta historia y búsqueda de respuestas. Me gustan sus filmes porque en ellos no hay miserabilismo ni explotación de las deformidades y menos morbosidad ni lenguajes feroces donde la palabra pierde sentido y se convierte casi en un gruñido. Usted, como su casi paisano Ivo Andric, aquel premio Nóbel memorable y hoy poco difundido, se interesa por el alma de la ex Yugoslavia, por las burlas a la política y la necesidad de vivir y nacer antes que cualquier otra cosa. Sus personajes no son unos vencidos ni el producto de una enfermedad venérea.

Creo, admirado Emir, que el cine debe cumplir con una tarea simple: contar sobre la dignidad del hombre, sea serbio o colombiano, cristiano, judío o islámico, pero no haciendo caricaturas sobre heroísmos románticos ni degradándolo hasta el estado de un animal podrido. Y menos haciendo de él un robot al servicio del imperio o una víctima embrutecida. Como todo arte, el cine es una creación, un camino hacia cosas nuevas y renovadas que hacen reír y llorar, emocionarse y pensar. Por esto lo admiro, Emir: sus películas exaltan la capacidad de renacer y de transformación del hombre. Su gente es linda, así sea pobre y esté burlada.

Para el buen cine, como sucede en tantas partes de Europa central, quizás por influencia de Einsenstein y Pudovkin, es necesario querer la tierra y la música que de ella brota, amar su sabiduría y su humor, las tradiciones y los símbolos. Y con estos elementos construir la historia, que no es buena por el dinero que haya sino por la sapiencia con que se escriba el guión; el resto es técnica. En este sentido, Emir Custurika, usted enseña que la grandeza está en lo simple y cotidiano y no en las aberraciones y miedos que se quieren justificar. Y no soy un romántico, Emir, sino alguien que cree que la realidad está en el medio y no en los extremos.


119. A POLO

Recordado, leído y hasta dudado Marco, de usted se puede decir que fue un exagerado, un mentiroso y hasta un imaginador compulsivo, pero no que dejara de ser un excelente embajador de Kublai Khan, aquel nieto de Genghis Khan que heredara el imperio más grande de la tierra antes de que se dieran los tiempos de Carlos V, cuando ya los imperios se hicieron tan grandes que era imposible dormir al mismo tiempo en ellos. A usted Marco, le debemos la ampliación de un mundo maravilloso y el primer gran recuento de riquezas y estilo de vida de lo que todavía en América llamamos lejano Oriente (aunque para nosotros ese Oriente queda al Occidente) y que incluye la palabra Cochinchina, que realmente es un territorio de Vietnam.

Marco, llamado el hombre Millón debido a que lo que usted narró, El descubrimiento del mundo, el Millón o libro de las maravillas del mundo, está lleno de millonadas en riquezas, mujeres, animales, comidas, soldados etc., o sea de una abundancia desmesurada que hizo soñar a la Edad Media europea al punto de que el mismo Colón acotó su texto para justificar su viaje a través del atlántico y luego, influenciado por usted, hacer de las Indias (América) ese territorio fabuloso que hizo alucinar a tantos. Marco, usted fue un excelente embajador y un trabajador incansable en darle imagen a Kublai Khan, que había confiado en sus oficios.

Pero, querido Marco Polo, no pasa así en la actualidad, donde un presidente latinoamericano (para ser exactos, colombiano) va a Europa y, en lugar de ser recibido con asombro, debido al trabajo ineficiente que hicieron sus embajadores, es tratado como una especie de cuentero solitario que le habla a sillas vacías y al final lo recibe el Papa, más por caridad cristiana que otra cosa. Si nuestros embajadores lo leyeran a usted, Marco, si al menos supieran quién es usted, si siquiera sufrieran de asombros mínimos, la cosa habría variado. Pero no, ellos siguen haciendo cócteles de segunda y gastándose al país. Y así de qué maravillas pueden hablar.
120. A SAINT-EXUPÉRY
Querido, releído y todavía perdido Antoine. He vuelto de nuevo por los pagos (como diría un amigo argentino) de El Principito, libro escrito para adultos con espíritu de niño. O mejor dicho, para León Werth, hombre que entendió que la infancia es un territorio que con los años se convierte en la única patria y no porque allí se fabule sino debido a que la honestidad, la dignidad y la ilusión permanenecen en el niño hasta que alguien lo destruye amaestrándolo y, por consiguiente, lo llena de odios, barreras y miedos. Es difícil seguir siendo niño, pero no es imposible: León Werth lo logró y por ello usted le dedica este libro, que no es un libro infantil sino un recuento de las demencias y desafueros que acreditan los adultos.
El pequeño príncipe (el principito podría llevar a creer en un príncipe torpe) tiene la virtud del asombro y la curiosidad y por ello pregunta, no esperando una respuesta llena de datos y chips sino unas palabras que permitan entender la vida. Y aquí está la grandeza de su personaje, que no tiene experiencias ni las busca sino que lo único que hace es tener una historia con la cual poder compartir un momento. Le Petit Prince (que como principito está mal traducido) ejerce la conversación, la simpleza de las palabras, el buen tono, la imaginación y la carencia de temores a cometer un error. Simplemente habla y a medida que lo hace se crea un mundo.
Es muy bello su libro y su personaje, Antoine de Saint-Exupéry. Y muy peligroso, porque eso que narra es una radiografía clara de los pequeños mundos donde se neutorizan y paranoizan los que se creen con poder. Y de donde no salen porque la realidad la evaden igual que los gatos le sacan el cuerpo al agua. Hay mucha gente encerrada, en confinamiento intensivo, como dice Konrad Lorenz, pensando en que ellos son la única realidad, lo más valioso e inteligente. Y en ese encerramiento se vuelven miopes y peligrosos porque todo el tiempo tienen miedo. No son niños ni tienen mundo. Son cosas en exhibición.


121. A DE LEZO
Recordado y ciertamente no estimado, don Blas. El motivo de esta carta obedece a tres razones: a la suplantación de funciones, a la doble identidad y a que el diablo anda suelto. La primera tiene como fin aclarar que en una carta anterior lo confundí a usted con don Juan de la Cosa, piloto de Colón y nada parecido a vuesa merced, pues ni era medio hombre (aclaro que a usted le faltaba una unidad de cada dos) ni defendió a Cartagena. O sea que don Juan queda excento de un sumario como el suyo. Claro está que esto no le quita de encima el ser cuasi-pirata, comer carne cruda y el haber despachado la mitad de un cerdo en la boda de una sobrina. Adicionando, además, esa doble filiación sexual que ejerció in extremis.
Lo de la doble identidad, don Blas, lo traigo a colación por aquello de que usted, como todo buen hombre de mares y galeones, manejó muy bien el oficio de conspirar y el de doble agente Y si bien usted trabajó con españoles, también le hizo sus aires a los corsarios ingleses y franceses, partiendo con ellos, en ocasiones, más de un botín. Su actitud, entonces, genera (o legitima) un gen muy especial en estas tierras: el de la personalidad múltiple, sobre todo en cuestiones económicas y políticas. Es que allí donde está el poder la doble identidad (diría que el mataharismo, para usar una expresión de streap-tease) es manifiesta.
Ya, en la tercera razón, don Blas de Lezo (defensor de Cartagena para no perder unos contrabandos que todavía no había almacenado en los sótanos de Mompox), no sé si el diablo anda suelto o está bien metido en muchos. El caso en que en este país, donde la corrupción y el asesinato, la traición y la envidia campean como la brisa barranquillera al caer la noche, no se puede hablar de satanás porque de inmediato saltan los endiablados como si les hubieran echado sal en un ojo. Y razones debe haberlas. Si uetsd en estas tierras es un héroe (o sea que su ejemplo moral apesta), que más se puede esperar sino que el diablo esconda al diablo.

122. A TROTSKY.
Leído, controvertido y para muchos peligroso León. Digo peligroso (otros dirán que fastidioso) porque usted sigue siendo un piedra en el zapato para cualquier sistema, sea este totalitario, democrático, caricaturezco o carismático, que es aquel sistema donde abundan los héroes, como dice Norberto Bobbio en La teoría general de la política, y que naturalemente funciona más en la mitología y en las epopeyas que en los espacios políticos reales. Pero no es mi intención entrar a debatir teorías políticas ya que, como ha dicho un montón de gente (desde Al-Farabi hasta Mao), cada pueblo tiene el gobierno que se merece. Mi intención, es hacer un cuestionameinto al sistema, cualquiera que amén (ciertamente) sea.
Por estos días han comenzado a juzgar a los militares norteamericanos que hicieron de torturadores en Irak y que fueron delatados por las fotografías que ellos mismos mandaron a sus casas, novios y amigos como un souvenir de su estancia entre los paganos. Y esto no me huele a juicio sino a chivo emisario o a lavadero de culpas. Esos torturadores fueron creados por el sistema: allí les enseñaron sobre la inferioridad genética y mental del enemigo y se lo catalogaron como animal rabioso, peligroso e infeccioso. Recuerdo que los aviadores norteamericanos quemaban con napalm niños en Viet-Nam asegurando que eran enanos guerrilleros y pervertidos.
El sistema crea la moral de los ciudadanos. Ya usted lo decía león Trotsky, el problema no es el zar. El real problema es el sistema que ha creado al zar para que haga gala de todas sus demencias. Así, lo que hace un ciudadano, su comportamiento y acción, es una resultante de lo que el sistema ha provocado en él, de las tranmpas que le ha puesto para dominarlo y de los valores que le ha colocado como paradigmas. Entonces, en un país de superhéroes donde el enemigo es un bicho al que hay que humillar para imponerle la paz de la victoria, no se espera sino que produzca gente que vaya a otras partes para exterminar plagas. Y para vender plaguicidas.


123. A HUGHES
Leído, quizás no querido, y peligroso Robert, entendiendo por peligroso el que denuncia la mediocridad (o sea que pone en peligro la estabilidad del mediocre y por extensión del sistema que lo produce) y no esos que ponen bombas, son corruptos, ejercen el esclavismo o atracan sin necesidad, que estos no son peligrosos sino seres viles y gente de los bajos fondos a los que el apelativo de peligroso no les queda bien si no se les aplica un calificativo que realmente los defina como plaga infecciosa. Salvada la palabra peligroso de ese anonimato terrible que produce el uso exagerado y malo de la palabra, vuelvo entonces: leído, no querido, y peligroso Robert, corren tiempos de dilettantismo y mediocridad.En su libro La cultura de la queja, usted es claro al manifestar que la cultura está tocando los topes del degeneramiento (ha perdido su género) al incluir una serie de contra valores que, además de volverla sub-pop, la convierten en una muestra de imágenes risibles y atraviliarias donde son actores lo que nunca lo han sido y escritores los que redactan chismes, pintores los que hacen manchas y críticos aquellos que no pasan de hacer propaganda servil, intelectuales los vendidos a un sistema político y artistas los que sufren de alguna disfunción, sea física o mental. O sea que se legitima la monstruosidad y se destruye lo culto.
Y este mal (el contravalor como desorden cultural y destrucción de la civilización), se cría en los medios de comunicación, especialmente en los audiovisuales, en los que lo light y lo morboso tienen un ágora permanente mientras lo culto se esconde o, simplemente, se lo desconoce. Y en esta desaparición de lo culto (entendiendo por culto lo que exita al espíritu para mejores y más bellos logros), lo vil se gana un espacio que destruye, carcome y ensalza la ignorancia y la incompetencia. Así, entonces, Robert Hughes, lo que hemos construido se desbarata y el alma racional de Aristóteles ya no busca la perfección sino, como los cerdos, el lodo.






124. A VARGAS LL.
Leído y después no leído más, Mario. Es usted una persona prepotente. O, para ser más preciso, uno de esos sátrapas latinoamericanos llamados coroneles por Jorge Amado, sólo que en lugar de grandes extensiones de tierra lo que tiene son palabras rabiosas y tocadas por la envidia.. Por ejemplo: “Sólo si se lo merece, leeré a la Nobel”. Esta frase muestra que está molesto y quizás no haya dormido bien por estos días. Cuestión de pulgas. Usted, que hace parte de la cultura de la ira y la verdad absolutas y por eso cambia de bando cada tanto para acomodarse a lo que pasa en los almuerzos de la alten elite, ha pretendido el premio Nobel en los últimos años y, por esta o aquella razón, ha salido arrastrando la lengua.
No sé cómo sea la totalidad de la literatura de Elfriede Jelinek (ya algo he leído), y sólo acierto a saber que es la nueva Nobel y que la posición que tiene, antes que servil, es contestataria. Ya en los últimos premios de la Academia Sueca se nota la tendencia a exaltar a quienes tocan eso terrible que occidente pretende esconder colocando encima grandes capas de olvido: la exclusión y la muerte industrializada (Imre Kertész), el racismo (J:M. Coetzee) y ahora la posición de la mujer frente al machismo cultural y político, del cual usted, amigo Mario, es buen ejemplar. Imagino que es cuestión de lucha interior entre sus antepasados incas y españoles.
Creo, señor Mario Vargas Llosa, que la literatura que se premia ya no es la que nace de una anécdota o de una historia surrealista sino aquella escritura que plantea una tesis y nos enfrenta con eso que no queremos ver. El Nobel no se lo gana el que tiene muchos libros sino ese que desarrolla una idea que nos acusa de ceguera, malversación, hipocrecía, complicidad, silencio y falta programada de moral. Creo que en la literatura presente se cumple lo que decía George Orwell con relación a la libertad de expresión: decir lo que la gente no quiere oír. Siento que le duela la señora Jelinek. Ella, como yo, sabe que se debe al dolor de macho censurador.